Uno de los obstáculos más determinantes a la hora de entender las religiones de las antiguas civilizaciones ha sido la tendencia a interpretarlas mediante modelos mentales asociados con religiones trascendentales más recientes. El Cristianismo, el Judaísmo o el Islam asumen la existencia de un dios todopoderoso, un dios moral que no depende de su creación, pero del que el resto del universo sí lo hace para su conservación (1).

Esta visión de la divinidad influye de manera clara en nuestra percepción de otras religiones. La religión no es más que un sistema cultural. Cada sociedad produce una elaboración cultural de carácter taxonómico que intenta explicar la realidad tal y como la percibe, no solo desde sus constataciones empíricas, sino también desde sus construcciones imaginarias. Se genera así un patrimonio cognitivo que se transmite en el proceso de integración social y que marca de manera determinante cómo interpretamos la realidad (2).

En este sentido se entienden las palabras con las que Voltaire se refiere a la Idolatría en su Diccionario filosófico: “Si alguien hubiese preguntado al Senado de Roma, al areópago de Atenas, a la corte de los reyes persas: ¿sois idólatras?, estos no habrían comprendido fácilmente la pregunta”. Efectivamente: las etiquetas politeísmo, paganismo o idolatría son denominaciones posteriores con las que se han referido los autores cristianos al sistema de creencias de los pueblos antiguos, en especial, a Grecia y Roma, con el único fin de marcar con ellas una diferencia insalvable.

A partir de dos hechos de tremenda actualidad, la propuesta de eliminar el Belén de las aulas en varias escuelas italianas y las reacciones suscitadas por la construcción de una mezquita en Colle Val d’Elsa (Toscana), el profesor Maurizio Bettini confronta los modelos mentales que caracterizan a las sociedades que creen en varios dioses y a las sociedades que solo tienen fe en uno. Su obra “Elogio del Politeísmo” (Alianza Editorial, 2016) es una brillante reflexión sobre la flexibilidad, la productividad y la riqueza de matices del pensamiento politeísta frente al monoteísta y sus posibles aplicaciones en el atribulado siglo XXI.

El cristianismo se abrió paso en el mundo occidental de forma lenta e inexorable, pero no sin dificultad. Según Bettini, lo ha hecho contra las religiones clásicas, aunque cabría apuntar que también sobre su sustrato cultural. Las religiones no se extirpan ni se imponen, se adaptan a la sociedad que las acoge. En este sentido, cabe recordar la carta del papa Gregorio a San Agustín de Canterbury, quien evangelizó a los anglos en Inglaterra a comienzos del siglo VIII. El Pontífice Máximo le explicaba en la misiva que: “los templos de ídolos en ningún caso deben derribarse en esa nación; sólo hay que destruir los ídolos que se encuentran en su interior. Se tomará agua bendita y se rociarán los templos; se construirán altares y en ellos se colocarán reliquias; en efecto, si esos templos están bien construidos, lo único que hace falta es cambiar su destino” (3).

Bettini propone a partir de este planteamiento de confrontación una serie de reflexiones basadas de forma fundamental en aspectos etimológicos, lo que puede hacer de forma brillante gracias a su doble formación como filólogo clásico y antropólogo. Su argumentación empieza en el mismo nombre de dios. En el monoteísmo, la divinidad no se distingue por un nombre propio, como en las religiones politeístas, sino por un nombre común. En unas encontramos a Zeus, Atenea, Hermes, Astarté, Isis Osiris, mientras que en otras nos encontramos que el dios se llama “Dios“, su nombre lo designa a sí mismo, de forma individual, pero también como perteneciente a una clase de la cual es su único miembro.

Bettini profundiza en las raíces de este proceso, cuyo origen remonta al monoteísmo judío, que niega cualquier legitimidad a ninguna otra religión y, con ella, a las divinidades que estas veneran (4). En este hecho, que llama “distinción mosaica”, es cuando arranca la confrontación ideológica con todas las religiones diferentes. Se inicia así un largo periplo en el que es inviable la convivencia entre varios sistemas de creencias, puesto que el monoteísmo excluye a las demás. Cabe recordar, como hace el autor, que se trata de religiones del Libro, que tienen la particularidad de que son libros sagrados, escritos e inspirados por Dios, lo que constituye toda una mutación cultural, puesto que los dioses de panteones antiguos nunca habían utilizado este medio de expresión. El resultado más evidente, según el autor, es que es con las religiones monoteístas aparecen también las guerras de religión.

La “distinción mosaica” es decisiva y está en la base de algunas actitudes que también explica Bettini. De la interpretatio de las religiones antiguas, proceso por el que se trata de buscar una equivalencia entre diferentes divinidades para tratar de asimilarlas a las propias (como vemos, por ejemplo, en Heródoto o Tácito), se pasa a la tolerantia, concepto que entra en la ética social con San Agustín y que viene del latín “soportar”, es decir, el otro es “tolerado” no porque sus ideas requieran reconocimiento, sino por el principio de la caridad o por el bien de la Iglesia, pero partiendo de una posición de superioridad moral.

En este plano se analiza también la práctica romana de la evocatio, previa a la conquista de una ciudad, por la que el general romano tenía la facultad de llamar afuera a los dioses locales. Tenía un doble fin: desproteger a los pueblos enemigos de sus dioses y no caer en un sacrilegium. Bettini destaca también cómo los dioses extranjeros eran acogidos previamente como ciudadanos para integrarse en el panteón romano, proceso para el que se utilizaba el concepto de adscisco. Estos aspectos ponen de manifiesto una mayor flexibilidad en los esquemas mentales comúnmente llamados politeístas frente a la rigidez del monoteísmo.

La batalla ideológica por la primacía espiritual se ha saldado con la percepción generalizada de la religión antigua como una religión superada. Este hecho es rastreable en el uso de términos con los que el monoteísmo se refiere a las antiguas creencias: politeísmo, paganismo o idolatría son palabras que, tal y como demuestra Bettini, han arrastrado hasta nuestros días una connotación negativa que ha terminado por ser la única manera de definir a estos sistemas de creencias.

El último capítulo del libro, que lleva el evocador título de “El crepúsculo de la escritura”, es una interesante reflexión sobre la posible aplicación de los esquemas mentales politeístas en nuestro mundo actual, en el que el texto y el autor pierden importancia ante las enormes transformaciones comunicativas que vivimos. Pero no vamos a revelar aquí esta parte final, que dejamos al lector para el disfrute de esta magnífica e interesante obra.

Entrevista con el autor en este enlace: https://mediterraneoantiguo.com/2016/11/12/maurizzio-bettini-las-religiones-monoteistas-se-construyeron-contra-los-sistemas-politeistas/

Notas

(1) TRIGGER, BRUCE G. (2003): “Understanding early civilizations”. Cambridge University Press, Cambridge, p. 410.

(2) ALVAR, J. (2001): “Los misterios. Religiones “orientales” en el Imperio Romano”. Crítica, Barcelona, p. 30. Otro texto para aproximarse a esta cuestión desde el punto de vista sociológico es Durkheim, E. (1912): “Las formas elementales de la vida religiosa”, en edición de Alianza Editorial (2008).

(3) Sancti Gregorii Magni registrum epistularum, Turnout, 1982 (Corpus Christianorum, series latina, CXLA)

(4) El autor se basa especialmente en la obra de Jan Assmann. Sobre todo en ASSMANN, J. (2000): “Mosè l’egizio. Decifrazione di una traccia di memoria”. Adelphi, Milán / ASSMANN, J. (2007): “Le prix du monothéisme”. Aubier, París / ASSMANN, J. (2007): “Non avrai altro Dio. Il monoteismo e il linguaggio della violenza”. Il Molino, Bolonia.

Autor

Mario Agudo Villanueva