Cuando el viajero francés Constantin-François Chassebœuf de La Giraudais, qué paso a la historia como el conde de Volney, se encontraba recorriendo las tierras del imperio Otomano -allá por el año 1787- se topó con las ruinas de una legendaria ciudad, cuya fama ya era por entonces excelsa: Palmira. Su evocadora descripción ha quedado grabada en el imaginario colectivo, convirtiéndose en el paradigma de la historia del Oriente más exótico, el de los desiertos, los oasis y las caravanas, el de un enorme y cautivador pasado y su legado, todavía hoy visible.

La ciudad aparece citada ya en las tablillas de Ebla, en el 2250 a.C., y en las de Mari, del segundo milenio. Su primera denominación fue Tadmor, que en lengua local significaba “la ciudad de los dátiles”. Algunos autores consideran que es la Tamar o Tadmor que la Biblia nos dice que fue reedificada por Salomón (Reyes I, 9-18; Crónicas II, 8-4), aunque parece más lógico pensar que estamos ante otra ciudad, quizás próxima al Mar Muerto. Su nombre latino es el que ha quedado grabado para la posteridad: Palmira, “lugar de palmeras”. Ya vemos, por tanto, una característica fundamental de este enclave, su vinculación con el oasis de Efca, cuyos manantiales hacen fluir la vida en pleno desierto sirio.

Esta privilegiada posición permitió que Palmira se convirtiera desde los albores de la civilización en un punto de referencia fundamental en las rutas comerciales que unían Oriente con Occidente, la puerta de Europa para las caravanas asiáticas y la puerta de Asia para los puertos del Mediterráneo oriental. Un intercambio continuo de gentes y de mercancías que derivó en una riquísima mezcla cultural, en un sincretismo de pueblos y tradiciones que todavía hoy podemos adivinar entre sus milenarios vestigios….
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Autor
Mario Agudo Villanueva