La caída del Imperio Romano es uno de los acontecimientos históricos que ha sido más estudiado. Se han escrito cientos de teorías para explicar cómo se produjo el ocaso de una de las civilizaciones más prósperas de la humanidad. Mediterráneo Antiguo ha querido acudir a una de las personas que más conocen el tema, el profesor de la Universidad Complutense de MadridGonzalo Bravo Castañeda, autor de una innumerable cantidad de artículos y libros que tratan diferentes circunstancias relacionadas con este período histórico.

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Retrato de Adriano. Sala de escultura romana. Museo Arqueológico Nacional. Foto: Mario Agudo

Pregunta – En una entrevista que realizamos a José María Blázquez nos decía que más que hablar de romanización, teníamos que hablar de aculturización de los pueblos peninsulares. ¿Qué opina usted?
Respuesta – Lo primero que tengo que decir es que el término aculturización es incorrecto, hay que hablar de aculturación, pues se trata de un término antropológico. Ahora bien, depende de cómo definamos ese fenómeno, daremos o no garantía al concepto de romanización. Lo que el profesor Blázquez quiere decir es que como la aculturación supone el encuentro entre dos culturas diferentes de las que una es dominante sobre la otra por un período de tiempo, aunque luego pueda ser en el sentido contrario. No estaríamos ante un fenómeno exclusivista de romanización que hace desaparecer el sustrato anterior, porque evidentemente la romanización no fue un fenómeno de erradicación de los fenómenos culturales preexistentes. Aculturación significaría, por tanto, un predominio de lo romano sobre lo índigena que no implica la erradicación de su sustrato, sino su pervivencia en ámbitos concretos y puntuales, como las relaciones familiares, entre grupos, incluso de comunidades que nunca acabaron siendo totalmente romanizados, donde los romanos no impusieron manu militari su modelo. Hay un autor, Claude Nicolet, especialista en la expansión romana en el Mediterráneo, que defiende que fueron tolerantes con las culturas y que solo en los casos en los que no tenían posibilidad de imponerse de otra manera, utilizaron la fuerza, pero casi siempre respetando las instituciones prexistentes. A los romanos les bastaba con controlar el ámbito, el territorio y las personas, pero éstas mucho más tarde. Fue el caso de Hispania, pero no de otros ámbitos. Por tanto, esa aculturación significa que uno de los dos elementos es predominante, pero no excluyente. Lo romano está más desarrollado que el resto y se acaba imponiendo, a veces por la fuerza, pero otras muchas no. Siempre pongo el caso de la conquista del ámbito griego, cuando los romanos, en el 175, controlan prácticamente la parte oriental del espacio Egeo, que pertenecía al imperio seléucida, renuncian a mantener en explotación unas minas de plata en Magnesia que necesitaban para la circulación monetaria romana con el argumento de que se podía malinterpretar que habían hecho la conquista para explotar las minas. Estuvieron cerradas diez años sin que los romanos las explotaran. El objetivo principal de su acción era controlar la expansión seléucida.

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“El curso del Imperio: destrucción” (1836), Thomas Cole.

Pregunta – Esto dice mucho de la mentalidad práctica de los romanos…
Respuesta – Pragmática, diría yo, no práctica. Los romanos toman decisiones encaminadas siempre a la consecución de un objetivo, el más favorable a su proyecto social, político o económico. Las decisiones eran siempre pensadas, no arbitrarias. Muy deliberadas, argumentadas y fundamentadas. Esto se opone a un criterio, bastante extendido en la historiografía reciente, que es la historiografía de la casuística. Supone que los romanos actuaron según las circunstancias, pero no tenían un plan político, social, económico… Yo creo que es minusvalorar al mundo romano. Los romanos eran conscientes de que las devaluaciones económicas significaban problemas para las arcas del estado y tenían que tomar decisiones para frenar esa devaluación. Esto choca con la idea de que actuaran sin planificar.

Pregunta – ¿Y sobre la romanización del norte peninsular, en especial de los vascones? Hay teorías de todos los colores…
Respuesta – Primero, los vascones no son los vascos, es la primera aclaración que hay que hacer. La Vasconia antigua, la Vasconia romana, era una región, nunca fue una provincia, nunca fue un distrito administrativo, como lo fue la Asturia, que tuvo funcionarios específicos para el ámbito astur. Ni Vasconia, ni País Vasco, ni el actual ni el medieval, se corresponden con la Vasconia antigua. La Vasconia romana ocupa parte de la región de Aragón, toda Navarra y sólo las inmediaciones del País Vasco y Cantabria, así como la Rioja Alavesa. Es una región muy extensa que tiene un entidad geográfica: está en la parte llana de los montes de la cordillera vasca y cántabra, así como del Pirineo oscense. Todo ese ámbito, hasta el Valle del Ebro, era la Vasconia. De manera que era una región geográfica incluida dentro de la provincia de la Tarraconense hispana. Segundo, los vascos tienen ancestros prerromanos. Ahí conocemos a una serie de pueblos como várdulos, caristios, autrigones… de los que no tenemos referencia documentada sobre sus delimitaciones territoriales, solo sabemos que estaban asentados en la zona que hoy correspondería al País Vasco y que acabaron prefiriendo vascular hacia el sur buscando tierras o formas de vida más fáciles, benignas, hacia los valles de los ríos, hacia la meseta, abandonando sus lugares originales de ocupación. Aquéllos que no bajaron, que se quedaron recluidos en las montañas, son los vascos. Estos son los que se opusieron a una aculturación romana. En el caso de los vascos se produce el fenómeno contrario al que hablábamos antes. Ahí, el factor predominante fue el indígena, hasta el punto de que en la Edad Media sigue el reducto vascón, que es uno de los referentes de marginalidad de la dominación romana. Pero hoy, en el País Vasco, se están descubriendo restos de estructuras romanas… Esto quiere decir que la cultura romana llegó, pero no permeabilizó la estructura social, cultural o religiosa, de modo que la aculturación se produce en favor de los vascos y no de los romanos.

 

Pregunta – ¿Qué otros casos semejantes tenemos en la península?
Respuesta – Se ha hablado de una romanización virtual en Vasconia y en el oeste galaico. Este segundo caso está mejor estudiado, se ve muy bien cómo, sin existir ciudades importantes en el noroeste, que son el símbolo básico de la romanización, se produce una romanización profunda. Esto quiere decir que existe una romanización virtual que no pasa por la ciudad, sino por otras vías. No sabemos cómo se manifiesta, pero que tenemos indicios de que existía. Esta romanización no tiene que modificar el marco institucional vigente, tenemos instituciones galaicas que siguen perviviendo en época romana, como las rentilitates, que son puramente prerromanas, pero sus individuos se reclaman miembros de una gentilitas en época romana. Los romanos no imponen su sistema onomástico a los galaicos, pues éstos siguen llamándose según el modo indígena, otro ejemplo de coexistencia equilibrada entre los dos elementos, donde predomina el indígena sobre el romano. Por eso, volviendo al hilo de la pregunta anterior, los vascos y los vascones no deben ser confundidos, aunque a finales del Imperio, en la vasconia romana, pero no en el País Vasco, hacia el sur, hacia el Ebro, se da una de las rebeliones independentistas del final del Imperio, que son las revueltas bagáudicas. La proximidad al ámbito donde el independentismo ha sido una proclama asumida por la población vasca, ha hecho asociar o vincular una cosa con otra, pero no tiene nada que ver.

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Retrato de Edwar Emily Gibbon, por Sir Joshua Reynolds. Siglo XVIII

Pregunta – Gibbon decía que más que preguntarse por las causas de la caída del Imperio Romano habría que hacerlo por el hecho de que durara tanto tiempo. ¿Cuál considera usted que fue el punto de inflexión de esta decadencia de Roma?
Respuesta – Gibbon es un autor de finales del siglo XVIII, la primera edición de su obra se publica en 1778, aunque luego siguieron saliendo otras ediciones. La suya fue una obra maestra para su época, pero Gibbon era un personaje de la ilustración europea, culto, que tenía una información privilegiada sobre el mundo antiguo y sobre el mundo romano y una forma de expresar el pensamiento muy depurada, muy refinada, de ahí que dijera que el Imperio Romano cayó como consecuencia del peso de su propia fábrica, de su propia estructura. Pero, ante esa caída, él presupone un proceso previo, un proceso inexorable que aboca a la caída del sistema. Como ilustrado del siglo XVIII, su concepto de historia ha sido rechazado por la historiografía moderna, pues es un concepto organicista, que sostiene que cualquier proceso histórico tiene tres momentos: nacimiento, auge y muerte o declive. ¿Dónde fijó Gibbon el momento de nacimiento? lo fijó en el siglo II, en la época de Marco Aurelio, momento en el que arranca su libro. ¿Dónde fijó el cénit? a partir del siglo V, con las invasiones bárbaras de comienzos del siglo V en Europa. ¿Dónde fijó el final? en la caída de Constantinopla, que era la referencia que quedaba en Oriente del poder romano, en 1453, cuando fue tomada por los turcos. Gibbon sitúa el final de su relato en este momento. En términos modernos podemos decir dos cosas de Gibbon: primero, que debería ser leído con más frecuencia y, segundo y más importante, que debería ser citado con más frecuencia, pues muchas de sus apreciaciones están en la historiografía más reciente sin que se le referencie. Los historiados descubrimos mediterráneos que ya están descubiertos y que tenemos que descubrir de verdad. Hay que ir a la fuente documental o a la fuente historiográfica para encontrarlo. ¿Hay decadencia en el sentido gibboniano del término? Sí, la hay, pero no hubo caída. El Imperio Romano no cayó, como no ha caído ningún imperio en la historia, lo que ocurre es que el proceso no puede continuar de la misma manera y entonces modifica su trayectoria, es cuando decimos que se extingue, es un proceso que remonta siglos atrás. En este caso romano hay elementos dinamizadores, entre ellos la descomposición del sistema social, que por cierto, no tuvo nada en cuenta Gibbon. Este concepto vino después, de la mano de Otto Sek, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando revisando toda esa teoría que venía del siglo anterior, publicó un libro muy esclarecedor “La degeneración de los mejores”, es decir, una degeneración social, un detrimento social, en el que las capas sociales que habían regido el mundo romano en ese momento pasaron a ser relegadas por otros intereses históricos. Entonces, los mejores dejaron de controlar el mundo, por lo que el mundo fue peor. El libro de Ward Perkins, publicado en español en 2005, “La caída de Roma y el fin de la civilización”, propone que la civilización se acabó aquí, con el final de Roma, con la caída de Roma y que la irrupción bárbara fue estrepitosa. Concluye que solo unos bárbaros podían haber acabado con un sistema tan perfecto y bien construido como el de la civilización clásica, no solo la romana. Por muy extraño que parezca la teoría de Gibbon, me ha sorprendido más alguna teoría moderna, por ejemplo la defendida por un autor como Wallbank, especialista en el mundo griego, pero que hizo un libro “La pavorosa revolución. La decadencia del mundo romano occidental”, traducido al español, donde defiende (era marxista) que el comienzo del fin del imperio romano hay que encontrarlo en la Grecia del siglo V a.C. y desde entonces hay un continuo proceso de decadencia de la cultura clásica, desde Pericles. Esta teoría me parece más extravagante que la de Gibbon. Dice que la civilización clásica acaba porque los espartanos ganaron la Guerra del Peloponeso. Un ejemplo más de este mismo tipo es uno de los libros que más espacio dedica a la cuestión del fin del imperio romano. Es de otro marxista inglés, Georges Sainte Croix, que escribió una obra de más de mil páginas, traducida en Akal, que se llama “La lucha de clases en el mundo griego antiguo”. Uno se sorprende porque aparece la caída del Imperio Romano tratada con todo lujo de detalles porque este autor sigue la línea de Wallbank y define el fin de la cultura clásica con la descomposición del mundo romano. Por tanto, lo que aportó Gibbon fue concluir que el proceso de decadencia de la cultura romana, no podía circunscribirse a una época o a un emperador, sino que tenía que ser un proceso secular de largo alcance. Esto es lo que podría explicar la destrucción de una cultura tan bien construida como la romana.

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Pablo de Tarso. Iglesia de San Pablo de Extramuros, Roma. Foto: Mario Agudo

Pregunta – Usted ha estudiado los movimientos bagaúdicos, ¿podemos considerarlos como una auténica lucha de clases durante el Bajo Imperio, como han sugerido algunos autores?
Respuesta – Si aceptamos que pueda ser una lucha de clases ¿quién es la clase ante la que los bagaudas luchaban? Un posible grupo antagónico, según esta teoría, sería el de los propietarios. Los bagaudas serían colonos que trabajan para grandes terratenientes y, aunque libres, resultan explotados como esclavos. La teoría marxista es bonita, pero el problema es que no hay ni un solo documento histórico fehaciente y fiable que hable de colonos refiriéndose a bagaudas. La historiografía marxista, por tanto, parte de una premisa falsa. Por otro lado, se apunta que pretendían liberarse de una supuesta explotación de sus señores, que serían los domini o patroni de las tierras que ellos trabajaban, entendiendo que el movimiento bagaúdico es campesino. Sin embargo, esto es un error. Los documentos históricos que tenemos nos hablan de elementos urbanos en la bagauda, de ataques a ciudades y no de rebeliones en el campo. Esto es tan así, que un autor americano, Raimond Van Dam, ha propuesto justo la teoría contraria para demostrar que esa tesis de la lucha de clases es gratuita. Ha propuesto convertir a esos bagaudas en brazos armados de los propios señores, es decir, personas que estarían al servicio paramilitar de los propietarios en defensa de sus propios intereses. Esta tesis nos llevaría a una bagauda campesina, pero no de rebelión, sino sometida al dictamen de los señores propietarios. Es la antítesis de la teoría marxista. Mi opinión, tras veinte trabajos publicados sobra bagaudas, es que hay que distinguir con claridad entre los agentes y las acciones. Una cosa es que hablemos de ellos como agentes y otra que estemos hablando de la bagauda como acción. La bagauda es una guerrilla porque, casi con seguridad, ese término procede de una palabra que significa guerra en lenguas célticas. Por eso bagauda debería significar guerrero, es decir, el que hace la guerra. Si realmente la bagauda fuera un movimiento campesino, ¿por qué cuando tenemos referencias más seguras sobre bagaudas, que son en el siglo V y no en el III, apenas hablan del campesinado y, sin embargo, hablan de rebelión, sedición o secesión? Los textos nos dan pistas de una condición sociopolítica de rebeldes que buscan una separación o autonomía respecto del estado romano. Pudo ser un movimiento campesino en origen, pero inmediatamente después se convirtió en un grupo rebelde que no se basaba exclusivamente en el campesinado, sino que se nutría de población urbana. De hecho, los ataques que tenemos documentados son a ciudades. Las villas no aparecen reforzadas con fortificaciones, por lo que los propietarios no tuvieron que protegerse. En 2007 publiqué un artículo sobre el conflicto armado y la agitación social en el occidente tardorromano en la revista Polis. Los objetivos de este movimiento son políticos y no económicos. Estaban tan organizados que llegaron a pactar con los suevos, con el mismo rey Retiario, para actuar de forma paramilitar, siempre en torno al Valle del Ebro, la Vasconia romana. Hay una teoría que entiende que esos bagaudas son los mismos de la Galia que se ha trasladado a Hispania, lo que supondría un movimiento mucho más importante.

Pregunta – ¿Cuándo y cómo se pone fin a la bagauda?
Respuesta – Cuando los bagaudas están en pleno desarrollo, la intervención del estado romano hace que ese movimiento sea reprimido manu militari, pero como en ese momento, a mediados del siglo V, el ejército romano está muy debilitado, se recurre a otras fuerzas. Está débil en primer lugar porque ha tenido que enfrentarse a los grupos bárbaros, en segundo lugar porque se están dando cambios en la estructura militar del ejército y en tercer lugar porque hay usurpadores que dividen artificialmente al ejército. El gobierno imperial recurre entonces a los visigodos, que han probado ser un ejército fuerte (saqueo de Roma por Alarico en el 410), para combatir a los bagaudas en Hispania y Galia, donde se extingue este movimiento en los años 454 y 448, respectivamente. Tras ese momento, no hay referencias a revueltas bagáudicas ni en Hispania, ni Galia.

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Cruz de los mártires cristianos. Coliseo de Roma. Foto: Mario Agudo

Pregunta – ¿En qué medida el cristianismo y otros cultos orientales minaron la idiosincrasia cultural de Roma?
Respuesta – Esto es una cuestión muy complicada. Las religiones mistéricas son un poco más tardías que el cristianismo. Hasta finales del siglo I o comienzos del siglo II no hay datos fehacientes de que existan cultos de origen oriental en Occidente. Por ejemplo, el de Isis, que es uno de los más tempranos, no es anterior a Calígula, pero es posterior a Tiberio, que gobernó durante la época de la vida de Cristo. Esto no quiere decir que no hubiera religiones practicadas por soldados o comerciantes que habían visitado Oriente, pero no tenían oficialidad, es decir, no tenían implantación social. Evidentemente, cuando el cristianismo empieza a implantarse, coexiste con otras religiones. ¿Qué potencial tiene el cristianismo para que desplace a otras religiones? Un mensaje universalista, liberador y revolucionario respecto a todo lo anterior. Es decir, abole la diferencia entre libre y esclavo, entre dueño y amo, entre hombre y mujer… Es la doctrina cristiana originaria que Pablo de Tarso difunde en su viaje hacia Roma. Esa prédica, esa doctrina igualadora en términos sociales, indiscriminante, debió ser el potencial ideológico que convenció a los practicantes de otras religiones porque se identificaban sus intereses. Una de las contribuciones mayores del cristianismo desde el punto de vista cultural fue la humanización del trato a los esclavos, que se produce tempranamente en el mundo romano, pero que no se consolida hasta que el cristianismo, cuando se implanta de forma definitiva. El estoicismo de un Séneca es el precedente de esa tendencia de tratamiento humanitario del esclavo. Al final es una persona que ha sido comprada, pero que convive con su dueño y su familia y llega incluso a formar a sus hijos, por ejemplo en el aprendizaje del griego. La mayoría son esclavos de conquista, como es el caso de Polibio. El griego era necesario para viajar a Oriente, de ahí que en la República, los hijos de las grandes familias de Roma hablaran griego, porque lo han aprendido de sus esclavos. Los que no pertenecen a esa aristocracia no tienen conocimientos de griego y están impedidos para ostentar cargos de responsabilidad en esa zona. El esclavo tiene un servicio muy claro. A todo ello contribuyó el cristianismo, que además supuso un reto para el estado.

Pregunta – ¿Tuvieron lugar las persecuciones por razones religiosas o políticas?
Respuesta – Las persecuciones empiezan en el siglo III, es allí, en el año 202, cuando tenemos el primer edicto persecutorio de Septimio Severo, en el cual se fija que se condenará a los que se niegan a prestar sacrificios en honor al culto imperial. Es un síntoma de que se les ve como alguien que puede sembrar la discordia y la división. No cuento los casos anteriores como el de Nerón y las persecuciones del siglo II, que son discutibles: aunque son colectivas, no se ve claramente el motivo, como la de Lyon de Marco Aurelio. La mayoría tuvieron una intención ejemplarizante. En Cartago, aprovechando una visita del emperador, en un circo se lleva a cabo una escenificación del martirio de Perpetua y Felicitas para que cunda el ejemplo para otros posibles cristianos, que se niegan a reconocer como tal, pues solo reconocen a Dios como su jefe. Es un episodio aislado que luego se complementa con los episodios posteriores de Decio (250, ve que tiene que comenzar a cortar cabezas dentro del cristianismo) y, sobre todo, Valeriano, que expropia los bienes de las iglesias y de los obispos que no reconocen la necesidad de realizar el culto imperial. Luego vienen las persecuciones más importantes, las de Diocleciano y Galerio de los años 303-304. En 1990 escribí un artículo sobre las persecuciones en el que llegaba a la conclusión de que la mayor parte de las Acta Martirum son apócrifas, no son documentos históricos y, por lo tanto, no hay tantos mártires como parece. Las auténticas no llegan ni a una veintena. Hay un autor, que es Timothy Barnes, americano asentado en Toronto, propone que solo hay cuatro o cinco auténticas. Por tanto, si no tenemos documentos, no podemos hacer muchos mártires. Existen muchos mártires desde el punto de vista de la historia de la Iglesia, pero no tantos en la historia ideológica del Imperio. Sabemos que en Hispania, a excepción del caso del centurión Marcelo (ejecutado por indisciplina militar y no por sus creencias) del 303-304, todos los documentos que tenemos son dudosos. El resto de mártires son probablemente mártires locales que no dejaron documentación. Hubo los que conocemos, pero no más. Sabemos que son dudosos porque la persecución de Diocleciano y Galerio tuvo como ejecutor a Constancio Cloro, padre de Constantino, que se negó a aplicar el decreto persecutorio en las provincias occidentales. No se sabe si era o no ya cristiano, pero sí que no se aplicó, por lo que es dudoso que hubiera mártires.

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Cúpula del Panteón de Agripa. Roma. Foto: Mario Agudo

Pregunta – Ahora parece que vivimos un cambio de ciclo, salvando las distancias temporales ¿Encuentra usted alguna semejanza entre la crisis actual y la caída del Imperio?
Respuesta – Muchísimas semejanzas. Hay una teoría de Tainter, que es un inglés, de la Universidad de Oxford, muy conocedor del mundo antropológico, que relaciona la caída del mundo micénico y la caída del mundo romano. Su libro se llama “El colapso de las sociedades complejas”. En él propone que las sociedades que tienen una administración desmesurada llegan a estrangular el desarrollo de esa sociedad porque en un momento determinado los gastos que origina esa macroadministración son muy superiores a los ingresos que devenga por vía fiscal. De ahí que se produzca un anquilosamiento que da lugar a una descomposición, al colapso de esa sociedad que estaba ya muy organizada y era una sociedad compleja que tenía todos los instrumentos para permanecer, pero que a partir de ese momento sólo puede evolucionar hacia su desintegración. Ya que la reproducción de esa sociedad se basa en la administración de los recursos por parte del estado, si esos recursos disminuyen, el estado ya no puede establecer las pautas de administración o de control de esa sociedad bajo la redistribución de los recursos, sino que tiene que buscar otras fórmulas. En el caso de los micénicos, aunque es un poco enigmático, sabemos que se produjo una rebelión interna de los palacios, que acabaron siendo incendiados desde dentro. En el caso romano, lo que se produjo fue una elefantiasis, de manera que el número de funcionarios burocráticos del Imperio documentado era de más de 5.000, cuando había tenido entre 150 y 300 funcionarios, no más, en sus momentos de mayor apogeo. Una de las pruebas de eficacia del sistema romano imperial era que con pocos funcionarios controlaba un ámbito muy extenso y no necesitaba más para gobernar desde Gales hasta Irán. Existía un sistema piramidal que permitía, sin conflicto de competencias, ejercer el poder y la administración, convertir la administración en ejercicio efectivo del poder. Esto dejó de ser así, la pirámide se invirtió, la base fue la cúspide y la cúspide se convirtió en la base. Esto significaba que el estado funcionaba al revés, el número de funcionarios era desmesurado para las necesidades del estado, que había perdido recursos de control, se había debilitado. Estos funcionarios se conocen en el mundo romano como los agentes in rebus, o sea, los que hacen en relación con asuntos particulares. Son una especie de policía al servicio del emperador, que deambulan por todo el Imperio, pero lo hacen gratis porque tienen un correo imperial que les lleva a todas las partes del Imperio a costa del estado. El ejército es otro elemento a tener en cuenta. Llega un momento en el que su coste, para los pocos enfrentamientos que tenía el Imperio, hace que se dilapiden los pocos recursos que tiene el estado.

Pregunta – ¿Y la corrupción?
Respuesta – La corrupción, muy frecuente en esferas públicas y privadas, especialmente públicas, agrava mucho situación. Se compraban cargos, se violaban las leyes impunemente, se sobornaba a los jueces para que dictaran en sentido contrario, se amañaban tribunales, se compraban sicarios para conseguir determinados fines, se hacía fraude fiscal, se evadían impuestos, se ocultaban los bienes que debían ser declarados para tener una carga impositiva menor… Es decir, es un mundo en el que se recurre a todo tipo de argucias para que el estado no siga explotando o expoliando a los ciudadanos. Es un momento en el que el ciudadano se siente descontento con el estado. Piensan que los representantes políticos no son las personas adecuadas, pues los cargos se venden, se compran, se heredan… Se valga o no para ello. Es un mundo de corporativismo. Es muy difícil salirse de ese mundo, que es el germen de los gremios medievales, donde el maestro indica a sus alumnos para que sigan sus directrices y ese gremio se mantiene porque hay una sucesión entre maestros y discípulos. En el ámbito romano es la esfera familiar y en el medieval es la social, pero hay una traslación de ese modelo. Por tanto, hay muchas similitudes entre la caída del Imperio y el momento actual. La crisis financiera ya existía en el mundo romano. La amenaza independentista también existía. La amenaza exterior era más patente en Roma, quizás ese elemento es más diferencial. La historia no se repite nunca, pero sí se reproduce, que es distinto, pues se reproduce con distintas circunstancias, con distintos elementos y solo se conservan los modelos. Los hechos son diferentes, pero el patrón en el que actúan son similares y, en consecuencia, saber cómo acabó el mundo romano y por qué, nos podría hacer entender cómo puede acabar esto. Espero que acabe de la mejor forma posible y que nos sirva de experiencia para el futuro.

Autor
Mario Agudo Villanueva