Vivir en público
La intimidad está muriendo, dicen. Cada vez estamos más dispuestos a exponernos en la red y nos apasiona espiarnos mutuamente. Si sigue esa evolución, perecerá la experiencia de lo recóndito, lo reservado, lo misterioso. Para los sabios del pasado, la intimidad, ese territorio interior a salvo de la vigilancia social, era una forma esencial de libertad. Sin embargo, a nosotros nos seduce tanto llamar la atención que olvidamos el riesgo de ser controlados. Dejamos que en nuestra vida cotidiana se inmiscuyan miradas ajenas y marcas publicitarias, que para incitarnos al consumo buscan conocernos y clasificarnos. El capitalismo favorece todo lo privado, menos la vida privada.

Para los sabios del pasado, la intimidad, ese territorio interior a salvo de la vigilancia social, era una forma esencial de libertad. Sin embargo, a nosotros nos seduce tanto llamar la atención que olvidamos el riesgo de ser controlados.

Cuenta el historiador Heródoto que el rey de Lidia, Candaules, enamorado de su mujer, la creía más bella que ninguna, pero le aguijoneaba que los demás lo ignorasen. Por eso dijo a uno de sus oficiales: «Creo que a pesar de mis palabras no calibras la arrebatadora belleza de la reina. Quiero que la veas desnuda con tus propios ojos». El oficial se resistió, pero acabó acatando la orden. Esa noche se escondió tras la puerta de la alcoba real y contempló a la reina conforme se iba quitando sus túnicas. La mujer vio su sombra furtiva y sintió una indescriptible humillación. Al día siguiente llamó al oficial y le obligó a ser su cómplice: «O bien matas al rey y te casas conmigo, o bien eres tú quien morirá por haberte prestado a tal infamia». Ante tan escalofriante opción, el oficial decidió derrocar a su señor. Así Candaules, pionero de la sobreexposición pública, perdió el poder por no tener pudor.

¿Huele mal?
El dinero tiende a ocultar su pasado mientras promete la posesión del porvenir. Las grandes fortunas no suelen confesar de dónde vienen sus ganancias ni el verdadero origen de sus éxitos. La riqueza sabe blanquear su historia, como los gatos que se limpian a sí mismos lamiéndose. Eso pensaba hace dos mil años un emperador romano conocido por su avidez económica.

La riqueza sabe blanquear su historia, como los gatos que se limpian a sí mismos lamiéndose.

Cuentan que Vespasiano vendía las magistraturas a los candidatos y las absoluciones a los acusados. Se dice también que daba trabajo a sus colaboradores más rapaces, con la intención de condenarlos cuando se enriquecían y apoderarse de sus saqueos. Su anécdota más famosa se refiere a una tasa que impuso sobre la orina. En la antigua Roma se recogía el pis de las letrinas públicas con fines económicos. Era muy codiciado por los curtidores de pieles, que lo usaban para tratar el cuero, y por los lavanderos, que lo empleaban como producto de limpieza por su contenido en amoniaco. El avaricioso emperador obligó a pagar a todos los artesanos que utilizaban la orina pública en sus negocios. Cuando el hijo de Vespasiano se enteró del nuevo impuesto, le reprochó su impúdica codicia. Vespasiano le colocó bajo la nariz una moneda de oro recién cobrada gracias a aquel tributo y le preguntó cínicamente si olía mal. El emperador sabía que, aunque provenga de las alcantarillas, el dinero nunca apesta.

Textos de Irene Vallejo Moreu

Reseña

Alguien habló de nosotros (Editorial Contraseña, 2017) es el último libro de Irene Vallejo Moreu,  licenciada en Filología Clásica y doctora por las Universidades de Florencia y Zaragoza. En él se recogen los artículos que la autora ha ido publicando en su columna semanal en la contraportada del Heraldo de Aragón, dos de los cuales encabezan este artículo por gentileza de la autora. En ellos trata de iluminar la problemática actualidad desde la perspectiva de los clásicos grecolatinos. En un mundo tan altamente conectado como en el que vivimos, en el que los acontecimientos se suceden a velocidad de vértigo, la mirada sosegada de los sabios del pasado aporta una nueva savia que alimenta el espíritu porque. En definitiva, sus preocupaciones eran nuestras preocupaciones, de ahí el título de la hora. Efectivamente, alguien habló de nosotros, de los seres humanos, que seguimos siendo los mismos, con túnica o Iphone. La selección de todos estos textos publicados en los últimos seis años, demuestra que es posible dialogar con el pasado, entendernos mejor, y encontrar apoyo en este rico sedimento de historia, pensamiento y cultura que nos precede. Ahora que los planes educativos relegan el estudio de las humanidades, la publicación de esta antología, dedicada a los profesores que continúan enseñándolas contra viento y marea, se presenta como un acto de resistencia intelectual altamente necesario.

Mario Agudo Villanueva