El testimonio del nuevo superintendente de Pompeya, Massimo Osanna, evidencia más que nunca dónde radica el problema de este gran yacimiento arqueológico. Muchos se las prometían realmente felices con el flamante anuncio del Gran Proyecto Pompeya, una inyección económica que venía a introducir aun más veneno en el cuerpo moribundo de este recinto histórico.

Buena parte de la comunidad internacional se echó las manos a la cabeza cuando empezaron a caer los muros de Pompeya. Como parche al problema, como suele pasar en estos casos, creyeron que bastaría con una inyección económica. La situación pareció superada tras la reapertura de seis nuevas domus, pero quedó en un magnífico gesto de cara a la galería y una forma de maquillar la gran inversión realizada. Nada más lejos de la realidad. Ni el problema estaba en la falta de recursos, ni la solución residía en un plan de salvamento económico.

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Andamios cerca de la Vía de la Abundancia. Foto: Mario Agudo.

Basta con haber excavado allí una sola campaña. El problema se evidencia desde la primera semana: el funcionamiento mafioso del personal de mantenimiento envenenaba la vida en el parque arqueológico. Al principio todo nos parece peculiar, el modo de actuar de los conserjes, las zonas cerradas dentro de la excavación sin razón aparente -a las que se accedía solo por favor personal- o la atención más o menos desinteresada dependiendo del incentivo. Pero si hay algo que realmente denota dónde podía estar el problema era una palabra: assemblea. Era algo así como un santo y seña mediante el cual, sin previo aviso, Pompeya quedaba cerrada a cal y canto. Escudándose en una pseudo-reunión sindical de forma casi semanal, todo quedaba en suspenso y, como se podrán imaginar, ninguno de los miles de turistas que acudían diariamente podían acceder. Háganse cargo del problema que supone. Usted, turista que ha viajado a Italia a ver una de las joyas de la arqueología, no puede acceder porque ese día los “custodes” han decidido reunirse en cónclave sindical. Ya puede dar golpes contra el cristal de la taquilla o mesarse los cabellos, que no conseguirá absolutamente nada. Le tocará darse media vuelta y volver por donde ha venido.

Precisamente quien tenía la llave del yacimiento, y hablamos de la llave literal, desaparecía, convirtiéndose así en una formidable herramienta de coacción a los organismos gestores de Pompeya. El cuerpo de mantenimiento del sitio arqueológico se había enraizado como las enredaderas sobre los muros del yacimiento, y al contrario de lo que podamos pensar, esto no le daba más fortaleza, sino que lo iba descomponiendo poco a poco.

El nuevo superintendente, en un gesto que le honra, ha puesto este tema sobre la mesa y ha denunciado claramente el chantaje al que se le somete con estas asambleas. En la última de ellas, que como hemos comentado se hacen sin previo aviso a los visitantes, el sr. Osanna tenía guardado un as en la manga: cuando los trabajadores de mantenimiento se negaron a desempeñar su labor ese día, fueron sustituidos por 50 trabajadores cualificados de una empresa estatal. Por supuesto, las amenazas no se hicieron esperar y los sindicatos actuaron por vía judicial argumentando una práctica contra el derecho de asamblea por parte de los trabajadores.

Sea cual sea el desenlace de todo esto, por fin ha quedado evidenciado el problema de Pompeya. El yacimiento está secuestrado y la solución no está en seguir inyectando dinero con grandes proyectos, sino en replantear su propio funcionamiento para evitar así que sigan cayendo muros en el silencio de días en los que Pompeya está cerrada por assemblea.

Autor

Javier Muñoz Ojeda, arqueólogo