La tumba de Cholodni Yar: la arqueología nos acerca al mito de las amazonas

En 1884 fue excavada una tumba cerca de Cholodni Yar, en la margen izquierda del río Tiasmin. El hallazgo del conde Bobrinsky, la persona que se encargó de desenterrarla, se trataba de dos esqueletos. El enterramiento principal era el de una mujer, pero a sus pies yacía un hombre bastante joven. El análisis de los restos lo situó en apenas 18 años de edad. La tumba era rica, el ajuar estaba reunido alrededor de la mujer. En sus orejas había grandes pendientes de plata; alrededor de su cuello, una cadena hecha con huesos y cuentas de vidrio; en su brazo, una pulsera de bronce. Junto a ella había un espejo de bronce, un peso de telar de arcilla y unos platillos de hierro sobre los que en los que en su día se habían depositado ofrendas de alimentos. A su izquierda, en el extremo de la cabeza, había dos puntas de lanza de hierro, y bajo ellas, una plancha cuadrada lisa que se había utilizado como piedra de afilar; más abajo se encontraron los restos de una aljaba hecha con madera y cuero y pintada de colores brillantes, cuarenta y siete puntas de flecha de tres caras y dos cuchillos de hierro. Junto a la cabeza había dos objetos denominados “piedras de honda”, aunque nadie podía estar seguro de que se hubiesen utilizado como armas. El esqueleto del hombre joven, por otro lado, solo tenía junto a él dos campanillas de bronce, un brazalete de hierro y algunos pequeños artículos de joyería.

Lo que parece que tenemos en Cholodni Yar es una tumba de una mujer guerrera de cierta consideración social, cuyo joven servidor fue asesinado para que la acompañase en su viaje por la muerte. La mujer tenía gran parte del ajuar clásico femenino -casi nunca se han encontrado herramientas para tejer o hilar en tumbas de hombres-, pero también poseía un arco, cuchillos y lanzas.

Cuando escuché por primera vez la descripción que hizo Renate de esta tumba, sentí como un escalofrío me bajaba la espalda: allí teníamos indicios de un mundo radicalmente diferente al griego, un mundo en el que una mujer podía luchar y ser considerada lo suficientemente importante como para merecer el sacrificio de un criado que cuidase de ella en el otro mundo. En otra tumba del siglo VI a.C. , Renate habló de una “amazona” enterrada con gorro de oro tachonado que tenía tanto un sirviente como un caballo enterrados con ella, ambos probablemente asesinados ritualmente para acompañarla. La mujer parecía haber muerto de un golpe que había dejado un rastro sobre su ceja derecha.

Lyn Webster Wilde.

Reseña

Alianza Editorial ha lanzado recientemente “Las amazonas: Mito e historia”, un trepidante ensayo sobre estas legendarias mujeres firmado por la escritora Lyn Webster Wilde. Con un estilo ágil y novelesco, el texto nos sumerge en una incesante investigación que trata de acercarnos a la peripecia vital de estas guerreras, cuyo recuerdo se sitúa entre el mito y la realidad. El propio Estrabón, al tratar sobre ellas, nos dice que “lo mítico y lo histórico están separados, pues se llama mito a lo antiguo, falso y monstruoso mientras que la historia busca lo verdadero… Pero sobre las amazonas se cuentan las mismas cosas ahora que antiguamente” (XI, 3), mientras que Diodoro de Sicilia señala que no es impropio hablar de ellas “incluso si lo dicho parece igual a mitos a causa de su rareza” (II, 44, 3). 9788491049371

Estrabón detalla que estas mujeres vivían en torno al Termodonte –hoy Terme Cayi, en el centro del norte de Turquía-, en lo que llama la llanura de las Amazonas, en la ciudad de Temíscira (I, 7 y XI, 4). Según él, pasaban la mayor parte del tiempo solas, encargándose ellas mismas de todos los trabajos, del arado y la plantación, del pastoreo, especialmente de los caballos, y, las más valientes se dedican a la caza y a prepararse para la guerra. Sugiere que a todas les habían cauterizado el pecho derecho desde bebés para que puedieran tener libre el brazo siempre que lo necesitaran, en primer lugar para el lanzamiento de jabalina, pero también para el uso del arco y escudo ligero (XI, 1). Por esta mutilación de su seno es por la que recibían su nombre, como plantea Diodoro (II, 45, 3-4). Sin embargo, Heródoto explica que los saurómatas las llamaban oiórpata que, traducido al griego, significa “matadoras de hombres” (IV, 110). El famoso historiador griego también destaca que montaban sus caballos para cazar o guerrear y llevaban el mismo atuendo que los hombres (IV, 116).

Los autores griegos tejieron una suerte de leyenda negra en relación con las amazonas. Su imagen de mujeres guerreras e independientes, contrarias al matrimonio patriarcal, chocaba de forma frontal con el papel de la mujer en el país heleno, lo que sirvió para ejemplificar la barbarie. Heródoto dice que una muchacha virgen no se casaba antes de haber dado muerte a un soldado enemigo y que algunas de ellas morían ya ancianas sin llegar a casarse por no cumplir esta ley (IV, 117). Estrabón las acusa de procrear a escondidas en la oscuridad, uniéndose con hombres en la noche (XI, 1), lo que también denuncia Heródoto en sus uniones con los escitas (IV, 113); mientras que Diodoro explica que a los recién nacidos varones les mutilaban las piernas y los brazos, dejándolos inservibles para el servicio bélico (II, 45, 3).

Webster Wilde recorre los espacios arqueológicos relacionados con este apasionante mundo, nos presenta los estudios más recientes y reflexiona sobre el papel histórico de estas mujeres guerreras en una obra amena que nos enganchará a medida que nos sumergimos con la autora en la búsqueda de respuestas a este dilema histórico, en el que la arqueología tiene un papel fundamental para reinterpretar o matizar los textos históricos.

Mario Agudo Villanueva