Delante de su escritorio de la pequeña habitación donde vivía desde hacía casi tres años en Éfeso, Pablo de Tarso se frotó los ojos, agotados por el esfuerzo de fijarse en el texto que estaba escribiendo. Se trataba de una carta muy importante a los fieles de Corinto, una de las ciudades más importantes de Grecia, donde unos tres años antes había fundado una floreciente comunidad cristiana. Pero Corinto era un terreno lleno de peligros. La ciudad era famosa por su depravación, hasta el punto de que siglos atrás Aristófanes había acuñado el verbo corintizar para referirse al relajado estilo de vida de aquellas gentes. Y si uno se ponía a discutir con los corintios, rápidamente salía a relucir su proverbial arrogancia intelectual, la misma que había hecho a Cicerón hablar de la ciudad como la luz de toda Grecia.

Habían llegado a oídos de Pablo noticias inquietantes sobre la evolución de la comunidad cristiana de Corinto, por lo que se había decidido a tomar cartas en el asunto, y estaba escribiendo una carta que sería leída en la Pascua de Resurrección del año 54. Ya llevaba escritas varías páginas de la misiva, en la que había reprendido a los corintios que se hubieran dividido en facciones y que hubieran provocado escándalos de todo tipo. Además, les había dado instrucciones sobre diversos asuntos de la vida comunitaria, y se enfrentaba ahora a la parte final de su epístola: recordar a los fieles cuál es la esencia del mensaje que les había predicado:

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié: el que aceptasteis y en el que os mantenéis firmes, y por el que estáis en camino de salvación, con tal de que conservéis el mensaje que os anuncié; de lo contrario habríais aceptado la fe en vano. Ante todo, yo os transmití lo que yo había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, y que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las Escrituras, y que se apareció a Cefas y después a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos de una sola vez: la mayoría viven todavía, algunos murieron ya; después se apareció a Santiago y después a todos los apóstoles. Al final de todos, como a un aborto, se me apareció a mí. Pues yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguía a la comunidad de Dios; pero por merced de Dios soy lo que soy, y su favor hacia mí no quedó huero, sino que me esforcé por encima de todos éstos; no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Así es que, sea yo o sean ellos, predicamos así y así abrazasteis la fe. (1 Corintios 15, 1-11).

Entre estos dos momentos, la muerte de Yeshua bar Yosef (Jesús de Nazaret para el mundo occidental) y el primer testimonio escrito sobre su resurrección, separados por apenas veinte años, se produjo uno de los procesos más sorprendentes y de mayor alcance de toda la historia de la humanidad. El desarrollo de una creencia única, a saber, que un hombre que había muerto en la cruz ejecutado por los romanos, había resucitado y que eran muchos los que decían haberlo visto tras volver de la muerte.

Javier Alonso López

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Portada del libro

Reseña

La Resurrección es el dogma de fe más importante del cristianismo, si bien no es la única religión en la que su dios experimenta el trance del sufrimiento, muerte y nacimiento a una nueva vida. Con su estilo ameno y bien documentado, Javier Alonso López profundiza en el origen de esta creencia, que alcanzó su punto culminante a partir de la crucifixión de Jesús de Nazaret. Lo hace en su último libro: “La Resurrección. De Hombre a Dios”, editado por Arzalia. Abordar estos temas resulta siempre una tarea tremendamente espinosa y es probable que lluevan las críticas descarnadas sobre el autor de este buen ensayo. Sin embargo, preguntarse sobre estas cuestiones es preguntarse, en el fondo, por nuestra naturaleza, por nuestras aspiraciones, por nuestros sentimientos. Si comenzamos este camino, más vale hacerlo de la mano de especialistas como el doctor Alonso, que llevan más de 25 años dedicados al estudio de la Biblia y la historia de Israel. Abundan en este terreno las visiones extremas. Por un lado, los que hablan desde la fe. Por otro lado, los que hablan desde su odio a la religión. Por eso se agradecen los análisis bien documentados, lejos de la visceralidad inherente a este polémico objeto de estudio. El libro incluye una visión general de las creencias de ultratumba previas al cristianismo, especialmente en el mundo griego y romano, que son una pieza clave para entender la concepción de la Resurrección de Jesús. Después realiza un amplio análisis de los testimonios escritos sobre este fenómeno, en especial en los Evangelios, de los que el autor es un gran conocedor. Finaliza con una lectura propia, que hace que la obra no sea meramente divulgativa, sino que sirva para sostener interesantes planteamientos que, a buen seguro, serán motivo de reflexión para el lector interesado. En definitiva, estamos ante un interesante ensayo sobre una cuestión que sigue viva dos milenios después de su gestación. Resulta pertinente acudir a la visión que de esta obra tiene otro gran experto en la materia, el profesor Antonio Piñero, uno de los más consumados especialistas en la figura de Jesús que ha dado nuestro país. Su reseña puede consultarse en este enlace.

Mario Agudo Villanueva.