Las impactantes imágenes del estado de destrucción del Museo de Antigüedades de Mosul, tomadas después de su liberación por las tropas iraquíes, nos han sacudido esta pasada semana. Tras más de dos años en poder de DAESH, cabía esperar este funesto resultado. No en vano, el pasado 27 de febrero de 2015, la propia organización terrorista se encargó de difundir un video en el que se veía como un contingente de sus milicianos la emprendía a mazazos y empellones con buena parte de sus colecciones. Este siniestro final parece el macabro epílogo al historial de destrucción premeditada de patrimonio en Irak y Siria, que se ha sucedido desde la proclamación del califato de Abu Bakr al-Baghdadi en junio de 2014, precisamente en Mosul. Los sitios arqueológicos de Nínive, Nimrud, Dhur Sharrukin, Hatra o Palmira han sufrido desde entonces daños irreparables y el expolio de objetos artísticos para nutrir el mercado negro del arte ha experimentado un inusitado esplendor, hasta el punto de constituir la cuarta fuente de financiación del califato.

A view of a destroyed museum, where Islamic State militants filmed themselves destroying priceless statues and sculptures in 2015, during a battle against the militants in Mosul
Vista de una de las salas del Museo de Mosul. 11 de marzo de 2017. REUTERS/Thaier Al-Sudani

Sin ánimo de ser oportunistas, este frenesí destructivo pone de manifiesto la vigencia de un acalorado debate: el de la expatriación de las colecciones arqueológicas de estas zonas del mundo a los grandes museos occidentales. Buena parte del patrimonio de Nínive, Nimrud, Mosul o Dhur Sharrukin se ha salvado gracias a que está repartido, entre otros, en el British Museum, el Louvre o el Metropolitan. Como contrapunto de esta tesis cabría apuntar que durante las dos Guerras Mundiales, que se libraron en parte en el viejo continente, también se puso en serio riesgo toda esta riqueza artística. Sin ir más lejos, las esculturas de Tell Halaf fueron hechas añicos en los bombardeos sobre Berlín. Nuestro objetivo en esta reseña no es profundizar en esta controvertida cuestión, sino el de hablar de la peripecia vital de uno de los personajes que hizo posible la llegada de parte de este patrimonio a Londres, Austen Henry Layard.

Entre 1845 y 1847, Layard llevó a cabo una serie de exitosas excavaciones en Kalju, el sitio de Nimrud, que el británico confundió inicialmente con Nínive; y, en menor medida, en Cuyúnyic, lugar que, junto con Nebi Yunus, conforma el área del yacimiento de la antigua Nínive. Durante su estancia en estos enclaves, Layard sacó a la luz importantes restos del palacio de Asurnásipal I (siglo XI a.C. – Imperio Medio) y una parte del de Senaquerib (siglo VIII a.C. – Imperio Nuevo). En 1849 volvió a Cuyúnyic, donde encontró la gran biblioteca de Asurbánipal; así como también a Nínive, donde identificó su zigurat, que al principio confundió con la tumba de Sardanápalo. En esta campaña también descubrió 58 torres que marcaban el perímetro de la muralla hacia el norte y 50 hacia el este. Este mismo año salió a la luz su obra más importante: Nineveh and its Remains, editada por John Murray en dos volúmenes, seguida por un tomo de ilustraciones bajo el título The Monuments of Nineveh. En 1851, un año después de una nueva campaña emprendida por Layard en el sur, en Nippur y Babilonia, salió una versión abreviada de su obra: A Popular Account of Discoveries at Nineveh, cuya traducción al castellano por José Pellicer Mor nos ha traído recientemente la editorial Confluencias bajo el título Nínive. Historia de los descubrimientos en Mesopotamia.

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Austen Henry Layard

Esta interesante obra resulta de lectura inexcusable no solo para los amantes de la arqueología, sino también para los que quieran comprender con más profundidad la compleja situación actual del Creciente Fértil. La obra de Layard es más que un ensayo arqueológico, de hecho sus métodos, que él mismo describe, se alejan de lo que podríamos considerar la buena praxis arqueológica:

“La pequeña suma de dinero puesta a mi disposición me obligó a seguir un plan, que consistía en cavar trincheras a lo largo de las paredes de las habitaciones, para obtener bajorrelieves y esculturas, dejando sin desescombrar el centro, por lo que pocas cámaras fueron enteramente examinadas y muchos pequeños objetos de gran interés quedaron sin descubrir. Luego rellenaba las trincheras con la tierra y escombros de las siguientes, después de copiar las inscripciones y trasladar las esculturas” (p. 278). 

El objetivo del investigador y aventurero británico estaba centrado en conseguir piezas de interés para trasladar al British Museum, si bien es cierto que es innegable su vocación por el estudio de las ruinas. En su trayectoria mesopotámica, Layard nos descubre las dificultades que tenía iniciar una campaña arqueológica en una zona de tan gran inestabilidad política, algo que no dista mucho de la actualidad, tal y como describe Pedro Azara, uno de los últimos españoles en pisar suelo iraquí en una campaña arqueológica (1).

Estamos en los años finales del Imperio Otomano, la Mosul que se encuentra el británico Layard está sometida a los abusos y la arbitrariedad de Mohamed Pachá, el gobernador turco de la provincia, que asfixia con sus impuestos a la población de la ciudad y sus alrededores (p. 77-78). El panorama que se encuentra es desolador:

“Las ruinas no son más que enormes montículos. La desolación se encuentra con la desolación” (p. 69).

Ante esta situación, Layard tiene que ganarse la confianza de los líderes tribales, a los que tiene ha de agasajar con regalos para garantizar la estabilidad de la excavación (p. 121), una práctica que sigue vigente, tal y como explica el arqueólogo Henry Wright, que en 1966 excavó en Ur:

“Hay que ganarse a los dirigentes locales, porque son ellos quienes proporcionan los guardas, los trabajadores y el conocimiento del lugar (1).

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Excavaciones de Layard. British Museum.

A lo largo del testimonio de Layard nos damos cuenta de que el drama de la pérdida del patrimonio no es un acontecimiento actual. En 1820, antes de la visita de Mr. Rich, los habitantes de Mosul habían destruido algunas figuras de hombres y animales por indicación del ulema de la ciudad, que los consideraba ídolos (p. 59). En otra ocasión, un nativo de Selamiyah le explicó a Layard que se había utilizado a cristianos para cavar en los yacimientos de Nimrud en busca de piedras para reparar la tumba del Sultán Abd-Allah, un santo musulmán enterrado a orillas del Tigris y que además rompieron algunas figuras esculpidas para llevarse los fragmentos (p. 83). En otras ocasiones, la destrucción estaba asociada a la inestabilidad de la zona, como cuando el bey Rowandiz atacó y masacró a los yazidíes de Jerraiyah, cerca de Tel Kef, donde destruyó “un templo de piedra negra cuyas paredes estaban esculpidas y tenían inscripciones” (p. 87).

Esta inestabilidad se respira a lo largo de toda la obra y es otro de sus enormes atractivos. La composición étnica del norte de Irak y Siria es un auténtico crisol. Turcomanos, árabes, kurdos y caldeos conviven en un radio de escasos kilómetros. A estas diferencias hay que añadir las religiosas: musulmanes suníes y chiíes, cristianos nestorianos y católicos, judíos y yazidíes se miden en violentos enfrentamientos seculares que siembran la tierra de odio irreconciliable. El propio Layard nos da cuenta de la masacre perpetrada por kurdos musulmanes liderados por Beder Kan Bey en 1844 en el valle del Tiyari contra cristianos nestorianos, que fueron perseguidos y aniquilados (p. 196). Poco después, el mismo Kan Bey volvió a repetir su sangrienta peripecia en la región de Tkhoma (p. 237). Por su parte, los turcos emprendían ataques sistemáticos contra la población yadizí, que se agrupaba alrededor de Gebel Sinjar, pues los consideraban adoradores del diablo, por lo que era frecuente que los pachás de Bagdad y Mosul dieran permiso a sus irregulares para sembrar el pánico entre estas poblaciones (p. 243-244).

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Recepción de las esculturas de Nínive en el British Museum. The Illustrated London News (1852).

Los propios árabes, divididos en tribus, estaban inmersos en continuos enfrentamientos. El jeque Abd-ur-rahman, de los árabes salman, le cuenta al mismo Layard que:

“Los árabes, o se sientan y sirven a su Majestad el Sultán, o comen de los otros, como otros comen de ellos” (p. 105-106).

Eran los turcos los que contrataban a ciertas tribus para frenar los continuos saqueos de los beduinos del desierto. Es el caso de los zobeide, que llegaron llamados por los turcos para contener a los tai y los shammar, que se dedicaban a la rapiña. Layard se ve obligado a visitar al jefe de estos últimos, Sofuk, al que consideraba uno de los hombres más poderosos de Mesopotamia.

Pero volviendo a los hallazgos arqueológicos, Layard tiene que ver cómo la población local no valoraba los descubrimientos que van sucediéndose. Los testimonios del británico, quizás cargados de cierta superioridad occidental, son claros. Algunos consideran que los relieves barbados son jin (p. 167), otros no los creen fruto de la mano del hombre, sino de los gigantes que poblaban la tierra antes de Noé (p. 116-117), mientras que algunos maldecían los hallazgos por ser fruto de manos infieles inspiradas por Satanás (p. 170). El peligro que corrían los yacimientos una vez excavados era importante, puesto que la población local se esforzaba por mantenerlos. El propio Layard es consciente de ello cuando visita las ruinas de Khorsabad, excavadas por el francés Botta, que estaban en un estado de deterioro imparable (p. 174).

La fragilidad de los descubrimientos es una tónica general en el testimonio del investigador británico. En una ocasión nos cuenta cómo los restos de yeso pintado adherido al adobe, que todavía manifestaban tonalidades muy ricas, se desvanecieron prácticamente de forma inmediata al ser expuestos al aire (p. 158). Otras veces, la crudeza de los métodos utilizados por el propio Layard es la que pone en peligro los hallazgos, por ejemplo cuando un grupo de trabajadores rompió una losa en pedazos al intentar extraerla de forma apresurada del suelo (p. 124). El propio Botta había dado cuenta de la fragilidad de las losas de yeso al ser desenterradas, ninguna precaución evitaba su desintegración (p. 73).

En definitiva, Nínive. Historia de los descubrimientos en Mesopotamia (Confluencias, 2016) es una obra de obligada lectura. Más allá del puro testimonio arqueológico -que a los amantes de la asiriología les sabrá a poco por el embrionario estado de los estudios sobre la materia en el momento en el que Layard inició sus excavaciones-, el texto de Layard resulta de una inestimable actualidad por cuanto que pone de manifiesto la complejidad étnica y religiosa de un país como Irak, sacudido desde 1980 por el drama de la guerra. Estamos ante un clásico de la literatura de viajes, que tantos seguidores sigue acumulando hoy en día.

Notas

(1) Azara, P. (2012): “Antes del Diluvio. Mesopotamia 3500-2100 a.C.”. Barcelona.

(2) Lawler, A. (2003): “Después del saqueo ¿qué ocurrirá con los tesoros de Iraq?”, en National Geographic. 58-75.

Autor

Mario Agudo Villanueva