El pueblo de Cocullo, de apenas cuatrocientos habitantes, es una tranquila villa situada en la provincia de L’Aquila, en la región de Los Abruzos, Italia. La localidad es famosa por la pintoresca Festa dei Serpari, que se celebraba tradicionalmente el primer jueves del mes de mayo (desde 2012 se ha institucionalizado su celebración el día 1). La fiesta rinde honores a Santo Domingo de Sora, abad nacido en el año 951 en Foligno y muerto el año 1031 en Sora. Fue un reformador de la vida monástica al que se atribuyen propiedades curativas, especialmente contra la mordedura de las serpientes y perros rabiosos, contra la tormenta y el granizo y contra el dolor de muelas y la fiebre.

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Imagen de Santo Domingo de Sora rodeado de serpientes. Foto: La República

Con el inicio de la primavera, los jóvenes del pueblo se lanzan al bosque a cazar serpientes no venenosas que se custodian en cajas de madera (antes se hacía en recipientes de terracota). Durante su cautividad son alimentadas con ratones y huevos duros, por lo que llegan a alcanzar grandes dimensiones. El día de la fiesta, se enroscan al cuello del santo mientras se le saca en procesión por las calles del pueblo. Los fieles tratan de entrar en contacto con los ofidios y recogen un pedazo de tierra de la gruta contigua a la capilla del santo, que conservan en sus casas como protección frente a los influjos maléficos, la esparcen por el campo para evitar la presencia de animales nocivos o la disuelven en agua y la beben contra la fiebre. Una vez acabada la fiesta, las serpientes son liberadas de nuevo.

Estamos ante un ritual que tiene unas importantes reminiscencias paganas, especialmente por el uso de la serpiente, animal proscrito en el cristianismo.

Silio Itálico y los marsos

Sin lugar a dudas, estamos ante un ritual que tiene unas importantes reminiscencias paganas, especialmente por el uso de la serpiente, animal proscrito en el cristianismo. La región de Los Abruzos fue ocupada en tiempos remotos por los marsos, un pueblo itálico que habitaba en los alrededores del lago Fulcino y del que tenemos un testimonio histórico realmente interesante para encontrar las raíces de esta festividad. Silio Itálico, en su Guerra Púnica, asegura que:

“Todas estas huestes sabían guerrear, pero los jóvenes marsos no solo sabían batirse sino también encantar las culebras hasta adormecerlas, o neutralizar la mordedura de las víboras con hierbas y hechizos. Cuentan que Angicia, hija de Eetes, fue quien les enseñó por primera vez las hierbas mágicas, que sometía las serpientes venenosas con solo tocarlas y bajaba la luna del cielo, frenaba con sus gritos el curso de los ríos e invocando a los bosques desnudaba los montes. Pero este pueblo debía su nombre a un señor todavía más temible, Marsias, quien, a través de los mares, huyó de la frigia Crenes, donde la lira de Febo superó su flauta migdonia. Marruvio, distinguido por el nombre del viejo Marro, es su ciudad principal; más al interior, en medio de rezumantes campos, se encuentra Alba, cuyos árboles frutales compensan la falta de trigo. Sus restantes plazas fuertes no son muy conocidas y su población carece de prestigio, pero el número de sus habitantes es considerable. A ellos se unen los rudos pelignios, arrastrando sus tropas desde la gélida Sulmona” (Libro VIII, 495-510).

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Estatua de Angitia. Terracota. Foto: Museo Paludi di Celano

Sabemos que Angicia o Angitia, del latín anguis, serpiente, era una especie de divinidad muy venerada en la zona. A apenas cincuenta kilómetros de Cocullo se encuentra el llamado Lucus Angitiae, en la localidad de Luco dei Marsi, un lugar sagrado al que acudían marsos, pelignios y otros pueblos osco-umbros a rendir culto a esta diosa, que algunos consideraban más una maga, relacionada con la curación y vinculada, como su nombre indica, con el mencionado reptil.

Angicia o Angitia, del latín anguis, serpiente, era una especie de divinidad muy venerada en la zona.

Por el testimonio de Silio Itálico podemos comprobar la estrecha vinculación entre los jóvenes marsos y esta divinidad, hasta el punto de que su relación era el rasgo distintivo de este pueblo.

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Santuario de Angitia en Luco dei Marsi. Foto: Wikimedia Commons

Otras lecturas

Algunos autores han relacionado este rito con el culto a Eracle, equivalente local del héroe griego Heracles, quien recién nacido mató a dos grandes serpientes que Hera había enviado para acabar con su vida (por ejemplo en Apolodoro II, 8) e, incluso, podría relacionarse también con el triunfo de Zeus sobre Tifón, orden frente al caos (por ejemplo en Apolodoro I, 3). En el primer caso, podría tener relación con algún rito de paso que tuvieran que afrontar los jóvenes marsos antes de pasar a la edad adulta; mientras que en el segundo tendría un sentido más cosmogónico, una recreación del acto civilizador. Sin embargo, las enormes semejanzas entre las propiedades de Santo Domingo de Sora y las de la mencionada Agintia, así como los vestigios de su culto en la región y el testimonio de las fuentes, hacen que nos decantemos por la pervivencia de este culto ancestral en pleno siglo XXI.

Bibliografía

Devoto, G. (1951): “Gli antichi italici”. Florencia, Vallecchi.

Zwingle, E. (2005): Italia antes de los romanos, en “National Geographic”. P 32-57.

Autor

Mario Agudo Villanueva