Idiotas

La palabra democracia está desvencijada. Unos y otros se aferran a ella con determinación como en el juego de la soga, en una enconada pugna para llevarla a campo propio. De lo que no se dan cuenta es que de tanto manoseo, la cuerda puede partirse y los que peleaban por ella, rodar por el suelo a causa de la inercia. Mientras tanto, a modo de espectadores, los que han depositado su confianza en los protagonistas de la refriega hacen la guerra por su cuenta, imitando a sus dudosos referentes, para terminar de cortar la soga por su punto más débil.

Así que, mal que nos pese, es habitual en estos días presenciar una competición dialéctica en la que unos y otros discuten para dilucidar quién es más demócrata. Da igual la excusa. Antaño fue entre los partidarios de la independencia de Cataluña y sus detractores. Hoy es entre los defensores del gobierno y los de la oposición. Estado de alarma, sí; estado de alarma, no. Casi siempre, a un lado las izquierdas, al otro lado las derechas. El resultado final es que el sentido común y la convivencia se diluyen por el sumidero de la estrechez mental. Porque en el fondo, no se trata de que uno se crea más demócrata que otro, sino de que la condición de demócrata quede supeditada a la defensa de unas determinadas ideas.

Ante tal ejercicio de insensatez, abundan los palmeros de redes sociales y whatsapp que no dudan en aparcar su inteligencia para tragarse sin escrúpulos, y total convicción, la primera mentira grosera que sirva a sus intereses. Es el paraíso de los fake news de intenciones siniestras. La clave para estas personas no está en procesar la información con el fin de hacer un ejercicio de reflexión, sosegado y crítico, del que luego se genere una opinión realmente formada, sino recopilar solo aquellos datos que refuercen sus prejuicios para agitar la coctelera del odio con el mayor vigor posible. Parecen comportarse como zombis sedientos de carne humana, para desgracia de los que tratamos de mantener cierta lucidez en este triste panorama.

En el fondo de semejante manoseo lingüístico, aparte de muchos otros condicionantes sociales, históricos y culturales, subyace un error de base: la democracia no implica solamente un ejercicio de derechos, es también una demostración de responsabilidades que emanan directamente de la ley de la que nos hemos dotado de mutuo acuerdo. Así que, no solo se trata de reivindicar. Como miembros de una sociedad no tenemos más remedio que contraer obligaciones para con los demás. Es así como nació el régimen político al que continuamente apelamos en la actualidad.

Aunque nuestra democracia parlamentaria es diferente, por muchas circunstancias, a la democracia asamblearia ateniense, los motivos que inspiraron aquel esfuerzo pionero siguen constituyendo un recurso inagotable para entender lo que es en sí la esencia de este régimen político. El germen de las reformas que llevaron a los atenienses a dotarse de un nuevo modo de gobierno fue una desigualdad estructural y profunda de la sociedad -siglos después no hemos resuelto el problema-. El grado de conflictividad al que se había llegado era tan alto, que se recurrió a un sabio, Sólon, para emprender una reforma legal sin precedentes. El punto de inflexión fue el decreto de Σεισάχθεια (seisáchtheia), “el sacudimiento de la carga”. A partir de entonces, nadie podía esclavizar a otra persona por deudas. Años después fue Clístenes quien dio otro paso gigantesco al minar los últimos bastiones del poder aristocrático a través de la división del Ática en treinta tribus. Así se conquistó la ἰσονομία (isonomía), igualdad de todos ante la ley. Una ley que, por elección de la mayoría, debe ser buena para todos, base fundamental de otro concepto: la Εὐνομία (eunomía) o “buena ley”. Pero para que la mayoría se haga oír es indispensable la libertad de expresión, ἰσηγορία (isegoría), cuya inspiración no está en decir lo que a uno le place en cada momento, sino en defender ante la Asamblea una postura argumentada respecto al gobierno común, tener derecho a ser escuchado y que su opinión sea tenida en cuenta.

Isonomía, eunomía e isegoría siguen siendo, hoy en día, los pilares sobre los que debe construirse el edificio democrático. Con sus imperfecciones, el ideal representado por el gobierno ateniense es todavía una aspiración legítima que no ha llegado a culminarse en ningún momento de la historia. Las palabras que Tucídides atribuye a Pericles en uno de sus discursos fúnebres representan un embrionario estatuto fundacional de esta forma de gobierno:

“Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad” (II, 37, 1-2. Traducción de Juan José Torres Esbarranch para Gredos, 1990).

En este mismo discurso, Pericles desliza un comentario que no por antiguo es de menos actualidad:

Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida (II, 37, 3).

Unas líneas más adelante, el político ateniense apela a nuestra responsabilidad como ciudadanos:

“Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio  respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros en persona cuando menos damos nuestro juicio sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras lo que supone un perjuicio para la acción, sino el no informarse por medio de la palabra antes de proceder a lo necesario mediante la acción” (II, 40, 2-3). 

Los atenienses acuñaron el término ἰδιώτης (idiōtēs), para referirse a aquellas personas que solo se preocupaban de lo propio, en lugar de lo común. La palabra tiene como raíz ἴδιος (idios), que significa privado o particular (de ahí también idiosincrasia). Aunque inicialmente no tenía un sentido despectivo, a medida que las instituciones democráticas fueron consolidándose y, sobre todo, a raíz de reflexiones como la de Pericles -que considera inútiles a estos ciudadanos-, el “idiota” pasó a ser aquel que no solo no participaba en la vida común, sino que además no le interesaba en absoluto, haciendo oídos sordos a las responsabilidades que le correspondían como ciudadano. Un “hacerse el tonto”, que acabaría por derivar en el sentido actual del término.

Muchos son hoy los que, de una u otra manera, se alimentan de buenas dosis de egoísmo olvidándose del bien común, la única guía que en momentos complicados como los que vivimos debería ser el punto de partida de cualquier proyecto de futuro. A Pericles lo mató la peste ateniense del año 429 a.C. Una enfermedad altamente contagiosa que asoló la ciudad para segar la vida de buena parte de su población. Crucemos los dedos para que no sean las consecuencias de otra pandemia las que acaben con su legado. Mantengamos la guardia para no sucumbir a los cantos de sirena de los “idiotas” del siglo XXI. Solo resistiremos a la manipulación si aprovechamos nuestra libertad de pensamiento para forjar un criterio propio, único e irrepetible, que tenga como guías los principios que en tiempos remotos inspiraron la que debería ser nuestra forma más perfecta de gobierno.

Autor

Mario Agudo Villanueva

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Marita Her dice:

    Me ha gustado mucho

    Me gusta

Responder a Marita Her Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s