Justiniano: sueño y realidad

Defendía el filósofo español Xavier Zubiri que Occidente descansa en tres pilares: la religión judeo-cristiana, la filosofía griega y el Derecho romano. Sin lugar a dudas, sin el legado de Justiniano (483-565) y su Imperio, con su sueño de la “renovatio imperii”, ello no hubiera podido tener lugar. Flavio Pedro Sabbatius, su nombre de nacimiento, vio la luz en Tauresium (en la actual Macedonia del Norte) en el año 483 d.C., no mucho después de la caída de Roma, y del Imperio Romano de Occidente, ante los hérulos de Odoacro.  Los orígenes de su exitoso porvenir se hallan en su tío Justino (451-527), quien emigró a Constantinopla en busca de mejor fortuna. En la antigua Bizancio, Justino medró hasta llegar a formar parte de la guardia personal del emperador Anastasio I (430-518), y tras una exitosa conjura palaciega, a sucederle, a su muerte, en la púrpura imperial. Rústico, con escasa cultura, el emperador Justino se rodeó de colaboradores cualificados, destacando, de entre todos ellos, su sobrino Justiniano. Docto en leyes y de rigurosas inquietudes religiosas, nuestro protagonista se alzó con el poder “de facto”, especialmente tras la demencia sobrevenida por la edad en su tío durante los últimos años de su reinado.

La historia de Justiniano es la gran “novela” de la tardo-antigüedad y los inicios de la larga noche del Medievo. Como toda gran historia no está falta de otros protagonistas, para nada secundarios, destacando, de entre todos ellos, su escasamente menos célebre esposa, la emperatriz Teodora (500-548). Según nos cuentan las fuentes, su padre era adiestrador de osos en el Circo, y su profesión, en contraste con el pío Justiniano, parece haber sido de dudoso honor (fuere prostituta, actriz erótica o comediante “burlesque” en el más casto de los casos). Tras cambiar la ley que prohibía la unión conyugal entre gentes de tan diferente estrato social (no sin dificultades, ante las reticencias de su tía Eufemia, quien también procedía de un estrato inferior), Justiniano y Teodora se unieron en matrimonio, creando una de las uniones conyugales más sólidas y relevantes de la historia universal.

Defendía el filósofo español Xavier Zubiri que Occidente descansa en tres pilares: la religión judeo-cristiana, la filosofía griega y el Derecho romano. Sin lugar a dudas, sin el legado de Justiniano (483-565) y su Imperio, con su sueño de la “renovatio imperii”, ello no hubiera podido tener lugar.

Capitaneadas por el gran general Belisario (505-565), las fuerzas de Justiniano consiguieron, no sólo contener a los persas sasánidas, sino recuperar buena parte del Mediterráneo antiguamente romano, arrebatando los territorios de la vieja provincia africana a los vándalos, la península itálica a los ostrogodos, e incluso parte de la península ibérica a los visigodos. Pero no serían sus éxitos militares, ni tampoco la majestuosa construcción de Santa Sofía, la mayor contribución de Justiniano. Como dice el Digesto (su magna obra legislativa que reunió y sistematizó la legislación romana anterior) en uno de sus párrafos iniciales:

“La Majestad Imperial conviene que no sólo esté honrada con las armas sino también fortalecida por las leyes, para que en uno y otro tiempo, así el de guerras como el de paz, puedan ser bien gobernados y el principio romano subsista vencedor no solamente en los combates con los enemigos”.

Como toda gran figura histórica, Justiniano no tiene una biografía unívoca. Su propio cronista, Procopio de Cesarea (500-560) redactó, junto a su célebre “Historia de las guerras”, una obra difamatoria, pornográfica en ocasiones, que nos ha llegado con el nombre de “Historia Secreta”. No cabe duda de que Justiniano fue un hombre con carácter, capaz y con una elevada cultura. Menos dudas podemos tener sobre su esposa, Teodora, quien cuenta la leyenda que ante el inminente éxito de la revuelta Niká (532) en los primeros años del reinado de Justiniano frenó a su esposo diciendo unas sabias palabras, que por su vehemencia, parecen más propias de Shakespeare que de la espontaneidad de un mortal:

“Yo, por mi parte, entiendo que la fuga redundaría en mayor daño para nosotros; ahora más que nunca, aunque en ella encontráramos la salvación. El que ha nacido ilustre, debe afrontar la muerte; quien ha ascendido al solio imperial no ha de querer sobrevivir a su dignidad, viviendo en el exilio. Dios no permite que nunca me vea despojada de esta púrpura, o que llegue un día que mi presencia no sea saludada con aclamaciones de emperatriz. Tú, Augusto, si prefieres la fuga, puedes hacer lo que te plazca: tienes dinero suficiente; he aquí el mar y he aquí las naves. Pero ten mucho cuidado, no sea que, después de tu huida, se mude tu actual esplendor en una muerte ignominiosa. En cuanto a mí, me atengo al viejo proverbio que dice: la púrpura es el mejor sudario.”

Teodora murió antes que su esposo, dejando un vacío enorme en el, según se afirma, taciturno emperador.

Como toda gran figura histórica, Justiniano no tiene una biografía unívoca. Su propio cronista, Procopio de Cesarea (500-560) redactó, junto a su célebre “Historia de las guerras”, una obra difamatoria, pornográfica en ocasiones, que nos ha llegado con el nombre de “Historia Secreta”.

A la “renovatio imperii” se le ha criticado su exagerada ambición. Las arcas del Imperio quedaron muy maltrechas y la gobernabilidad de un territorio que llegó a aproximarse, aún con grandes diferencias territoriales, al que tuvieron bajo su mando Augusto o Marco Aurelio ya no tenía la misma viabilidad en los tiempos que corrían. A Justiniano tradicionalmente se le ha considerado como un Emperador Bizantino (quizá en parte por la influencia de Gibbon), pero la historiografía actual es cuasi unánime en considerarlo como el último Emperador Romano “de facto” (por más que “romano” fuera el Imperio Bizantino hasta su desaparición en el siglo XV). Además de ser el último que utilizara el latín principalmente, y no el griego, fue el punto final de una edad, la Antigua, que inmediatamente daría paso a la Edad Media fáctica, y no solo doctrinal.

Las tesis más modernas unen en su desgracia a Justiniano con los tiempos actuales. Cada vez hay más indicios científicos que relacionan la decadencia del Imperio Romano con un severo cambio climático. La fertilidad de los campos de la Mauritania romana o Egipto, que eran los graneros imperiales, fue decreciendo y las enfermedades extendiéndose cada vez más. Justo cuando Justiniano pudo conseguir hacer perdurar el Imperio por los siglos, la peste bubónica hizo acto de presencia, afectándole a él mismo, quien sobrevivió, pero no buena parte de la población de Constantinopla, Alejandría… y del resto del Imperio. Las consecuencias de este cambio climático y de la peste hundieron el sueño de Justiniano, y ayudaron el auge del fin de la antigüedad clásica, o lo que es lo mismo, la llegada del Islam.

La obra legislativa de Justiniano alcanzó la consideración de “ratio scripta”, lo que unido al cesaropapismo justinianeo (o lo que es lo mismo, la preponderancia del poder imperial sobre el eclesiástico) ayudó a que los reinos e imperios posteriores al romano justificaran, en un derecho antiguo, cristiano y universal, paradójicamente, su independencia frente al Papado.

Volviendo a los tres pilares de Zubiri con los que iniciábamos este artículo, Justiniano era ilírico (balcánico, y por lo tanto, fuertemente influenciado por la cultura griega) con fortísimas convicciones religiosas. El Digesto (obra principal del conocido como “Corpus Iuris Civilis”) fue precedido por la constitución “Deo Autore”, y es que lejos de reducirse a los ciudadanos romanos o a determinadas polis, la voluntad de la “renovatio imperii” justinianea era extenderse universalmente (como la Iglesia Católica, o Universal) por todo el orbe.  La obra legislativa de Justiniano alcanzó la consideración de “ratio scripta”, lo que unido al cesaropapismo justinianeo (o lo que es lo mismo, la preponderancia del poder imperial sobre el eclesiástico) ayudó a que los reinos e imperios posteriores al romano justificaran, en un derecho antiguo, cristiano y universal, paradójicamente, su independencia frente al Papado, “sucesor de Augusto” tras la caída del Imperio y la frustración del sueño de Justiniano. El Imperio Romano de Occidente no tuvo salvación, pero el Derecho Romano perduraría, con las mutaciones pertinentes, hasta nuestros tiempos, engendrando esa civilización, hoy global, que conocemos como Occidente.

Autor

Javier Serrano Copete

Bibliografia

Asimov, I. (1999): Constantinopla. Alianza Editorial.

Castillo, R.D. (2009): Historia breve de Bizancio. Sílex

Cesaretti, P. (2008).: Teodora. Emperatriz de Bizancio. Ariel.

Gibbon, Ed. (2006): Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Volumen III. Turner.

Graves, R. (2002): El Conde Belisario. Edhasa

Heather, P., (2013): La restauración de Roma. Crítica

Rosen, W., (2008): El fin del imperio romano. (Orígenes) Paidós.

Cuerpo del Derecho Civil Romano”, Traducción y compilación de I. García del Corral (disponible en: https://biblio.juridicas.unam.mx/bjv/resultados?ti=cuerpo+del+derecho+civil&at=Justinia).

Procopio de Cesarea, “Historia de las guerras”. Libros I-II. Traducción y notas de F.A. García Romero para Gredos.

Procopio de Cesarea, “Historia de las guerras”. Libros III-IV. Traducción y notas de J.A. Flores Rubio para Gredos.

Procopio de Cesarea, “Historia de las guerras”. Libros V-VI. Traducción y notas de J.A. Flores Rubio para Gredos.

Procopio de Cesarea, “Historia de las guerras”. Libros VII-VIII. Traducción y notas de J.A. Flores Rubio para Gredos.

Procopio de Cesarea, “Historia secreta”. Traducción y notas de J. Signes Codoñer para Gredos.

 

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