Hýbris y Paideia

“Todos los hombres son pública o privadamente enemigos de todos los demás y cada uno también enemigo de sí mismo”, sentencia Clinias en el diálogo Las Leyes de Platón (626a-d). “Conócete a ti mismo”, reza el universal aforismo grabado para la eternidad en el santuario de Apolo en Delfos. Sendas perlas de sabiduría encierran en su brevedad un torrente de motivos para la reflexión. Sin duda, el conocimiento previo de nuestro propio ego es una condición indispensable en la dura tarea de doblegarse a uno mismo. Se trata de una pugna que se produce en el largo proceso de definición de nuestra mismidad. Emilio Lledó señala dos dimensiones entre las que el hombre se debate continuamente: la Physis, el lado instintivo, primario, casi animal, del ser humano y la cultura, el dominio en el que el hombre empieza a construir la sociedad (1).

En este largo y tenso debate interno, el ser humano se ve apartado progresivamente del orden natural para introducirse en el orden de la cultura. Durante el proceso surgen y se desarrollan una serie de principios, comportamientos y valores que conforman lo que conocemos como humanismo. Según Lledó, tres conceptos son los pilares de este fenómeno: la alétheia, es decir, la Verdad; el Bien y la Justicia (2). El único motor del ser humano para poder alcanzar la plenitud de estos retos “humanistas” es la paideia, la educación. No entendida como una acumulación de conocimientos que nos faculta profesionalmente, sino, como señala Pedro Olalla, como un proceso de formación profunda que nos permitirá distinguir lo bueno, lo justo, lo que da sentido y justifica nuestro esfuerzo (3).

La Verdad es un campo esencial sin el que ninguna sociedad puede desarrollarse. Unida al logos, la palabra, establece los elementos de su validez. Tan destacado es su papel que el filósofo Erich Fromm argumentaba que uno de las principales amenazas del pensamiento original, propio, era precisamente que la Verdad había llegado a ser considerada como relativa, casi propia de un asunto de gustos (4). Pero no estamos hablando aquí de la Verdad que en cada momento ha representado la manifestación del conglomerado ideológico de quien detenta el poder. Esa Verdad que se matiza y manipula en función de la autoridad de turno. Nos referimos a un concepto que emana de la sustancia misma del ser humano y que enlaza con el Bien. En palabras de Lledó, el Bien “expresa lo que se es y en su busca se afirma, se sostiene y se realiza el dinamismo de existir” (5).

En la medida en la que vivimos en comunidad, el Bien debe ser el resultado de la armonización de los diferentes bienes individuales, de manera que el egoísmo no aniquile la posibilidad de construir una conciencia colectiva. Es en este momento en el que entra en juego el concepto de Justicia. Una especie de “amistad secularizada”, según Lledó. Una forma de Bien “repartido en una sociedad para que esta pueda ser cohesionada sin desgarrar el tejido colectivo por el imperio singular de la “apariencia” de Bien” (6). Si en el terreno de la Physis nos movemos en certezas que no admiten variación alguna, en el ámbito de la cultura todo se mueve entorno a otro concepto fundamental, la Libertad. Podemos inclinarnos hacia un lado o hacia otro en función de la posibilidad. Es esta ambigüedad y plasticidad la que deja la puerta abierta a la creación y a la educación de lo personal y lo humano (7).

La derrota del individuo en esta contienda interior puede desembocar en la desmesura, en el exceso. En consecuencia, el ser humano vive con la espada de Damocles de quedar expuesto a la única guía de sus instintos, en un impulso que le llevará a transgredir el orden y que puede terminar, en su manifestación más funesta, en un sentimiento violento, en una amenaza contra los principios que edifican la “cultura” y, por extensión, la “civilización”. Los griegos, con su audaz manera de interpretar la naturaleza humana, bautizaron este fracaso del yo como Hýbris, todo lo contrario a la contención, la sobriedad y la moderación que eran consideradas como una virtud. Este impulso está tan presente en nosotros que es la cólera la que mueve la primera gran epopeya literaria conservada de la Humanidad: la Ilíada. El bravo Aquiles es, en el fondo, un humano derrotado.

En este desarrollo personal existe otro concepto de gran importancia: la areté, entendida como excelencia. Desde tiempos remotos los griegos fueron educados en el ideal de la aristeia. En la época arcaica, la de Aquiles y la del resto de héroes, tenía un enfoque bélico, no exento, eso sí, de tintes éticos y espirituales. Pero con el desarrollo de la polis y el advenimiento de la democracia en Atenas, el viejo ideal fue reformulado. Dice Olalla que ese antiguo anhelo se conjugó con la aspiración de “crear un espacio más justo para la vida en comunidad”. De tener una proyección eminentemente exterior, la aristeia pasó a tener una proyección interior. No se buscaba ser mejor que los demás, como en tiempos homéricos, sino ser mejor que uno mismo (8).

Esta transformación era fundamental. Para que el gobierno de la polis pudiera confiarse a los ciudadanos era necesaria la virtud política y la virtud política no podía existir sin la paideia. La educación pasó a ser considerada un deber de la ciudad, pues su fracaso ponía en riesgo la existencia de todo el sistema. Aristóteles dejó clara la importancia del proceso en este fragmento de su Política que, a pesar de haberse concebido hace más de dos mil años, resulta de gran pertinencia:

“Puesto que toda ciudad tiene un solo fin, es claro que la educación tiene que ser una y la misma para todos los ciudadanos, y que el cuidado de ella debe ser cosa de la comunidad y no privada, como lo es en estos tiempos en que cada uno se cuida privativamente de sus hijos y les da la instrucción particular que les parece […] Cuál debe ser esta educación son cuestiones que no deben echarse en olvido, porque actualmente se discute sobre estos temas, y no todos están de acuerdo en lo que deben aprender los jóvenes […] Examinar la cuestión partiendo del actual sistema educativo induce a confusión y no está claro si deben practicarse, únicamente, las disciplinas útiles para la vida, o las que, sobre todo, tienden a formar hombres justos y decentes y que podrían parecer inútiles” (VIII, 1, 1337a11 ss.).

Un régimen político que se basaba en exclusiva en la voluntad y en la responsabilidad de sus ciudadanos no podía permitirse un sistema educativo fallido. Pero no debemos equivocarnos. La paideia no era responsabilidad de una institución. Se iniciaba en la infancia con la música, la poesía, la danza y la gimnasia. Continuaba con la aritmética, geometría y astronomía. No hay separación entre ciencias y letras, como en buena parte de la historia de la Humanidad. Se prolongaba en la madurez con la dialéctica e incluso podía culminarse con educación superior. Pero, señala Olalla, el pilar fundamental de todo el proceso seguía siendo el cultivo de la areté, la virtud política, para lo cual existían también escuelas abiertas en las que los jóvenes podían respirar los valores de la ciudad: la Asamblea, el Consejo, los Tribunales y, en menor medida, el teatro (9).

Verdad, Bien, Justicia, Libertad. Educación, virtud política, democracia. Palabras cuyo sentido a veces se nos escapa entre las manos porque el grado de manipulación al que ha llegado el lenguaje nos impide entender con claridad su verdadero significado. La Hýbris de los ignorantes corrompe las palabras en su espurio beneficio. Es necesario, por tanto, que reflexionemos sobre su contenido. Que volvamos a pensar con honradez y sinceridad en su sentido más profundo. Solo entonces, una vez desprendidos del vil e interesado manoseo al que son expuestos en la actualidad, estos conceptos clave del humanismo nos permitirán recuperar la inspiración original de la paideia. Estaremos, por tanto, en condiciones de plantear un sistema educativo cuyo fin último sea, en palabras de Lledó: “crear libertad, dar posibilidad, hacer pensar”. Solo de la mano de estos conceptos universales podremos hablar de mundo civilizado.

Autor

Mario Agudo Villanueva

Bibliografía

(1) Lledó, E. (2019): “Sobre la educación. La necesidad de la Literatura y la vigencia de la Filosofía”. Taurus, Barcelona. P. 219.

(2) Idem. P. 227-230.

(3) Olalla, P. (2015): “Grecia en el aire. Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual”. Acantilado, Barcelona. P. 79.

(4) Fromm, E. (1989): “El miedo a la libertad”. Paidós, Buenos Aires. P. 237-239.

(5) Lledó, E. (2019, 229).

(6) Lledó, E. (2019, 229).

(7) Lledó, E. (2019, 230).

(8) Olalla, P.  (2015, 81)

(9) Olalla, P. (2015, 82).