Apolo: entre la cítara y el arco, un dios en la frontera

El pasado jueves, 21 de noviembre participamos en una mesa de debate sobre lo Apolíneo y lo Dionisíaco en la librería “Los libros salvajes”, de Villaviciosa de Odón, Madrid. Lo hicimos en compañía de David Hernández de la Fuente, consumado especialista en la recepción de la mitología griega y, en especial, en la figura de Dionisos. Compartimos con vosotros los apuntes que sirvieron como base para nuestra intervención sobre Apolo.

Apolo: entre la cítara y el arco, un dios en la frontera

Muchos han sido los eruditos que han encumbrado a Apolo como el más griego de los dioses, pues su figura reúne los ideales de razón, armonía, belleza, juventud y pureza asociados tradicionalmente a la cultura helena o, tendríamos que puntualizar, al ideal aristocrático griego. De hecho, durante largo tiempo se pensó que los kouros, esas esculturas arcaicas que representan a efebos desnudos, hieráticos, con gesto firme y calmado, eran la imagen del dios. Investigaciones posteriores han descartado esta hipótesis.

Muchos han sido los eruditos que han encumbrado a Apolo como el más griego de los dioses, pues su figura reúne los ideales de razón, armonía, belleza, juventud y pureza asociados tradicionalmente a la cultura helena o, tendríamos que puntualizar, al ideal aristocrático griego.

Paradójicamente, los orígenes de Apolo, como los de otros dioses, se pierden en las oscuras tinieblas del mito, en un terreno resbaladizo en el que tenemos todas las posibilidades de perdernos sin llegar a ninguna conclusión firme. Su nombre no consta en las relaciones de dioses de los textos en Lineal B, pero ya aparece mencionado en las obras literarias más antiguas, en la llíada, donde goza de un enorme prestigio, y en la himnodia arcaica. Es en el testimonio de la terrible confrontación troyana en el que Apolo se nos presenta del lado de las huestes de Príamo, enemigo, por tanto, de los aqueos. Esta condición ha hecho que ciertos especialistas lo hayan situado en la órbita asiática, tesis podría verse reforzada por uno de los apelativos más recurrentes del dios: Lykeios, que podría traducirse por licio, y Lykegenes, nacido en Licia. Algunos investigadores han apuntado a que su madre, Leto, podría ser la diosa licia Lata, de ahí que también se le haya llamado Apolo Letoides en algunos textos. Pero no estamos ni mucho menos ante una cuestión resuelta, puesto que Lykos o Lykeios puede también interpretarse como “dios lobo” o como “dios luz” que, como ahora veremos, son atributos que también tienen relación con Apolo.

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Apolo Belvedere. Museos Vaticanos, Roma. Foto: Wikimedia Commons

El término arcaico, prehomérico, con el que conocemos a Apolo es Apellon. Una palabra que tiene una indudable relación con los términos apella y con Apellai. La primera significa redil, lo cual podría poner a este dios en relación con el cuidado del ganado, circunstancia que encajaría con ese apelativo de “dios lobo” al que nos referíamos, aunque de una forma particular: un lobo que cuida el rebaño. Veremos que, la contradictoria naturaleza de esta divinidad no lo hace imposible. Dejamos aquí sin desarrollar la posibilidad de que esta referencia al lobo se remonte a un estadio totémico de la religión griega, como se ha apuntado por el mito de Licaón y el ritual que se celebraba en la cima del monte Liceo, en Arcadia en honor de Zeus Lykaios.

El término arcaico, prehomérico, con el que conocemos a Apolo es Apellon. Una palabra que tiene una indudable relación con los términos apella y con Apellai.

Por lo que respecta a la palabra Apellai, estamos ante una arcaica institución doria que se refiere a las reuniones de clanes, tribus o familias que se celebraban para cohesionar e incorporar nuevos miembros al grupo. Se trata, por tanto, de un acto en el cual se produce un rito de paso y que, en consecuencia, se refiere a la integración de los jóvenes a la comunidad adulta. Relación con este término podría tener también el mes Apellaios, común a casi todo el territorio griego.

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Columnas del templo de Apolo en Delfos. Foto: Mario Agudo Villanueva

Sin embargo, en la figura de Apolo pueden rastrearse otros dos componentes, tal y como apuntara el lúcido Walter Burkert. Uno de origen creto-minoico y otro de procedencia sirio-hitita. En la isla de Creta existía un dios original llamado Peán, que acabó vinculándose con Apolo. Parece que en su honor, o bajo su auspicio, se entonaban unos cantos, llamados peanes, que tenían un fin curativo. Es posible que estos peanes llegaran de Creta a Esparta hacia el siglo VII a.C. y se propagaran así por toda Grecia continental. Pues bien, aquí podemos rastrear otros dos atributos asociados con Apolo: su relación con la poesía y la música, con las artes creativas, y su carácter sanador. Apolo es el guía de las Musas, el Mousegetes, inspiradoras de bardos y poetas. La lira o cítara es uno de sus atributos fundamentales. Pero también es el padre de Asclepio, el héroe que sanaba los males humanos. La relación de Apolo con la salud se remonta tiempo atrás, a Dídima, cuando Branco, creador de la estirpe sacerdotal de los bránquidas, desterró una epidemia, y se extiende hasta Bassas, en Arcadia, donde era especialmente venerado.

Pero no debemos comprender la enfermedad de la que los poderes de Apolo ofrecen remedio en un sentido biológico. Los males del cuerpo son considerados como males del espíritu, es decir, son consecuencia de una contaminación, un miasma. La mancha solo puede limpiarse con un conocimiento de orden superior, un saber que permita purificar el cuerpo. Es aquí donde tienen sentido ceremonias como la incubatio y en la que entra en juego otra de las grandes facultades del dios Apolo: su carácter oracular. Apolo Loxias, el oblicuo, como es llamado a veces, conoce el presente y el futuro, pero lo revela de forma ambigua e indirecta, a través de una pitia. Su santuario oracular, en Delfos, adquirió una importancia religiosa y política fundamental en la antigua Grecia y fue un motor imprescindible en el proceso de expansión de esta divinidad por el Mediterráneo, pues siempre que se fundaba una nueva colonia, se hacía previa consulta al oráculo y tras la consagración de un templo en su honor en el lugar de destino. Así nos encontramos con el culto a Apolo desde Italia hasta el mar de Azov.

Según autores como Burkert, en el contexto de los oráculos se comienzan a gestar los principios generales de una moral universal, pues el dios propondrá siempre aquello que debe o no debe hacerse para reparar lo que ha sido dañado. El hombre puede, con ayuda divina, superar la adversidad y empezar una nueva vida tras adquirir conciencia de sus limitaciones. Apolo siempre se encarga de poner al hombre en su sitio. “Conócete a ti mismo” reza uno de los aforismos que encontramos en Delfos, lo que es interpretado como una advertencia: “sé consciente de tus limitaciones como mortal antes de iniciar el camino hacia lo absoluto”. Esta circunstancia le granjeó a Apolo la fama de dios distante, el dios que se retira temporadas con los hiperbóreos (los que viven más allá del Bóreas, el viento del Norte).

Su santuario oracular, en Delfos, adquirió una importancia religiosa y política fundamental en la antigua Grecia y fue un motor imprescindible en el proceso de expansión de esta divinidad por el Mediterráneo, pues siempre que se fundaba una nueva colonia

Como distante, Apolo es el dios que puede también herir de lejos, por sorpresa. En la Ilíada propaga una terrible epidemia con sus flechas. Enlazamos aquí con uno de sus últimos atributos: el arco. Apolo es el dios sanador, pero puede propagar la destrucción desde la distancia, por eso es también Hekatos, “que viene de lejos”. Este carácter mortífero recuerda a una divinidad semítica: Reshep, que pudo llegar a Grecia a través de Chipre, una isla clave en los flujos culturales del Mediterráneo. Apolo tiene, por tanto, otra cara violenta, a Marsias lo desuella por haberle retado en un certamen musical, en algunos lugares de Grecia se le dedicaban sacrificios humanos en tiempos arcaicos. Es a este Apolo a quien Marcel Detienne dedica su “Apolo con el cuchillo en la mano”, editado por Akal.

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Apolo y Marsias. José de Ribera. Museos reales de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas. Foto: Wikimedia Commons.

Estas son, a grandes rasgos, las contradicciones de Apolo, el dios “brillante” o “radiante”, Phoibos (Febo). Una divinidad que se mueve en la frontera, que es adulto, pero conserva la juventud; que sana, pero transmite la enfermedad; que inspira a los poetas, pero confunde con sus ambiguos oráculos; que representa lo natural, pero también lo civilizado; que protege, pero amenaza; que se mueve entre el presente y el futuro, pero que siempre está distante. Un dios que representó, durante mucho tiempo, el ideal aristocrático, a diferencia de Dionisos, una divinidad transgesora de gran calado entre las clases populares. Quizás esa distancia, ese carácter esquivo, está detrás de sus reiterados fracasos amorosos con mujeres: Dafne, Marpesa o Corónide y hombres: Jacinto y Narciso.

Autor

Mario Agudo Villanueva

Bibliografía

Burkert, W. (2007): “Religión griega arcaica y clásica”. Abada.

Detienne, M. (2001): “Apolo con el cuchillo en la mano. Una aproximación experimental al politeísmo griego”. Akal.

Grimal, P. (2010): “Diccionario de mitología griega y romana”. Paidós Ibérica.

Hard, R. (2016): “El gran libro de la mitología griega”. La esfera de los libros.

Vernant, J.P. (2013): “Mito y pensamiento en la antigua Grecia”. Ariel.