La conservación del patrimonio ha sido una de las preocupaciones más importantes de Mediterráneo Antiguo desde su fundación. En este sentido, la conservación de los yacimientos arqueológicos, monumentos y museos en zonas de conflicto, en especial en Oriente Próximo, ha sido una constante a lo largo de nuestra dilatada trayectoria de entrevistas, reportajes y noticias. Queremos cerrar este periplo de la mano de Marta Arcos, especialista en patrimonio y conflicto, que acaba de publicar el libro “Patrimonio en Guerra: entre el daño colateral y el objetivo bélico”, editado por JAS Arqueología.

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Hornacina en la que se alojaba uno de los budas de Bamiyán. Foto: Wikimedia Commons

Entrevista – Habitualmente el patrimonio ha sido una víctima colateral de los conflictos armados, pero tras la destrucción de los budas de Bamiyán y, más tarde, las capillas de Tombuctú, asistimos a un punto de inflexión ¿por qué cree usted que el patrimonio se ha convertido en un objetivo más de la guerra?

Respuesta – Efectivamente, con la destrucción del patrimonio cultural sirio por el Dáesh en el contexto de la guerra civil siria, asistimos al culmen de una tendencia que se inició hace ya 15 años, como bien dice, con la destrucción talibán de los budas de Bamiyán en el año 2001 y que ha continuado en la guerra de Iraq o, más recientemente, en la actual guerra de Siria. Aquella y estas nuevas destrucciones siguen unos esquemas religiosos, pero también políticos, muy parecidos. Exponerlo en detalle es extremadamente complejo, pero se pueden señalar algunas características:

– El fundamentalismo religioso es el eje doctrinal de ambos grupos. El talibán en la rama islámica suní y el Dáesh en la salafí. En cualquier caso, la concepción de la religión se lleva el extremo “purista” o radical y la destrucción de ídolos, como los budas, o de templos paganos, como los de Palmira, se muestran, para ellos, imperativos.

– Es una declaración política propagandística. La destrucción de estos budas fue, además, el eje propagandístico último para declarar el Emirato Islámico de Afganistán, al tiempo que la destrucción del patrimonio sirio, o la toma de ciudades históricas como Faluya, en Irak, Raqqa (antigua capital del Califato Abbasí y hoy autodenominada capital del Dáesh), o Alepo, fueron elementos clave para la declaración al mundo del también autodenominado Califato Islámico.

– Busca el impacto mediático. La destrucción de los budas de Bamiyán fue el inicio de una estrategia que pervive hoy en el Dáesh y que no es otra que la utilización de los medios de comunicación, al estilo occidental, para retransmitir en directo la construcción (paradójicamente mediante la destrucción) de los nuevos pilares de sendos estados. En ambos casos, se utiliza el patrimonio histórico, clave identitaria, como medio de propaganda mundial. Así, los medios de comunicación, en sus diferentes vertientes, resultan determinantes para su subsistencia: se retroalimentan de ellos, pues son el escenario perfecto para recibir financiación e incluso nuevos adeptos que se sumen a sus filas y que, como desgraciadamente hemos visto en París, Bélgica o Barcelona, lo intenten propagar.

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Destrucción de las murallas de Nínive, Mosul, con bulldozers. Foto: Agencias.

Pero además de todas estas cuestiones, la limpieza cultural es otro de los conceptos fundamentales para entender la estrategia actual de destrucción del Dáesh. Pese al impacto mediático que han causado las destrucciones de los restos grecorromanos de Palmira o amplios sectores del conjunto medieval de Alepo, se están destruyendo las propias raíces del pueblo sirio y, en general, islámico. Dejando a un lado la pérdida de espacios que se retrotraen al propio nacimiento de la civilización en Oriente Próximo, como Mari en Siria o Nimrud en Irak, el Dáesh está imponiendo una limpieza cultural dentro del propio Islam: se destruye todo aquello que queda fuera de su credo salafista radical y, con ello, espacios islámicos chiitas, sunitas o alauíes son desbastados sistemáticamente. Un ejemplo es la destrucción en 2014 de los mausoleos-santuarios de Oueis, en Raqqa, que hasta entonces eran centro de peregrinación por contener los restos de Awais al-Qarni o Amar Ben Yaser, de tiempos del profeta. Por supuesto, el resto de religiones y sus evidencias históricas también están siendo perseguidas: Malula, uno de los escasos reductos en el mundo donde se sigue hablando el arameo y, con ello, una reliquia del cristianismo, fue conquistada, saqueada y completamente aniquilada por el grupo terrorista al-Nusra, franquicia de al-Qaeda en el país, en 2014. Y este, es sólo un ejemplo.

Pese al impacto mediático que han causado las destrucciones de los restos grecorromanos de Palmira o amplios sectores del conjunto medieval de Alepo, se están destruyendo las propias raíces del pueblo sirio y, en general, islámico.

Así, el patrimonio, en Siria, pero también antes el de Bamiyán o el de Malí, se ha convertido en objetivo bélico con un fin crucial: la damnatio memoriae contemporánea. Como se ha hecho a lo largo de la historia, se destruyen los elementos sustentantes de una cultura, de una manera de ver y entender la propia existencia, para sustituirla por otra. Ahora sólo asistimos a una versión moderna, pero no menos radical. La diferencia hoy son los medios de comunicación y el poder que de ello se desprende. En este caso, el Dáesh intenta imponer en sus territorios, sobre los restos de la cultura aniquilada, una nueva base social, política, religiosa y, con la destrucción de su pasado, también histórica, que den forma a su ansiado Califato. En definitiva, lejos de ser un escenario aleatorio presidido por la barbarie como algunos medios de comunicación proponen, la destrucción del patrimonio por parte del Dáesh sigue esquemas absolutamente planificados.

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Mezquita de la Tumba de Jonás, Mosul, destruida por Dáesh. Foto: Agencias.

Pregunta – En este sentido, se ha comentado que la población local de ciertas zonas en conflicto, especialmente en Oriente Próximo, no siente el patrimonio como suyo, sino como propiedad de “occidentales”. En una entrevista que publicamos con Maamoum Abdulkarim a comienzos de la guerra en Siria, hacía hincapié en la necesidad de involucrar a la población local, en especial, a los líderes tribales ¿qué opina usted sobre este aspecto?

Respuesta – Quizás la respuesta a esta pregunta se encuentre en la propia estrategia del Dáesh para imponerse en el territorio. Desde el año 2014 está llevando a cabo en todos aquellos espacios que aspira a controlar una práctica militar tan antigua como devastadora: la tierra quemada. La aniquilación de campos de cultivo, la destrucción de industrias y la devastación de ciudades, ha sido la estrategia principal en estas áreas, de eminente carácter agrario. En este sentido, la destrucción del patrimonio cultural se inscribe la misma estrategia, que busca la limpieza cultural y que pretende además aniquilar el sentido local de pertenencia entre las comunidades locales a las que pertenece el patrimonio, en un país en el que se hablan hasta 17 lenguas y se practican más de 10 cultos religiosos. Teniendo esto en cuenta, está claro que el patrimonio cultural juega un papel importante dentro de la identidad de la población siria, hasta el punto de ser decisivo para la imposición del Califato Islámico que pretende el Dáesh. Pero la utilización del patrimonio cultural como estrategia con la que consumar la limpieza cultural no ha sido inventada por el fundamentalismo islámico. Retrotrayéndonos a algo menos de dos décadas, el conflicto bosnio bautizó el término de “genocidio cultural” aplicado al patrimonio tras la destrucción del puente de Mostar o la biblioteca de Sarajevo como símbolos de la aniquilación de la multicultural esencia bosnia.

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Daños en la fortaleza de Alepo, Siria. Foto: Agencias.

Ejemplos de hasta qué punto la población local se la juega por proteger estos vestigios son los esfuerzos que realizan, en la medida de las posibilidades que ofrece un escenario bélico, por atestiguar, ya sea de forma escrita o mediante vídeos o fotografías, el estado de conservación de monumentos, estructuras históricas, yacimiento o museos tras el paso de la guerra. Hay que recordar que muchos de estos espacios todavía tenían un rol importante dentro de la comunidad y hoy su destrucción ha alterado sus modos de vida o relación social. Tomando como ejemplo la ciudad de Alepo, las viviendas otomanas seguían siendo utilizadas, unas veces como hogar, y otras reconvertidas en establecimientos comerciales y hoteles; sus templos de oración seguían siendo las mismas mezquitas construidas por los omeyas y ayyubíes e incluso algunas conservaban verdaderas reliquias del culto, como la Umayyad, donde la tradición dice que descansaban los restos de Zacarías, el padre de san Juan “Bautista”; en los zocos se mezclaba la venta de las mismas especias y productos artesanales que se comerciaban en época de la Ruta de la Seda, con nuevas tiendas de discos o telefonía móvil, y antiguos hammams como el Yagbougha al-Nasri seguían funcionando como un punto común en el que los amigos se reunían para charlar y relajarse. En la actualidad todas estas estructuras han quedado prácticamente arrasadas.

Desde el año 2014 está llevando a cabo en todos aquellos espacios que aspira a controlar una práctica militar tan antigua como devastadora: la tierra quemada. La aniquilación de campos de cultivo, la destrucción de industrias y la devastación de ciudades, ha sido la estrategia principal en estas áreas, de eminente carácter agrario.

Hoy, vinculando de nuevo a Siria con Bosnia, las palabras pronunciadas en 2015 por Arsenio Sánchez Hernámperez, Premio Nacional de Restauración y Conservación, y destacado profesional en la recuperación de la citada biblioteca bosnia, bien podrían servir para el caso sirio: “un pueblo sin patrimonio no existe, y esa era la intención de serbios y croatas”.

Pregunta – La destrucción del patrimonio se presenta como un desafío contra los iconos culturales de Occidente, sin embargo, el tráfico ilegal de obras de arte es un negocio muy lucrativo para las mafias. Se ha planteado que puede ser la cuarta fuente de financiación de DAESH ¿en qué medida la destrucción pretende disuadir a la opinión pública de este aspecto?

Respuesta – Sí, precisamente las líneas de investigación ahora intentan ahondar sobre esta cuestión, lo que hace que todavía sea muy complicado poder afirmar sin duda cualquier planteamiento. En cualquier caso, sí es sabido, como han afirmado la UNESCO y la AAAS en varios informes, que una gran proporción de las excavaciones ilícitas en yacimientos corre a cargo del Dáesh, de forma directa o indirecta. Siguiendo estos informes, Ebla, Mari y Dura Europos han sufrido expolios sistemáticos desde el inicio de la guerra en 2011, aunque los efectos más dañinos habrían tenido lugar en 2014, tras su ocupación por el Estado Islámico. Sólo por poner un ejemplo, Dura Europos contaba a finales de ese año con más de 3500 pozos para la extracción de material arqueológico. Eso supone una auténtica tragedia, sin duda al nivel de la destrucción de templos y ciudadelas, por las consecuencias irreversibles que suponen. En el caso de que algún día sean recuperadas, la falta de contexto arqueológico será nefasta para unos yacimientos que apenas alcanzan el 10% de excavación científica.

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Vista aérea de catas ilegales en Apamea, Siria. Foto: elaboración propia a partir de Google Earth

El problema es que el saqueo no se lleva únicamente a cabo por estos grupos terroristas, dejando a un lado la población local que no ha podido huir y que intenta subsistir mediante la venta de objetos expoliados, con todo, de impacto mucho menor. Ejemplos como Apamea, expoliada de forma intensa durante su ocupación por tropas gubernamentales entre 2012 y 2013, plantea cuestiones especialmente preocupantes. En concreto, durante este tiempo, en la antigua ciudad grecorromana se excavaron más de 5000 pozos para la extracción de material arqueológico. Situaciones como estas, que según afirman investigadores como Jesse Casana, se han repetido por todo el país, hacen plantearse hasta qué punto las tropas afines al gobierno se están lucrando de la venta de este material, que normalmente termina en países occidentales. Si bien, por otro lado, también hay que tener en cuenta las pocas facilidades que desde el gobierno y en concreto desde la DGAM, en una situación como esta, pueda tener para controlar este tipo de hechos. Pero el interrogante queda, de momento, ahí.

Dura Europos contaba a finales de ese año con más de 3500 pozos para la extracción de material arqueológico. Eso supone una auténtica tragedia, sin duda al nivel de la destrucción de templos y ciudadelas, por las consecuencias irreversibles que suponen. En el caso de que algún día sean recuperadas, la falta de contexto arqueológico será nefasta para unos yacimientos que apenas alcanzan el 10% de excavación científica.

También se ha planteado, aunque de forma menos rotunda por ahora, que la destrucción intencionada de patrimonio arquitectónico mediante excavadoras o explosivos responda, al menos en parte, a una forma de intentar ocultar el expolio previo. Esta teoría se explicaría en el destinatario final de los objetos robados: grandes coleccionistas de países europeos, americanos y asiáticos. La verificación de la completa destrucción de estos espacios, mediante su explícita retransmisión en vídeo, descartaría todas aquellas sospechas de que los bienes pudieran haber salido del país, eliminando con ello toda prueba que pudiese incriminar a los coleccionistas. Pero además, no hay que olvidar que, de confirmarse definitivamente estas especulaciones, los coleccionistas en este caso estarían formando parte de la financiación de estos grupos y, con ello, de la continuación de la guerra y la destrucción.

Pregunta – La prioridad de las personas en una situación tan crítica como la guerra es, habitualmente, superar el día a día. Muchos miembros de la DGAM han perecido en Siria tratando de proteger sus monumentos ¿cómo conciliar la conservación del patrimonio y esta terrible inestabilidad a la que se ve sometida la población?

Respuesta – En primer lugar, dejar claro, cómo no, que la vida de toda persona está por encima del daño a cualquier monumento histórico. Esta aclaración suele ser habitual al tratar temas como este, los horrores de la guerra, en los que quizás pudiera parecer, al menos en primer término, un tanto frívolo ocuparse de investigar y poner en valor las terribles consecuencias que para un pueblo supone la destrucción de su patrimonio, frente a otras realidades como la tortura y aniquilación de la población civil, efectuada por todos los bandos, no lo olvidemos, o los millones de desplazamientos forzados.

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Portada del libro

La conciliación de la conservación del patrimonio con un escenario anárquico como es el de la guerra es, como ya he apuntado, difícil. La Dirección General de Antigüedades y Museos de Siria, como órgano gubernamental encargado de la protección y promoción del patrimonio cultural nacional, arduamente ha podido desplegar en estos años los instrumentos a ello destinados, teniendo en cuenta la poca capacidad de acción que en algunos momentos ha tenido. En el inicio del conflicto se llevaron a cabo labores esenciales como, siguiendo las pautas marcadas por la Convención de la Haya, el traslado de los principales bienes culturales custodiados por los grandes museos arqueológicos sirios a lugares más seguros, fuera del área de conflicto. Si bien, la noticia de robos de importantes piezas en los museos de Hama y Palmira, hoy todavía buscadas por la Interpol (v. Imagen 1), o las imágenes difundidas del propio interior del museo de Palmira, una vez expulsado el Dáesh, donde se observan vitrinas vacías, pero también esculturas y sepulcros destrozados, siembran dudas sobre la efectividad de la estrategia de evacuación de piezas llevada a cabo. Recrudecido el conflicto y con una práctica imposibilidad de implementar estrategias de protección de su patrimonio monumental, la DGAM llevó a cabo en 2015 lo que se ha convertido en un instrumento básico para seguir y cuantificar el impacto de la guerra en el patrimonio: un mapa interactivo, a modo de inventario, en el que se señalan todos los bienes culturales de los que se tiene constancia que han resultado dañados o destruidos a lo largo de los años de conflicto. Ordenándolos por espacios territoriales, se indica el bien de que se trata, una pequeña referencia histórica, los daños sufridos y cualquier otra información disponible. Esta herramienta, como digo, resulta indispensable hoy para cualquier investigador sobre la destrucción del patrimonio sirio y como elemento sobre el que desarrollar las estrategias de conservación y recuperación previas, a aplicar una vez se pueda volver a acceder al territorio.

La conciliación de la conservación del patrimonio con un escenario anárquico como es el de la guerra es, como ya he apuntado, difícil. La Dirección General de Antigüedades y Museos de Siria, como órgano gubernamental encargado de la protección y promoción del patrimonio cultural nacional, arduamente ha podido desplegar en estos años los instrumentos a ello destinados, teniendo en cuenta la poca capacidad de acción que en algunos momentos ha tenido.

En otras cuestiones, sin embargo, la DGAM ha podido hacer poco. Las excavaciones arqueológicas finalizaron en todo el país a partir del inicio de la guerra en marzo de 2011 y lo mismo ocurrió con las importantísimas labores de conservación y mantenimiento de estos espacios. El resultado es que amplios sectores de las murallas y muros interiores de las ciudades de Mari o Ebla, realizados en adobe y con una antigüedad que se remonta al V milenio a.C., se encuentran hoy parcialmente destruidos debido a su fragilidad, al tiempo que los sillares de la imponente fortificación del Crac de los Caballeros han estallado, en parte, por el crecimiento de vegetación, y lo mismo había ocurrido en el teatro de Palmira, antes de ser seriamente dañado por el Dáesh. De hecho, tal es el impacto de este factor, la falta de mantenimiento, que en mi última investigación ha tenido que ser incluido como una de las causas principales de deterioro de patrimonio durante estos años de guerra. No obstante, la mejora reciente de la situación en algunas zonas del país, sobre todo en el noroeste y también en la retomada Palmira, ha permitido que las labores de restauración y conservación puedan volver a ponerse en marcha y actualmente existen planes de recuperación integral en espacios como Palmira y el Crac de los Caballeros, mientras se sigue trabajando en el del casco histórico de Alepo.

La vigilancia de estas zonas, por ende, también ha quedado suspendida, lo que ha derivado, como ya he apuntado, en el expolio sistemático de yacimientos arqueológicos. No obstante, quizás merezca la pena ahora retomarlo para incidir en el papel de la población civil. Más allá de, como digo, las excavaciones ilegales llevadas a cabo por personas que no ha podido huir, y que ve en la venta de objetos arqueológicos una oportunidad para salir adelante, el expolio de patrimonio por población local se produce de otras formas. La primera y quizás más llamativa por su impacto sea la ocupación de espacios arqueológicos por población desplazada, como ha sido el caso de las llamadas “Aldeas antiguas del Norte de Siria” o “Ciudades Muertas”, declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco en el año 2011. Estos asentamientos de la antigüedad tardía y el periodo bizantino, que hasta el inicio del conflicto se encontraban en un espléndido estado de conservación, han sido sistemáticamente ocupados por población civil desplazada en busca del refugio de estas antiguas estructuras, siendo utilizadas como viviendas, y sus sillares para hacer gallineros, huertos o lavaderos, con el impacto que de ello se deriva. Lo mismo ha ocurrido en otros espacios como ciudadelas o en las numerosas Jebel.

Pero, más allá de las acciones llevadas a cabo en el territorio en estos años de conflicto por la DGAM, también es necesario reconocer la importante labor que ha desarrollado la propia población, ya sea de manera anónima, o agrupada en colectivos, por proteger este patrimonio. Empezando por las personas que se han dejado la vida, como el profesor Jaled Assad, pionero de la arqueología siria y uno de los mayores expertos en el yacimiento de Palmira, donde precisamente pereció en 2015 en otra de las escenificaciones dantescas del Dáesh. Asociaciones como APSA (Association for the Protection os Syrian Archaeology) y e incontables personas anónimas, llevan años intentando llamar la atención sobre las nuevas destrucciones y el estado de conservación de un patrimonio que sienten como suyo. Sus testimonios han resultado determinantes para que los investigadores, pero también cualquier otra persona interesada, pueda ayudar a su futura recuperación.

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Pieza identificada por la Interpol: https://www.interpol.int/notice/search/woa/1106350

Pregunta – Recientemente se ha hablado de los cascos azules del patrimonio. En una situación como la que hemos vivido en Siria e Irak con la irrupción de DAESH ¿no estamos ante un brindis al sol?

Respuesta – En septiembre de 2016 la Corte Penal Internacional condenó por primera vez la destrucción intencionada de patrimonio, en concreto, la destrucción de Tombuctú (Malí), como un crimen de guerra. En febrero de ese mismo año, la Unesco en estrecha colaboración con Italia, creó, en el marco de la operación Unite4Heritage, un equipo formado por 60 profesionales entre Caravinieri y expertos en patrimonio, para desplazarse a aquellos lugares donde el patrimonio pudiera verse afectado por escaladas de conflictividad social o por desastres naturales. En marzo de 2017 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución histórica, la primera jamás adoptada por este órgano en el ámbito exclusivo del patrimonio cultural, bajo el título “Mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales: destrucción y tráfico del patrimonio cultural por parte de grupos terroristas en situaciones de conflicto armado”. La Unión Europea, por su parte, acaba de poner en marcha nuevas medidas para prohibir e impedir el tráfico ilícito de bienes culturales provenientes de zonas en conflicto, al tiempo que el anuncio del 2018 como el “Año Europeo del Patrimonio” también parece querer poner énfasis, al menos en parte, sobre esta realidad.

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Cascos azules. Imagen: Agencias.

Por lo tanto, la creación ahora de los “Cascos Azules de la Cultura” en la llamada “Declaración Florencia”, precisamente dependientes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sigue la tendencia a considerar, por fin por parte de los organismos supranacionales, la destrucción del patrimonio cultural como un aspecto lo suficientemente importante dentro de la seguridad internacional y de la defensa de los derechos fundamentales, como para desarrollar estrategias específicas enfocadas a tal fin. El problema es que este “cuerpo” arrastra los mismos condicionantes que lastraron al primigenio de la Unesco: la falta de capacidad operativa efectiva en el terreno, dado que no cuentan con potestad para actuar sobre territorios en guerra, como Siria o Yemen, o zonas controladas por grupos extremistas. Evidentemente, su efectividad en la protección del patrimonio se ve, ya desde el plano teórico, muy mermada, y se sitúan más bien como cuerpos de protección preventiva. Consiguientemente, en los escenarios actuales, estrategias preventivas en el ámbito de la protección de los monumentos históricos parece que se quedan, como poco, cortas. El problema es si realmente existe una opción viable de protección del patrimonio monumental en casos como estos.

Pero además, el desarrollo de estrategias efectivas resulta aún más complejo si se tiene en cuenta que tratados contra la destrucción del patrimonio en tiempos de guerra contemplan la posibilidad de destruirlo como estrategia de combate. Me estoy refiriendo al artículo 4.2 de la Convención Unesco para la protección de bienes culturales en caso de conflicto armado, firmado en la Haya el 14 de mayo de 1954, que permite la utilización del patrimonio con fines bélicos en caso de “necesidad militar imperativa”. Este ha sido, precisamente, el caso de las fuerzas gubernamentales sirias. Como ejemplos, el Crac de los Caballeros, una de las fortalezas de época de las Cruzadas mejor conservadas del mundo, las ruinas grecorromanas de Bosra, o el propio casco histórico de Alepo, punto clave de la guerra, han sido repetidamente usadas como lugares estratégicos o como objetivos de combate por las fuerzas bélicas de gobiernos como el sirio, el libanés o el ruso, ratificantes de la convención. Hay que recordar, según lo dicho, que el problema en Siria es que los radicales no han sido los únicos actores implicados en la destrucción de patrimonio. De hecho, la destrucción intencionada de restos históricos por parte del Dáesh y otros grupos sólo es, tal y como se desprende de mi investigación, la cuarta causa de destrucción de patrimonio en la guerra siria. Por delante, además de las excavaciones ilegales, los combates militares han sido la causa, hasta el momento, de más del 50% de la destrucción de patrimonio en Siria. Desde este punto de vista, aún es más discutible la efectividad de este tipo de cuerpos.

El problema es que los cascos azules arrastran los mismos condicionantes que lastraron al primigenio de la Unesco: la falta de capacidad operativa efectiva en el terreno, dado que no cuentan con potestad para actuar sobre territorios en guerra, como Siria o Yemen, o zonas controladas por grupos extremistas.

Pregunta – Hemos sido testigos de un paso más allá en la barbarie: la retransmisión prácticamente en directo de la destrucción, con imágenes de calidad cinematográfica, al estilo de las grandes superproducciones ¿qué papel tienen las redes sociales en este sentido?

Respuesta – No puedo hablarle muy específicamente de este tema porque no soy especialista de esta área en concreto, aunque sí puedo apuntar algunas teorías acerca de la puesta en escena en la destrucción del patrimonio.

La mediatización de las imágenes de estas destrucciones atiende, como apunta el experto en la materia Ömür Harmansah, a una estrategia general de expansión a nivel mundial, donde las redes sociales se articulan como eje destacado. A través de ellas, su mensaje se difunde, ya sea a través de sus seguidores o de personas que con horror comparten estos vídeos, hasta conseguir una audiencia potencial de millones de personas. Desde este punto de vista los vídeos, y las redes sociales funcionan como enormes escenarios de demostración poder, de forma que el Estado Islámico coordina y coreografía hasta el más mínimo detalle estas destrucciones como espectáculos mediáticos de violencia cuidadosamente comunicados a modo de declaración de intenciones. Por ese motivo, localizaciones, imagen proyectada de sus militantes, palabras y discursos emitidos, y medios técnicos y militares, son escrupulosamente seleccionados y puestos en escena.

Con ello, las redes sociales se articulan como una potente herramienta de propaganda a nivel mundial. Siguiendo con el planteamiento anterior, en cada vídeo y en cada declaración que consiguen hacer circular por las redes sociales o que difunden a través de sus propios medios de comunicación, se ofrece una planificada visión de la imagen que se quiere ofrecer al mundo, siendo capaces de crear redes descentralizadas de reclutamiento ideológico y militar, y también de fuentes de recursos económicos.

Desde estos puntos de vista, el patrimonio estaría siendo utilizado por el Daésh como rehén en su beneficio y las redes sociales y, en general, el mundo hipermedia, sería su principal escenario de difusión.

Autor

Mario Agudo Villanueva