Abordar la religiosidad de las sociedades que nos precedieron puede acabar, en la mayoría de los casos, en un ejercicio especulativo, máxime si carecemos de textos traducidos que nos permitan arrojar luz sobre aspectos tan importantes como la composición de su panteón, sus ciclos míticos o su ritualidad. La única alternativa metodológica que nos queda es acudir a la interpretación de los registros arqueológicos en base a comparaciones con otras sociedades de las que tenemos más información o tratar de inferir conclusiones desde asociaciones simbólicas que, en muchas ocasiones, no dejan de ser más que una suposición.

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Puerta del Sol de Puente Tablas con el betilo al fondo. Foto: Mario Agudo Villanueva.

A pesar de todo, cuando nos enfrentamos ante lugares como el santuario de Puente Tablas, de forma inmediata se nos plantea el reto de tratar de buscar un sentido al extraordinario testimonio material que se presenta ante nuestros ojos. En este yacimiento arqueológico, próximo a la ciudad de Jaén, nos encontramos con la planta de un complejo edificio situado al lado de la conocida como Puerta del Sol, que por su ubicación y estructura se ha vinculado con la esfera religiosa.

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Primer término del betilo, con los brazos cruzados. Foto: Mario Agudo Villanueva

 

Los trabajos que han dirigido en este enclave Arturo Ruiz y Manuel Molinos, del Instituto Universitario de Investigación Arqueológica Ibérica, han resultado clave a la hora de buscar un sentido a tan magnífico emplazamiento. La puerta del oppidum está orientada hacia la salida del sol y está asociada a una estructura aneja, en la que se halló una piedra tallada toscamente donde parece representarse a una mujer con la cabeza tocada por una tiara y los brazos cruzados en su regazo (1), una suerte de betilo que reproduce un modelo muy extendido a lo largo de todo el Mediterráneo y que fue asociado por Marija Gimbutas con la diosa de la vida, de la muerte y de la regeneración. La investigadora lituana la vinculó con la diosa Luna, fuente de vida y de todo lo que producía fertilidad y, al mismo tiempo, poseedora de los poderes destructivos de la naturaleza (2). La postura de brazos cruzados traza un triángulo con la cabeza, una forma que para Gimbutas era la plasmación del seno universal, fuente inagotable de vida, al que el muerto regresa para volver a nacer de nuevo (3).

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Cella de la primera terraza, en la que probablemente se custodiaba el betilo. Foto: Mario Agudo Villanueva

 

La observación del comportamiento del sol en los equinoccios ha aportado más información sobre el conjunto arqueológico. Los rayos de luz se filtran al amanecer por la puerta monumental e iluminan la tosca figura, ubicada en una posición estratégica para proyectar su sombra protectora hacia el interior del yacimiento en estos días tan señalados. Algunos autores han interpretado este fenómeno como una narración religiosa que se basa en la relación entre el sol y la diosa, un mito que deja de ser una hierofanía, como la estudiada en La Cueva de la Lobera, Castellar (Jaén), para crear un discurso mitológico relacionado con la divinidad (4).

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Receptáculo para libaciones de la segunda terraza. Foto: Mario Agudo Villanueva

 

Sea como fuere, los equinoccios están entre esa serie de “eternidades recuperables” periódicamente que constituyen el calendario sagrado de muchos pueblos, que ven en la repetición cíclica de estos fenómenos celestes asociados al ciclo estacional los ejes vertebradores de su religiosidad, vinculada al origen del Cosmos, de la vida o de la fecundidad de la tierra (5). Estamos ante la cuestión de la regeneración del tiempo de la que nos hablaba Elíade en su famosa teoría del eterno retorno y que implica, a partes iguales, al sol, divinidad generalmente masculina de carácter celeste, y a la tierra, divinidad habitualmente femenina de carácter telúrico (6).

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Altar con forma de piel de animal, del patio de la primera terraza. Foto: Mario Agudo Villanueva

 

La estructura arquitectónica que nos ocupa, situada a la entrada del poblado y fechada en el siglo IV a.C., se vertebra en tres terrazas. La primera, a la que se accede desde unos peldaños desde la calle principal, consta de una cella -donde debía alojarse el betilo-, de una antecella y de un altar con forma de piel extendida de animal que se encuentra en un patio que da acceso a las otras partes del santuario. Es probable que en este altar se produjeran los sacrificios de cerdas y cabras preñadas cuyos testimonios materiales han sido identificados por los arqueólogos que han trabajado en el recinto. La segunda terraza se estructura en torno a cuatro cuevas naturales frente a las cuales se han encontrado tres orificios en el suelo, probablemente utilizados para realizar libaciones. La tercera terraza solo presenta una habitación y está conectada a un canal por el que manaba el agua del manantial que brotaba de las cuevas en dirección norte-sur.

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Vista general del santuario desde su acceso principal. Foto: Mario Agudo Villanueva.

La presencia de los receptáculos de libación, los sacrificios animales y el agua que brota de las cuevas nos recuerda a elementos presentes en santuarios griegos de tipo oracular. En prácticamente todos los oráculos helenos conocidos hay un manantial, así lo vemos en Delfos, con las fuentes Castalia y Casotis; en Claros, con la fuente de Manto; en Lebadea, donde para consultar el oráculo de Trofonio había que beber de las aguas de Leteo, olvido, y Mnemósine, memoria; en Dídima, donde la profetisa hallaba inspiración en las aguas; en Patras, en Ténaro y Cianeas y también en el famoso oráculo del oasis de Siwa (7).  Esta misma constante es aplicable a las cuevas que, junto con el agua que brota de la tierra, están situadas en lugares liminales, entendidos como zona de paso al más allá, al mundo poblado por los muertos, que son conocedores del futuro, como podemos ver en este pasaje de la Odisea:

“Allí Perimedes y Euríloco detuvieron a las víctimas, y yo, desenvainando la aguda espada de mi costado, cavé un agujero de un codo por un lado y por otro, y en torno vertimos una libación en honor de todos los muertos, primero con una mezcla de leche y miel, después con dulce vino, y en tercer lugar con agua. Por encima esparcí harina blanca de cebada, y prometí con intensa súplica a las inanes cabezas de los muertos que al llegar a Ítaca les sacrificaría la mejor vaca estéril de mis dominios palaciegos, y colmaría una pira de espléndidos dones, y, además, sacrificaría en honor de Tiresias, de él solo, una oveja toda negra que destacara en mis rebaños. Y, tras haber suplicado con plegarias y rezos a las tribus de los difuntos, tomé a las ovejas y las degollé sobre la fosa, y se derramó su sangre negra como una nube” (Odisea, XI, 23 y ss. Trad. Carlos García Gual).

Odiseo convoca las almas de los muertos para conocer el futuro de mano del adivino Tiresias. Se observa cómo se conjugan algunos de los elementos que observamos en Puente Tablas: el agua, las libaciones y la sangre de las víctimas. Lógicamente, es aventurado hacer paralelismos entre el horizonte cultural griego y el ibero, pero no descabellado. Desde finales del siglo V a.C., aumenta el conocimiento de Iberia en el mundo griego, una tendencia que irá a más a lo largo del siglo IV a.C., momento en el que la cultura ibérica alcanza su mayor apogeo y en el que se consolida su universo político e ideológico (8).

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Canalización de agua que cruza el recinto. Foto: Mario Agudo Villanueva.

Una muestra de esta influencia griega es el fragmento de una crátera de figuras rojas, parte del ajuar votivo que recoge un rito de iniciación que es presenciado por la estatua de una diosa femenina, probablemente Afrodita o Artemis, que fue hallado en el mismo santuario de Puente Tablas (9) o la estructura del recinto palacial excavado en el mismo yacimiento, donde las estancias se ordenan jerárquicamente entorno a un edificio principal, como en el caso del mégaron de los palacios micénicos (10). La influencia de los colonizadores griegos en el arte ibérico ha sido sostenida por muchos autores, que ven la acción de estos talleres helenos en nuestra península el motivo por el que eclosiona la escultura íbera (11).

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Basas de las columnas que adornaban el patio del edificio principal del recinto palacial de Puente Tablas. Foto: Mario Agudo Villanueva.

Pero, como decíamos al comienzo de este breve artículo, la ausencia de textos que aporten más información sobre el sentido más profundo de la religiosidad ibérica tiende sobre nosotros un oscuro manto de ignorancia a través del que sólo podemos vislumbrar los pequeños retazos que la arqueología va descubriendo campaña tras campaña. Lo único que sí podemos asegurar con certeza es que la religiosidad de este pueblo responde a un complejo sistema de creencias de las que, sin duda, todavía nos queda mucho por conocer (12).

Autor

Mario Agudo Villanueva

Notas

(1) CHAPA, T. (2015): La escultura ibérica en los siglos IV y III a.C. en “La cultura ibérica”, Desperta Ferro Ediciones, Madrid, pp. 26. 

(2) GIMBUTAS, M. (1974:2014): “Diosas y dioses de la Vieja Europa (7000-3500 a.C.)”, Siruela, Madrid, pp. 191-209.

(3) Ídem, pp. 199-200.

(4) RUEDA GALÁN, C. (2015): La religiosidad en las sociedades iberas de los siglos IV-III a.C. en “La cultura ibérica”, Desperta Ferro Ediciones, Madrid, pp. 46.

(5) BELMONTE, J.A. (1999): “Las leyes del cielo”, Temas de Hoy, Madrid, pp. 16.

(6) ELÍADE, M. (1951:2008): “El mito del eterno retorno”, Alianza, Madrid, pp. 56-93.

(7) HERNÁNDEZ DE LA FUENTE, D. (2008): “Oráculos griegos”, Alianza, Madrid, pp. 38-39.

(8) DOMÍNGUEZ MONEDERO, A. (2015): El mundo ibérico en el contexto Mediterráneo en “El mundo ibérico en el contexto mediterráneo), Desperta Ferro Ediciones, Madrid, pp. 4-5. Para más información sobre el desarrollo del mundo ibérico y sus contactos con el Mediterráneo oriental consultar RUIZ RODRÍGUEZ, A.; MOLINOS MOLINOS, M. (1993): “Los Iberos. Análisis arqueológico de un proceso histórico”, Crítica, Barcelona.

(9) RUEDA GALÁN, C. (2015): La religiosidad en las sociedades iberas de los siglos IV-III a.C. en “La cultura ibérica”, Desperta Ferro Ediciones, Madrid, pp. 46.

(10) BENDALA GALÁN, M. (1988): “Los albores de Grecia”, Historia 16, Madrid, pp. 74-76.

(11) ABAD CASAL, L.; BENDALA GALÁN, M. (1999): “El arte ibérico”, Historia 16, Madrid, pp. 66-68, también en PRESEDO, F. (1997): El arte ibérico, en “Historia de España Antigua. Protohistoria” , Cátedra, Madrid, pp. 237-275.

(12) Para un análisis más detallado del santuario ver RUIZ, A., MOLINOS, M., FERNÁNDEZ, R., PÉREZ, M. Y RUEDA, C. (2015): El santuario de la Puerta del Sol, en “Jaén, tierra ibera”, Universidad de Jaén, Jaén, pp. 93-107.