El desciframiento e interpretación de lenguas antiguas es una tarea apasionante a la vez que fundamental para el estudio de nuestro pasado. Cada vez que la ciencia desentraña el código oculto que encierran los signos escritos que han resistido el paso del tiempo, abrimos una ventana que nos ayuda a comprender mejor cómo éramos. Esta es una tarea que requiere un trabajo sistemático, preciso y constante, pero también amplios conocimientos en muchas materias. Nos hemos querido acercar a esta disciplina a través de Miguel Valério, arqueólogo doctorado en “Culturas y lenguas del mundo antiguo y su pervivencia” por la Universidad de Barcelona.

El gran obstáculo para nuestro conocimiento de ese paisaje lingüístico no-indoeuropeo en el Mediterráneo antiguo es el hecho de que sólo tenemos documentadas algunas de las lenguas a partir de la introducción de la escritura en cada una de las regiones mediterráneas

Pregunta – ¿Tenían todas las lenguas del Mediterráneo antiguo una base indoeuropea?
Respuesta – En absoluto. Aunque se debate el origen geográfico y cronología del protoindoeuropeo (la protolengua de la cual derivaron las lenguas indoeuropeas que conocemos), lo más probable es que se hablara hacia 5000-4000 ANE en algún punto alrededor del Mar Negro, a partir del cual las lenguas derivadas se habrán extendido hacia el occidente y sur de Europa, además de otras regiones. Tanto antes como después de su llegada, se hablaban en el Mediterráneo idiomas de otra filiación, sobre todo en las costas norteafricana y sirio-palestina. El gran obstáculo para nuestro conocimiento de ese paisaje lingüístico no-indoeuropeo en el Mediterráneo antiguo es el hecho de que sólo tenemos documentadas algunas de las lenguas a partir de la introducción de la escritura en cada una de las regiones mediterráneas —y en el Mediterráneo occidental esto sólo ocurre en el I milenio ANE-. Sin embargo, progresivamente se hacen visibles, a nivel epigráfico, lenguas que sabemos que no eran indoeuropeas. Entre ellas podemos contar, sin ser exhaustivos, el egipcio, el fenicio y otras lenguas semíticas, el etrusco y el ibérico.

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Estela de Fonte Velha VI. Museo de la Escritura del Suroeste de Almodôvar, Portugal. Foto: Miguel Valerio.

Pregunta – Usted se ha especializado en la escritura indescifrada chiprominoica. Háblenos de ella y del estado actual de sus estudios.
Respuesta – «Chiprominoico» es el nombre que se da a un grupo de 250 inscripciones silábicas halladas sobre todo en Chipre ―un número pequeño se ha descubierto en Siria y Grecia― y que datan de la segunda mitad del II milenio ANE. Su escritura tiene afinidades con la escritura Lineal A de la Creta minoica, su probable modelo, y fue la base del silabario chiprogriego, utilizado en Chipre en el milenio siguiente.

Desde la década de 1970, la mayoría de los especialistas ha aceptado la teoría de que las inscripciones chiprominoicas contienen tres escrituras diferentes, denominadas CM 1, 2 y 3. Sin embargo, hay cada vez más datos a favor de que esta clasificación no funciona, y cada vez más especialistas, entre los que me incluyo, están convencidos de que podríamos estar ante un solo silabario. Esta incertidumbre ha afectado la tarea de discernir cuantos signos chiprominoicos diferentes existen y esta circunstancia, sumada a la falta de corpus de inscripciones más numeroso, viene disminuyendo significativamente la probabilidad de un desciframiento.

«Chiprominoico» es el nombre que se da a un grupo de 250 inscripciones silábicas halladas sobre todo en Chipre.

Mi investigación doctoral trató de dar cuenta de estos problemas, planteándose con un objetivo doble: por un lado, revisar el signario o listado de signos efectuando por primera vez un estudio extensivo de la variación paleográfica de los signos; y, por otro lado, una vez individualizados los signos, intentar en la medida de lo posible investigar sus valores fonéticos. Lo que propuse como resultados fue un signario de entre 57 a 70 signos silábicos, entre los que algunos son seguramente meras variantes de otros signos, y valores fonéticos ―o «lecturas», si preferimos― para la mayoría de ellos. Con la excepción de nueve signos que creo que podemos leer con seguridad, todos los valores son hipotéticos. Sin embargo, nos permiten leer una tablilla de arcilla, procedente de la antigua ciudad siria de Ugarit, como algo que hace mucho se sospecha ser: un listado de individuos con nombres semitas y hurritas conocidos de la documentación en escritura cuneiforme de la región. En cuanto a las inscripciones halladas en Chipre, siguen siendo mayoritariamente incomprensibles, pero hay tenues indicios de que podrían contener una lengua nativa, similar a otra preservada en textos posteriores del I milenio ANE. No se trata en ningún caso de un desciframiento, pero creo que se han podido fijar de manera clara las posibilidades y limitaciones de interpretación de esta escritura. Lo más interesante es que parte de estos resultados coinciden con propuestas efectuadas ya en la década de 1980 por Werner Nahm, un físico y matemático alemán, aunque por primera vez como consecuencia de un análisis sistemático de la escritura. El reto ahora será procurar confirmar estos resultados y progresar a partir de aquí, para ello harán falta más hallazgos epigráficos y un continuo estudio de los contextos arqueológicos en que han aparecido las inscripciones.

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Tablilla escrita en chiprominoico procedente de Enkomi. Museo del Louvre. Foto: Wikimedia Commons.

Pregunta – Respecto a las lenguas peninsulares, se ha conferido una gran importancia a la escritura del suroeste ¿qué conocemos de ella y qué posibilidades de interpretación nos ofrece?
Respuesta – «Escritura del suroeste» se refiere a un grupo de cerca de 90 lápidas pétreas inscritas halladas mayoritariamente al occidente del río Guadiana, en el actual sur de Portugal. (Otros autores prefieren otras designaciones más comprometidas o incluso erróneas, como «sud-lusitana» o «tartesia».) Está claro en varios casos que estos soportes pétreos constituían «estelas» de uso funerario. El interés que suscita esta escritura quizá venga de dos o tres factores. El primero es que, de todas las escrituras del grupo paleohispánico, esta es aquella cuyo estadio de desciframiento está menos avanzado, con lo cual es la más enigmática. El segundo es que es la más antigua escritura peninsular que se puede identificar de manera clara, aunque no se trate necesariamente del primer sistema de escritura creado en la Península Ibérica ―en esto estoy de acuerdo con la hipótesis de investigadores, como José Antonio Correa y Javier de Hoz, de que habrá existido una primera escritura en el Bajo y Medio Guadalquivir, a la cual la denominación de «tartesia» ―si insistimos en utilizarla― sentaría mejor. Por ello, es fundamental para conocer el proceso histórico de introducción de la técnica de escribir en el territorio peninsular. En tercer lugar, se debate si se tratará de una escritura semisilábica ―como otros sistemas paleohispánicos― o estrictamente alfabética. De ser un alfabeto, podría tratarse de una invención autónoma y original, lo que sería extraordinario, ya que hasta hoy se considera que el alfabeto pleno (con letras específicas para la notación de las vocales) fue inventado una única vez en la Historia, por los griegos.

«Escritura del suroeste» se refiere a un grupo de cerca de 90 lápidas pétreas inscritas halladas mayoritariamente al occidente del río Guadiana, en el actual sur de Portugal.

En lo que concierne a su desciframiento, es decir, la lectura de sus signos, no es completamente impenetrable. Con mayor o menor seguridad, la mayoría de ellos se puede leer de forma aproximada, a través de dos métodos. Uno, comparativo, trata de contrastar los signos con los de las escrituras más afines, en el caso el alfabeto consonántico fenicio y la llamada escritura paleohispánica del sureste. Otro, interno, conlleva el estudio de los comportamientos de los signos y su comportamiento en las inscripciones.

Más complicada es la interpretación de la lengua subyacente. Existen dos grandes obstáculos: no sólo los textos están mayormente escritos en scriptio continua (es decir, sin divisores de palabra), sino que a menudo nos llegan fragmentados. De todas formas, la lectura provisional que se hace de los signos sugiere una lengua poco familiar, sin relación obvia con las lenguas, indoeuropeas y no indoeuropeas, documentadas en la Península Ibérica en época antigua. Últimamente ha conocido bastante difusión, sobre todo en la bibliografía anglosajona, la teoría de John Koch, según la cual la lengua de la escritura del suroeste era de índole céltica. Con todo, en el ámbito de la investigación peninsular y fuera de él es bastante consensual entre los investigadores que esta teoría, tal y como se ha presentado, se basa en una serie de parecidos superficiales que no tienen en cuenta varios de los problemas que plantean las inscripciones.

Pregunta – ¿Y qué podría decirnos de la escritura ibérica y de los intentos de interpretación realizados hasta el momento?
Respuesta – De entrada, hay que decir que la llamada lengua “ibérica”, atestiguada desde el actual suroeste de Francia al sureste de la Península, se escribió en cuatro escrituras diferentes. Además del alfabeto latino y de una variante del alfabeto griego, estas incluyen dos sistemas semisilábicos del grupo paleohispánico. La más frecuente es la llamada escritura ibérica del nordeste o «levantina» y es a esta a la que nos solemos referir cuando hablamos de escritura «ibérica» a secas. Para hablar de su interpretación, es necesario distinguir entre escritura y lengua. En este caso, el semisilabario nororiental fue descifrado por Gómez Moreno en la década de 1920, y, por lo tanto, la escritura se puede leer; es la lengua ibérica la que presenta muchos problemas de interpretación o, si preferimos, de traducción. De todas formas, hay una serie de aspectos de la lengua ibérica que están claros: uno de ellos es que posee una serie de indicios de características gramaticales que hacen complicado relacionarla con las familias lingüísticas indoeuropea o semítica.

Pregunta – ¿Cómo podemos saber con seguridad si una propuesta de desciframiento de una escritura y respectiva interpretación de la lengua es válida o no?
Respuesta – En términos de método, son problemáticas las aproximaciones exclusivamente etimológicas, es decir, cuando sólo se buscan parecidos de palabras de una inscripción indescifrada con las de lenguas conocidas y se ignora el contexto. Uno de los principios fundamentales que sirve para dejar en la criba intentos inválidos de desciframiento, aunque hay otros, es el uso de la etimología sin tener en cuenta el contexto. Me centro en este porque, por desgracia, es frecuente encontrar propuestas de desciframiento que, aunque avanzadas con las mejores intenciones, olvidan este principio y sólo contribuyen a generar mayor confusión.

En términos de método, son problemáticas las aproximaciones exclusivamente etimológicas, es decir, cuando sólo se buscan parecidos de palabras de una inscripción indescifrada con las de lenguas conocidas y se ignora el contexto.

Pongamos que tratamos una escritura de la que logramos leer los signos pero no comprendemos la lengua subyacente y en una inscripción dada leemos la palabra ba-ku. Entre otras posibilidades, la podríamos comparar con el nombre del dios Baco y pretender que fuese de base griega o latina; con la capital de Azerbaiyán y reivindicar que la lengua fuese el azerí; o incluso decir que es una forma parecida a las palabras castellanas vaca y vacuno. Los «falsos amigos» serían numerosos y cuanto menos signos o letras existan en una palabra, mayor es la probabilidad estadística de que ocurran parecidos en gran cantidad de lenguas del mundo. Además, el hecho de identificar en una inscripción nombres de personas, lugares o dioses no nos autoriza a extender su filiación lingüística a la lengua: podemos leer en el titular de un periódico el nombre de Audrey Hepburn y eso no significará que el texto está escrito en inglés en vez de castellano. La clave es el contexto. Es lo que nos restringe el abanico de posibilidades y puede hasta servir de prueba, según qué caso. Utilizando el mismo ejemplo de antes, tenemos que preguntarnos, ¿hay algo en la inscripción donde leemos ba-ku que sugiera que se trate de un dios? Por ejemplo, ¿está hecha sobre un ara o estatua con elementos iconográficos que podamos relacionar con el dios del vino? ¿La tenemos atestiguada en un mapa del Cáucaso? ¿O aparece en un epígrafe que podamos relacionar con bóvidos, ya sea un altar de sacrificio o un mosaico con iconografía de temática agropecuaria? Pistas como estas nos reforzarían una u otra interpretación: «Baco», «Baku» o «vaca». En cambio, hay que sospechar cuando el contexto no apoya una idea, por ejemplo, si nos proponen interpretar como una oración a una divinidad cualquiera el texto de una lámina de plomo con numerales, que tiene todas las de ser un documento de contabilidad.

Autor

Mario Agudo Villanueva