Si la muerte es un hecho totalmente desconocido y enigmático para el ser humano, la muerte en la sociedad ibera es aún más recóndita si cabe. Proponemos un viaje al más allá desde una cultura, que aunque poco a poco vamos conociendo más de ella, sigue generando muchas preguntas sin resolver. Aun así, es el elemento más fiable con el que cuenta la sociedad actual para conocer el pasado de una cultura tan denostada con anterioridad.

La arqueología de la muerte ha aportado luz a periodos históricos donde la ausencia de otras herramientas impiden su definición, por lo que es determinante para conocer de buena tinta aspectos cotidianos a través del estudio de las necrópolis. Y este hecho es así por la idiosincrasia de la sociedad que estudiamos, en nuestro caso, los iberos. Tanto el hombre como la mujer ibera, tenían muy claro que su vida en este mundo era una etapa más en nuestro devenir para alcanzar la eternidad. La muerte, por tanto, es un punto y seguido, no un punto final.

Tanto el hombre como la mujer ibera, tenían muy claro que su vida en este mundo era una etapa más en nuestro devenir para alcanzar la eternidad.

Por ello, a la hora de enterrarse deben hacerlo concienzudamente, siguiendo un ceremonial funerario determinado y tradicional, para caminar por el más allá como corresponde. Llevándose consigo mismo, todo un ajuar que les identifique en el inframundo y que les ayude a salvaguardar el estatus que habían adquirido en vida.

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Torso de guerrero ibérico. La Alcudia. Museo Monográfico de la Fundación de La Alcudia. Foto: Mario Agudo

La personalidad funeraria del valle del Guadiana Menor (afluente del río Guadalquivir que recorre las provincias de Granada y Jaén) en época ibérica reside principalmente en el empleo de cámaras para los enterramientos colectivos, siendo este uno de los rasgos característicos de la zona. Se entiende por cámara toda aquella tumba cuyo acceso debe hacerse desde un plano horizontal y, por consiguiente, atravesando una puerta. No obstante, la presencia de fosas complejas, que tienen un acceso vertical, presenta un ámbito territorial y social complejo. Dichas tipologías de enterramiento funerario, a pesar de sus diferencias estructurales, se asientan sobre aspectos ideológicos iguales representados en la disposición final de los enterramientos y ajuares en ellas depositados.

El valle de la muerte, un producto turístico promocionado desde la Diputación de Jaén y el Instituto Universitario de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén, tiene su fundamento en la presencia de estas cámaras funerarias, que tanto por monumentalidad, como por investigaciones realizadas o por sus aportaciones al conocimiento de la protohistoria española, se hace innegable su grado de importancia en la historia ibera. Un espacio geográfico marcado por la unión de dos áreas distintas como son el Alto Guadalquivir con las Altiplanicies Granadinas y la costa mediterránea a través del valle del Guadiana Menor, definido por grandes superficies llanas y angostos pasillos entre montañas. Y, a nivel histórico, marcado por la presencia de grandes ciudades iberas como Tutugi (Galera), Basti (Baza) y Tugia (Peal de Becerro), cuyas necrópolis han sido ampliamente investigadas.

Este viaje hacia la eternidad podemos empezarlo en el Hipogeo de Hornos y Cámara de Toya pertenecientes al territorio de Tugia (Peal de Becerro, Jaén) donde estas dos tumbas nos ofrecen una visión de la evolución que sufre la sociedad ibera debido a su propio desarrollo y a las influencias que recibe de los pueblos del mar (fenicios y griegos). Castellones de Ceal (Hinojares, Jaén), un oppidum y necrópolis de la etapa plena íbera, posiblemente creado por habitantes de Tugia en el siglo IV a.C.

El Hipogeo del Cerrillo de la Compañía de Hornos (Peal de Becerro) se trata de un túmulo levantado sobre un tambor, en cuya base se abre la cámara, todo el conjunto excavado en la roca. El Cerrillo de la Compañía es una pequeña colina situada en el corazón del valle del río Toya, muy cerca, apenas 400 m, de la aldea de Hornos de Peal. Se enmarca en un paisaje de transición entre la Campiña Alta y la Sierra de Cazorla.

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Reproducción del hipogeo de Hornos. Foto: Centro de Interpretación de las Tumbas Principescas de Toya y Hornos

La primera actividad edilicia de los iberos en el lugar fue el trabajo de modelado del cerro creando una plataforma ovalada de 33 x 22,5 m. Sobre este óvalo, centrado respecto al eje principal pero excéntrico respecto al ancho de la plataforma, se dejó en la piedra caliza del substrato geológico, una estructura cilíndrica con la clásica forma de tambor de los túmulos, de 17 m de diámetro en su base con una altura en el centro de 2,90 m respecto a la plataforma oval inferior (MOLINOS y RUIZ, 2007). El monumento fue visible desde cualquier punto del Valle del Río Toya lo que es un aspecto además fundamental para comprender su ubicación y caracterización: todos los elementos estructurales y materiales lo definen como un sitio destinado a ser una referencia en el valle. Evidencias físicas y análisis químicos demuestran que la parte superior del tambor estuvo cubierta por una capa de enlucido que en ocasiones conserva un tono fuertemente rojizo como consecuencia de la utilización en composición de una mezcla de óxidos de hierro (SÁNCHEZ VIZCAINO y PARRAS, 2007).

El Hipogeo del Cerrillo de la Compañía de Hornos (Peal de Becerro) se trata de un túmulo levantado sobre un tambor, en cuya base se abre la cámara, todo el conjunto excavado en la roca.

En el centro de la parte superior del túmulo se construyeron dos plataformas concéntricas de 5 x 4 metros la inferior, que presentan una orientación E–W en su eje mayor. Las plataformas tienen una altura bastante desigual pero en ningún caso sobrepasan los 30 centímetros entre los dos niveles. Se trata en realidad de un altar con función de ustrinum, una pira funeraria en la que se utilizó como combustible madera de pino y encina, y lentisco para el encendido (RODRÍGUEZ ARIZA, 2007) La entrada a la cámara está marcada por un dintel de piedra y revestida en sus lados oeste y sur por dos ortostatos, de tal modo que el acceso se haría por el norte. Todo el interior fue revocado (suelo, paredes y seguramente el techo abovedado) y encalado.

La sepultura tenía un ajuar muy sencillo que acompañaba a las dos urnas: un enorme recipiente con cuatro asas y algunos platos, además de una lanza. No podemos descartar que la ausencia de un rico ajuar, aparentemente contradictoria con la enorme inversión de trabajo que significó la construcción del sepulcro, pudiera ser producto de un expolio de época antigua, aunque no hay que descartar que aquel no existiera, lo que no implica que el Alto Guadalquivir no alcanzara en los ajuares la riqueza de otras partes del valle (MOLINOS y RUIZ, 2010).

El sepulcro de Hornos viene a ser un marcador real y conciso del desarrollo de la sociedad ibera, sobre todo, en sus inicios.

En Hornos de Peal hay además otros datos de interés que ayudan a conocer el ideario sobre la muerte y sobre la sociedad ibera. El enterramiento de una pareja hombre–mujer en la cámara no deja lugar a dudas del papel que está cobrando el linaje en el seno de la nueva sociedad y el interés en hacer visible esta estructura de parentesco a través de la propia pareja (RUIZ y MOLINOS, 2007). Pero siendo simultáneo el proceso de incineración y enterramiento de la pareja, llama la atención la elección de las urnas que debían recibir a los dos individuos, una cuidada selección que pudo entroncar en el imaginario ibérico de que la legitimidad en el tiempo se hacía gracias al control por parte de la mujer de un claro símbolo de poder (MOLINOS et alii, 2007). En Hornos la urna nº 98, que corresponde al individuo masculino se trata de un vaso tronco-piramidal decorado con una serie de bandas horizontales en color rojo, de una tipología que ha sido definida por Pereira para la mitad del siglo VI a.n.e. (PEREIRA, 1987). En la urna nº 99 se depositaron los restos de una mujer, se trata de un vaso ovoide y algo más antiguo que éste último. Estaba decorado con motivos de puntillados y bandas en color negro y rojo. Sin embargo, para su uso como urna había sido cubierta con un enlucido de yeso y repintada de nuevo, con una única tonalidad en rojo cuyos motivos no son reconocibles. Pensamos que la identificación de la mujer con una urna antigua, un objeto que debió haber sido conservado durante muchos años en el seno del grupo familiar a un símbolo de la mujer como portadora de la legitimidad del linaje representada en un viejo recipiente de barro (MOLINOS y RUIZ, 2007; RUIZ y MOLINOS, 2007; MOLINOS y RUIZ, 2010).

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Portada de la monografía sobre el hipogeo

En esta misma línea no podemos pasar por alto otro dato que podría ser relevante y que se desprende de la misma información arqueológica proporcionada por la cámara. Hemos hablado de la unicidad del ritual de incineración de ambos individuos, pero además se da el caso de que la caracterización del material óseo indica que el hombre tenía importantes problemas de salud (anemia nutricional, traumatismos ante mortem que había supuesto la pérdida de dos piezas dentarias ya remodeladas en el momento del fallecimiento lo que sugiere que la pérdida se produjo al menos dos años antes del fallecimiento,…), mientras que la mujer no presentaba aparentemente problemas similares o de cualquier otro tipo (TRANCHO y ROBLEDO, 2007). La pregunta que se deriva de este análisis es qué ocurrió para que una mujer en un buen estado de salud muriese al mismo tiempo que un hombre con problemas serios de salud. Preguntas que pueden tener multitud de respuestas, y todas ellas, conformar visiones diferentes de la perspectiva histórico y en el fin último, de la funcionalidad de éstos espacios funerarios. A todo ello, hay que sumarle la ausencia de paralelismo en otros espacios funerarios donde se produce la doble asociación de enterrados, que obliga a especular más que a establecer hipótesis fiables. En las sociedades aristocráticas de tipo heroico en el Mediterráneo los casos de sacrificios de la esposa junto al hombre muerto no están documentados. Sin embargo, el espacio funerario de Hornos se corresponde con un momento de transición (VI a.n.e.), de profunda contradicción entre el mundo de los vivos y el mundo funerario y, en estas condiciones, la propia afirmación de los emergentes linajes aristocráticos pudo haber definido un tipo de ritual en el que la muerte de la esposa fuera una suerte de afirmación de aquellos o incluso elemento de su propia definición y origen (MOLINOS y RUIZ, 2010). No podemos obviar otras hipótesis como una muerte natural o accidental de los individuos (muy casual y poco probable, pero posible) o una suerte de “golpe de estado” de otra familia emergente dentro de la misma sociedad, que quiere acceder al poder pleno, y necesita eliminar al poder de facto (encarnado en la figura masculina) y el poder de iure (teniendo a la mujer como garante del linaje aristocrático) con dicho fin.

El sepulcro de Hornos viene a ser un marcador real y conciso del desarrollo de la sociedad ibera, sobre todo, en sus inicios. Un espacio que define la contradicción de esta sociedad en sus primeros momentos: una soledad en la tumba respecto al resto, mientras que en el “mundo de los vivos” ocurre justo lo contrario, se observa un proceso de agrupación en los oppida de todos los asentamientos que existen y que tendrá su culmen en los siglos V y IV a.n.e. Sin embargo, esa soledad viene a significar un elemento en el paisaje que describe dos aspectos importantes para el desarrollo de los iberos: por un lado intenta agrupar a la sociedad en torno a su tumba, creando una identidad propia; por otro lado, genera una especie de marcador territorial para los que vienen de fuera, que les ayude a entender en el territorio de quién están entrando.

Por tanto, este Hipogeo de Hornos ayuda a empezar a entender el devenir de esta sociedad protohistórica, que podemos ver cómo culmina en los siglos IV a.n.e., representado en el Valle de la Muerte con la Cámara Sepulcral de Toya (Peal de Becerro, Jaén).

Bibliografía
MOLINOS, M. y RUIZ, A. (2007). El Hipogeo ibérico del Cerrillo de la Compañía de Hornos (Peal de Becerrol, Jaén). Universidad de Jaén.
MOLINOS, M y RUIZ, A. (2010): Del Hipogeo de Hornos a la Cámara de Toya”. En RODERO, A. y BARRIL, M. (Eds.) Viejos yacimientos, nuevas aportaciones. Ministerio de Cultura y Museo Arqueológico Nacional.
RODRIGUEZ ARIZA, O. (2007): “Análisis antracológico”. En El Hipogeo ibérico del Cerrillo de la Compañía de Hornos (Peal de Becerrol, Jaén). Universidad de Jaén.
RUIZ RODRIGUEZ, A. y MOLINOS, M. (2007): Iberos en Jaén. Universidad de Jaén.
TRANCHO, G. y ROBLEDO, B. (2007): “Paleodieta y caracterización antropológica”. En El Hipogeo ibérico del Cerrillo de la Compañía de Hornos (Peal de Becerrol, Jaén). Universidad de Jaén.

Autor

Manu Torres, arqueólogo y gerente del Centro de Interpretación de las Tumbas Principescas de Toya y Hornos.