La huella de la dominación romana en nuestro país está todavía muy presente. Más allá de que buena parte de las lenguas que hablamos sean de origen latino, elementos como la red viaria o las ciudades más importantes de todo el territorio tienen su origen en esta época. Oriol Olesti, profesor de la Universitat Autónoma de Barcelona, especialista en paisaje y territorio, ha publicado “Paisajes de la Hispania romana“, con la editorial Dstoria. Nos hemos querido acercar a él para conocer un poco más su trabajo sobre este determinante período de la historia.
Pregunta – La Península Ibérica tuvo una gran importancia minera ¿fueron estas explotaciones las causantes de que Roma pusiera sus ojos en esta tierra?
Respuesta – Sin duda fue un elemento importante en la decisión romana de permanecer en la Península tras la derrota de las fuerzas púnicas, al finalizar la guerra contra Aníbal. El desembarco de tropas romanas en la Península en el 218 a.C. se debió a su estrategia de llevar la guerra fuera del teatro de operaciones italiano, pero también a la constatación de los ingentes recursos –tanto en tropas como en recursos minerales- que los Bárquidas habían obtenido en esta región. Cuando terminó la guerra, sabemos que los romanos rápidamente desarrollaron mecanismos para explotar y controlar tributariamente las explotaciones mineras peninsulares, no sólo en las áreas de Cartagena o Sierra Morena -las mejor conocidas- sino incluso en zonas menos favorables, como el propio Nordeste peninsular.
Galería del circo romano de Tarragona. Foto: http://media.rutasdelpatrimonio.es
Pregunta – Habitualmente se piensa que Roma barrió el sustrato indígena, pero su estudio propone una adaptación del ritmo y naturaleza de conquista a las comunidades indígenas con las que se encontraban ¿cómo gestionaban los romanos estas diferencias operativas?
Respuesta – Existieron casos de eliminación y genocidio de algunas comunidades indígenas, tanto en la Península Ibérica como en otros territorios del Imperio, pero esta fue una estrategia limitada a algunos episodios específicos, necesarios para mostrar la cara más agresiva del imperialismo romano. En general, y siempre en función del proceso de conquista (y la oposición más o menos agresiva de las comunidades sometidas), Roma optó por rendiciones pactadas, que permitían a los pueblos indígenas –y en especial a sus élites- mantener una parte importante de sus recursos, siempre dependiente de las necesidades romanas. Los mecanismos de control fueron muy diversos, desde la esclavización –en el extremo más agresivo-, hasta la deportación territorial –con el traslado de pueblos enteros a zonas previamente establecidas, a veces a centenares de kilómetros de su solar original-, pero en general los pactos de rendición implicaban vinculaciones tributarias, la aportación de tropas auxiliares al ejército romano, y en algunos casos confiscaciones territoriales. La clave del sistema, sin embargo, fue la posibilidad de modificar estas condiciones, y con el tiempo –y la colaboración de las élites locales- mejorar la situación jurídica y tributaria original. El paso de numerosas ciudades indígenas, peregrinas, a municipios romanos, fue la clave de este mecanismo de integración.
Calle de Itálica. Foto: Mario Agudo Villanueva
Pregunta – ¿Cuál era el panorama general de la península que se encuentran los romanos tras desembarcar en Ampurias en el 218 a.C.?
Respuesta – La Península Ibérica nunca fue una unidad ni cultural ni política en la antigüedad, de manera que Roma halló en la Península pueblos de muy diversa filiación, desde las ciudades estado mediterráneas de filiación griega o fenicia, a pueblos mediterráneos organizados con instituciones urbanas equiparables, pasando por pueblos de tradición más continental o atlántica, vertebrados a partir de modelos proto-urbanos donde el vínculo gentilicio seguía siendo fundamental. Es por ello que muchos historiadores consideran a la Península Ibérica como el verdadero laboratorio donde Roma desarrolló sus mecanismos de control provincial, puesto que fue aquí donde se encontró con una diversidad cultural, económica y política que puso a prueba sus incipientes mecanismos provinciales.
Teatro de Mérida. Foto: Mario Agudo Villanueva
Pregunta – Usted ha estudiado la creación de ciudades como Emerita Augusta (Mérida) ¿cuáles eran los tipos de población más habituales en la Hispania Romana?
Respuesta – Las colonias, como Mérida, fueron la excepción en el panorama poblacional hispano. Hasta época de César y Augusto fueron escasísimas, pero a partir de entonces empezaron a ser más numerosas, aunque siempre minoritarias. La mayor parte de territorios se organizaron como ciudades estipendiarias, es decir, sometidas a tributo por Roma y conservando sus instituciones políticas locales, aunque a medida que avanzó el s. I d.C. muchas de ellas se convirtieron en municipios, adoptando las formas de gobierno local propias de Roma. En muchos territorios, sin embargo, estas ciudades deben entenderse bajo el prisma del mundo antiguo, es decir, como un núcleo político que administra un territorio dependiente, que a veces no tuvo una verdadera plasmación urbanística. Algunos municipios romanos no fueron más que un pequeño centro monumental y administrativo, donde la mayor parte de la población vivió en el campo. Para los romanos, eso también era una ciudad.
Puente de Alcántara. Foto: http://www.turismoextremadura.com
Pregunta – ¿Cómo era la administración de un territorio como Hispania en época Imperial?
Respuesta – El estado romano en época imperial se limitaba a gestionar un mosaico de ciudades autónomas, municipos y colonias fundamentalmente, que eran la verdadera célula básica del modelo territorial. Hispania estaba dividida en 3 provincias y diversas sub-provincias –los conventus-, constituidas cada una de ellas por decenas de ciudades, que tenían al frente un pequeño séquito administrativo presidido por el gobernador. Sus tareas eran la impartición de justicia –por encima del nivel local- y la gestión de los recursos imperiales (minas, impuestos, ejército….). La clave del sistema era la escasa burocracia, puesto que eran las instituciones de cada ciudad –controladas por las élites locales- la célula más operativa. En épocas de paz social y relativa prosperidad económica, el sistema funcionó correctamente. Cuando este equilibrio se rompió, y las necesidades del estado imperial se incrementaron, el sistema alto imperial de las ciudades entró en crisis.
Vista aérea de Segóbriga. Foto: UCM
Pregunta – ¿Queda algún vestigio de la organización territorial de la Hispania romana en la España actual?
Respuesta – Conservamos muchos elementos del periodo romano, algunos de ellos poco conocidos. Más allá del sistema viario, que como sabemos sigue manteniendo aún los ejes principales de vertebración territorial (eso sí, afectados por la política centralizadora en torno a Madrid de los s. XVIII y XX, inexistente en época romana), un elemento clave en la vertebración provincial romana fue la distinción entre una Hispania Mediterránea, vertebrada en la provincia Tarraconense, y una Hispania Atlántica, vertebrada en las provincias Lusitania y Bética. Ha sido destacado como la mayor parte de cuencas fluviales que desembocan en el Mediterráneo, desde el Ebro a los ríos de la costa levantina, quedaron englobadas en la Tarraconense, mientras que las cuencas que desembocan en el Atlántico, lo fueron en las otras dos provincias. Esta distinción siguió siendo muy importante en la configuración de los estados medievales hispanos, y probablemente lo sigue siendo en nuestros días.
En cualquier caso, el ejemplo más claro de pervivencia de las estructuras territoriales romanas sigue siendo la red de ciudades, que pese a los lógicos cambios tras 2000 años de historia, sigue siendo aún muy parecida. Son escasas las capitales de provincia que no tuvieron un papel relevante en época romana.
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Autor
Mario Agudo Villanueva