Las mujeres del azafrán

El siglo XIX se despidió con una audaz y pionera aventura arqueológica. Heinrich Schliemann, hombre de fortuna, cuyo tesón le permitió convertirse en uno de los personajes más ricos de Europa pese a nacer en la miseria, materializó en la remota colina turca de Hissarlik su deseo de poner un sitio en el mapa a la Troya homérica. La convicción de que tras la Ilíada y la Odisea había un trasfondo histórico le llevó, además, a realizar fabulosos descubrimientos en Micenas, Tirinto u Orcómeno entre 1870 y 1884 (1). Al calor del espíritu romántico de la época, la insaciable -y poco ortodoxa- peripecia de Schliemann alumbró el camino de muchos otros que trataron de desenterrar los escenarios de la épica arcaica. Uno de los principales continuadores de su labor fue Arthur John Evans, arqueólogo británico que encontró su particular dorado en Creta.

“Creta es una tierra que queda en medio del vinoso ponto, hermosa y fértil, bañada por el mar. Hay en ella muchas gentes, incontables y noventa ciudades. La lengua de unos y otros se halla mezclada. Hay allí aqueos, eteocretenses de gran ánimo, cidones, dorios de tres tribus, y divinos pelasgos. En ella está Cnosos, gran ciudad, donde reinó nueve años Minos, confidente de Zeus, padre de mi padre, el magnánimo Deucalión”

Odisea, XIX, 173-181.

Así describe Odiseo la isla de Creta a su esposa Penélope poco antes del feliz desenlace de su largo y tormentoso regreso de Troya. La tierra de Minos. Todo en aquel fértil territorio rodeado del intenso azul del Mediterráneo evocaba la figura del mítico rey. No es de extrañar, por tanto, que cuando Evans excavó las ruinas de Cnosos las identificara, sin ninguna duda, con el célebre palacio de este personaje. El título de la publicación de sus trabajos es claro: The Palace of Minos at Knossos. A comparative account of the succesive stages of the early cretan civilization as illustrated by the discoveries. Una detallada y extensa memoria de la excavación, que vio la luz en 1921, en la que Evans bautiza a esta cultura como minoica y fija tres períodos que todavía hoy, ampliados en subperiodos, sirven para datar los hallazgos arqueológicos: Minoico Antiguo, Minoico Medio y Minoico Reciente.

En busca de Minos

Se ha criticado a Evans por su derroche imaginativo en la restauración del yacimiento, en especial por la recreación de los frescos, cuya labor se encargó al artista suizo Monsieur E. Gilliéron. En efecto, en la actualidad sabemos que imágenes tan evocadoras como la del príncipe de los lirios está compuesta, en realidad, de diferentes fragmentos que poco tenían que ver entre sí (Preziosi y Hitchcock 1999: 98). Obras como la imagen de La Parisienne le valieron duras críticas por el hecho de haber trasladado a la vieja civilización minoica elementos afines a los de su época, aventurando así interpretaciones demasiado atrevidas (Herbert 2000: 22). En su descargo hay que decir, sin embargo, que Evans fue un arqueólogo de su tiempo, donde la corriente historicista trataba de transmitir un aire evocador a las ruinas (Gracia Alonso 2015: 12). Él mismo explica en el prefacio de su obra la dificultad de reconstruir aquellas imágenes y da cuenta del papel que desempeñaron en el proyecto perfiles técnicos como el del arquitecto Theodore Fyfe o el químico Noel Heaton, con quienes trató de formar un pionero equipo interdisciplinar (Evans 1921: vi).

Recreación del príncipe de los lirios. El barroco tocado contiene fragmentos de otros frescos diferentes. Fuente: Wikimedia Commons.

El tiempo acabaría dando parcialmente la razón al arqueólogo británico -no así en su bucólica imagen de la Creta pacífica, aunque no es este el propósito de este artículo-. Su visión de un mundo minoico colorista, inspirado en la naturaleza y próspero se vería refrendada por un hallazgo sorprendente. En 1967 el arqueólogo griego Spyridon Marinatos excavó el sitio de Akrotiri, al suroeste de la isla de Santorini. Bajo la ceniza volcánica que ocultó parcialmente la antigua Thera se encontró, casi intacta, una ciudad cuya traza, objetos y decoración pictórica evocaba de nuevo la cultura minoica. Algunas viviendas, como la bautizada como “Casa del Oeste”, alcanzaban los dos pisos. Tal era el estado de conservación de los restos. En el interior de muchas estancias se mantenían, casi intactos, frescos de vivos colores y variadas escenas, como la de la flotilla, los jóvenes pescadores o el mural de los monos azules. Pero entre los innumerables hallazgos que depararon las campañas en Akrotiri vamos a detenernos en uno: Xeste 3.

Plano del yacimiento de Akrotiri con la ubicación de Xeste 3 en el extremo inferior de la ciudad. Fuente: Maximilian Dörrbecker, Wikimedia Commons

La casa de las recolectoras de azafrán

Xeste 3 es el nombre que se le ha dado a uno de los edificios más interesantes del yacimiento. Su eje central es una habitación, inventariada como número 3, que presenta un complejo sistema de compartimentación y, lo que resulta más llamativo, una cámara dispuesta en un nivel inferior a modo de adyton -espacio reservado para el culto-. A esta estancia se accede por una escalera en forma de L que se abre en el suelo de la esquina noreste de la sala.

El muro que preside esa suerte de capilla representa a tres jóvenes mujeres, que los arqueólogos bautizaron como “Las adorantes”. El rasgo predominante en todas ellas es la presencia del azafrán, que aparece como principal motivo decorativo de las prendas de las muchachas y como elemento principal de sus guirnaldas. La que irrumpe por la izquierda, con un pecho descubierto a la usanza cretense, porta una especie de collar a modo de ofrenda. La del centro se presenta sentada sobre una roca mientras parece prestar atención a su pie herido. La de la derecha, la más enigmática, está parcialmente cubierta por un velo amarillo con motas rojas.

Más alejada de esta escena, pero ciertamente relacionada con ella, aparece un altar del que mana sangre. El paisaje, huelga apuntarlo, luce fabulosas flores de azafrán. A la izquierda del mural de las muchachas se representa a unos jóvenes desnudos que portan unas vasijas en dirección a la escena principal del adyton. En la planta superior se han pintado unas muchachas vestidas con coloridas prendas, brazaletes y pendientes que aparecen recogiendo azafrán en un paisaje pedregoso para portar cestas cargadas de la preciada flor a una mujer adulta que aguarda sentada en un gran trono, frente a un mono azul y protegida por un grifo.

Fuente: elaboración propia a partir de sendas recreaciones de la estancia. La de la izquierda muestra una vista hacia el norte (Preziosi y Hitchcock 1991: 126. Fig. 80), la de la derecha muestra una vista hacia el noreste (Immerwahr 1990: 60. Fig. 20).

Paralelos iconográficos

Hasta aquí la descripción visual del conjunto pictórico hallado en Xeste 3. Pero ¿qué significado tenían aquellas imágenes? ¿representan una escena de culto o simplemente reflejan un acto cotidiano? A falta de datos textuales -la escritura minoica no se ha descifrado todavía-, debemos movernos por indicios en un ejercicio que no deja de implicar un riesgo especulativo.

Una primera pregunta puede aportar algo de luz ¿existen otras representaciones de azafrán en el arte minoico? ¿en qué contextos arqueológicos se han hallado? En efecto, el azafrán era tan común en el Egeo que hasta un signo logográfico representa a esta flor en la escritura lineal B, aunque la existencia de este signo en la lineal A es todavía objeto de controversia (2). Si consideramos que la escritura surge, fundamentalmente, como medio de control de la producción y de las existencias en los almacenes, podríamos sugerir una importante relevancia económica de esta flor.

Signos logográficos que parecen representar una flor de azafrán (Dewan 2015: 45. Fig. 4)

La presencia del azafrán en el arte minoico se remonta a tiempos remotos, pues aparece como motivo habitual de decoración en la cerámica de Kamarés. En el mismo yacimiento de Akrotiri, en una de las jambas de la “Casa del Oeste” se representó a una joven sacerdotisa, ricamente ataviada, que porta una ofrenda de estigmas de esta misma flor. En Cnosos fueron encontrados numerosos apliques de fayenza de formas variadas, una buena parte de los cuáles pueden visitarse en el Museo de Heraklion. En uno de estos objetos votivos, hallado en el llamado “Tesoro del santuario”, puede verse un vestido prácticamente idéntico al que luce una de las recolectoras de Xeste 3, con la misma decoración de azafrán.

El azafrán en el mundo antiguo

Otro recurso que podemos aprovechar para intentar descifrar el sentido de la imagen y, por extensión, el de la curiosa habitación, es el de las referencias al azafrán en fuentes antiguas. De esta manera podremos saber para qué se utilizaba este producto y qué grado de relevancia económica y social pudo llegar a alcanzar.

Una primera pista nos la ofrece Homero: “La Aurora, de peplo de azafrán, se extendía ya sobre la faz de la tierra”, recita el vate en el comienzo del libro VIII del poema. En efecto, el azafrán era utilizado como tinte para colorear de amarillo prendas que, sobre todo, utilizaban las mujeres. Era preciado, precisamente, el que procedía de Thera (Plinio, NH, XXI, 17, 31-32). Otra referencia, esta de un fragmento atribuido a Hesíodo, resulta más enigmática:

Zeus vio que Europa, la hija de Fénix, recogía flores en un prado acompañada de ninfas y se enamoró; bajó del Olimpo, se transformó en toro y, a modo de aliento, echó de su boca una flor de azafrán”

Fragmentos, 140

El azafrán aparece en sendos testimonios como atributo de los dioses, lo que puede denotar una categoría superior a otras materias primas. ¿A qué se debe su valía? Posiblemente a sus muchas propiedades. Era un bien preciado, como se deduce del testimoino de Aristófanes en Las Nubes (51). Aparte de embellecer las preciadas prendas de Thera, los estigmas de la flor tenían aplicaciones culinarias, como condimento y colorante alimenticio; cosméticas, como perfume y maquillaje e, incluso, medicinales. En una recopilación de usos tradicionales del azafrán se señala que podía utilizarse para tratar el sistema circulatorio, calmar el dolor, como diurético, para favorecer el sueño, como descongestionante pulmonar o para tratar problemas de la piel. Una amplia gama de ventajas entre las que destacan, sobre todo, su uso como abortivo y, también, como reconstituyente tras el parto (Tardío, Pardo, Morales, Molina y Aceituno 2018: 124-125). Estos usos coinciden con las aplicaciones del azafrán en la antigua Grecia y, concretamente, en Thera (Dewan, 2015: 45-46).

Posibles interpretaciones

Lo primero que debemos señalar es el extraordinario tamaño de la mujer que parece objeto de las ofrendas de los estigmas de azafrán recolectados por las hacendosas jóvenes. Pese a estar sentada en un trono, es sustancialmente más alta que el resto, lo cual es un indicador indudable de condición superior, quizás divina. Esta conclusión estaría avalada por la presencia del grifo, ser fantástico, y del mono azul, que parece actuar como intermediario. De ser así, encajaría con un posible uso ritual de la estancia, pero es necesario ahondar en el sentido del resto de personajes que forman parte de la escena para poder aventurar una lectura más profunda.

Imagen de la mujer sentada sobre el trono, escoltada por un grifo y agasajada por un mono azul. Foto: Wikimedia Commons

En las imágenes representadas en Xeste 3 hay mujeres de todas las edades. Desde niñas, condición que parece insinuar la cabellera rapada de las recolectoras -representada con color azul, al modo egipcio-, que lucen graciosos mechones, hasta mujeres adultas. Esto hizo sugerir a algunos autores que estaríamos ante un tipo de iniciación femenina en el que el azafrán jugaba un papel destacado (Davies 1986: 399-406). Marinatos sostiene que los ritos se llevaban a cabo en el adyton, espacio privilegiado alumbrado por las pinturas que, metafóricamente, harían referencia a ese trance (Marinatos 1984: 79-84). Debido a las variadas aplicaciones medicinales de la flor, la estancia podría haberse utilizado, incluso, como espacio de sanación (Ferrence y Bendersky 2004: 205-220). Hasta se ha llegado a apuntar, al hilo de la herida sangrante del pie de la muchacha sentada sobre la roca en el fresco de las adorantes, que en aquella estancia se celebraría la primera menstruación de las jóvenes de la ciudad (Preziosi y Hitchcock 1991: 125), una hipótesis que tiene en cuenta también las propiedades calmantes de la planta para el dolor causado por la regla y también sus facultades abortivas.

Cuenco procedente de Festo. Fuente: Wikimedia Commons

Un último apunte a propósito de esta cuestión podría venir de la mano de una curiosa representación hallada en el palacio de Festo, situado al sur de la isla. Allí apareció un pequeño cuenco decorado con una pintura en la que dos mujeres danzan en presencia de un ser híbrido, que parece transformarse en azafrán. Una de las particularidades fundamentales de la religión minoica es la epifanía de la divinidad ante ofrendas, oraciones o la ejecución de bailes sagrados, lo que parece mostrarse en esta imagen. Sus rituales estaban orientados a invitar a los dioses a manifestarse (Dietrich 1997: 83; Burkert 2007: 58). La regeneración era el tema dominante y, en torno a él, se potenciaba todo el poder divino y sus símbolos. En este sentido, la salvaguarda de la prosperidad de la actividad humana era fundamental (Dietrich 1997: 79-80). Podríamos estar, por tanto, ante un culto de alguna divinidad tutelar del cultivo de esta preciada flor, a la que se pediría su protección.

¿Existía, por tanto, una diosa específica del azafrán en Thera? ¿Estamos hablando de la Potnia theron, señora de los animales? ¿Rito de iniciación femenino? ¿iniciación sacerdotal? ¿rito de paso? Muchas son las preguntas que nos siguen suscitando estos sugerentes y coloridos frescos y pocos datos seguros a los que acudir para poder interpretarlos. El estudio de las creencias ancestrales se mueve en el delicado alambre de la especulación. Haciendo un alarde de máximo escepticismo cabría decir que nunca llegaremos a saber lo que esta estancia y su decoración representó para la sociedad de Akrotiri, pero no por ello debemos arrojar la toalla. Solo hay una cosa segura: las mujeres que hoy separan pacientemente los estigmas del azafrán, con las manos impregnadas del tinte amarillo que destilan, repiten en pleno siglo XXI una actividad prácticamente idéntica a la que realizaban sus ancestrales colegas minoicas.

Autor

Mario Agudo Villanueva

Notas

(1) Sobre la trayectoria de Schliemann se puede consultar el prólogo de Schliemann, H. (2012): Ítaca, el Peloponeso, Troya. Investigaciones arqueológicas, escrito por Hugo Francisco Bauzá para Akal.

(2) Sobre el signo del azafrán en la escritura lineal: Day, J. (2011): “Counting Threads. Saffron in Aegean Bronze Age Writing and Society” en Oxford Journal of Archaeology. Vol. 30. 4. Po. 369-391.

Fuentes

Odisea. Homero. Traducción de Carlos García Gual para Alianza Editorial. 2009.

Fragmentos. Hesíodo. Traducción de Aurelio Pérez Jiménez y Alfonso Martínez Díez para Gredos. Madrid, 1978.

Las Nubes. Aristófanes. Traducción de Elsa García Novo para Alianza Editorial. Madrid, 2017.

Natural History. Plinio el Viejo. Traducción de W.H.S. Jones. Loeb Classical Library. 1951. Consulta 15/07/2021: https://www.loebclassics.com/view/pliny_elder-natural_history/1938/pb_LCL392.161.xml

Bibliografía

Burkert, W. (2007): Religión griega arcaica y clásica. Abada Editores.

Davis, E.N. 1986. “Youth and Age in the Thera Frescoes” en American Journal of Aarchaeology, 90. Pp. 399-406.

Day, J. (2011): “Counting Threads. Saffron in Aegean Bronze Age Writing and Society” en Oxford Journal of Archaeology. Vol. 30. 4. Po. 369-391.

Dewan, R. (2015): “Bronze Age Flower Power: The Minoan Use and Social Significance of Saffron and Crocus Flowers” en Chronika. Institute for European and Mediterranean Archaeology . Pp. 42-55.

Dietrich, B.C. (1997): “Religión, culto y sacralidad en la civilización creto-micénica” en Las civilizaciones del Mediterráneo y lo sagrado. Trotta. Pp. 63-86.

Dimipoulou-Rethemiotaki, N. (2005): The Archaeological Museum of Herakleion. Latsis Foundation.

Evans, A. (1921): The Palace of Minos at Knossos. A comparative account of the succesive stages of the early cretan civilization as illustrated by the discoveries. MacMillan and Co.

Ferrence, S.C. y Bendersky, G. (2004): “Therapy with Saffron and the Goddess at Thera” en Perspectives in Biology and Medicine, 47. Pp. 199-226.

Gracia Alonso, F. (2015): “Arthur Evans. El hombre que creyó en la leyenda de Minos” en Creta minoica. Desperta Ferro Arqueología e historia. 17. Pp. 12-16.

Herbert, Z. (2000): El laberinto junto al mar. Acantilado.

Immerwahr, S.A. (1990): Aegean Painting in the Bronze Age. The Pennsylvania State University Press.

Marinatos, N. (1984): Art and Religion in Thera: Reconstructing a Bronze Age Society. D. & I. Mathioulakis.

Negbi, M. and O. Negbi (2002): “Saffron Crocus in Domestication in Bronze Age Crete” en World Islands in Prehistory: International Insular Investigations: V Deia International Conference of Prehistory, edited by W.H. Waldren and J.A. Ensenyat. BAR International Series 1095. Archaeopress. Pp. 267-274

Preziosi, D. y Hitchcock, L. (1999): Aegean Art and Architecture. Oxford History of Art.

Schliemann, H. (2012): Ítaca, el Peloponeso, Troya. Investigaciones arqueológicas. Akal.

Tardío, J., Pardo. M., Morales, R., Molina, M. y Aceituno, L. (2018): Inventario español de los conocimientos tradicionales relativos a la biodiversidad agrícola. Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

Agradecimientos

A Raquel Moreiras, por haberme proporcionado acceso a la fabulosa obra de usos tradicionales del azafrán referenciada en la bibliografía.

Para saber más

Conferencia de Fernando Quesada Sanz: Palacios y poder en las civilizaciones minoica y micénica para la Fundación Juan March.

Conferencia de Carmen Sánchez: Thera o la fuerza de la naturaleza indómita para la Fundación Juan March.

Conferencia Carmen Sánchez: La cerámica de Creta y Micenas para la Fundación Juan March.

Conferencia de Fátima Díez Plaza: Forma, color y oro: del arte minoico al arte micénico para la Fundación Juan March.

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