Entrevista con Javier Jara: “Las fuentes antiguas de las que disponemos para el estudio de los conflictos greco-persas son bastante parciales”

Las Guerras Médicas se han interpretado como la gran gesta del mundo libre. La resistencia de los humildes y esforzados griegos frente a la amenaza del poderoso y autoritario imperio aqueménida. Este discurso, forjado ya en la misma antigüedad clásica por la propaganda ateniense, ha sido asumido de forma acrítica a lo largo de los siglos. Sin embargo, el deber del historiador es, entre otros, someter el testimonio de las fuentes al escrutinio de la reflexión. Javier Jara Herrero (Salamanca, 1986) es historiador por la Universidad de Salamanca y egresado en el Máster Universitario en Estudios Avanzados e Investigación en Historia de la misma Universidad, en la que actualmente se encuentra realizando una tesis doctoral centrada en las relaciones de poder entre los antiguos espartanos y el santuario délfico en Época Clásica. Después de publicar varios artículos de investigación en revistas especializadas en el mundo antiguo, con la influencia oracular como telón de fondo, y de presentar los resultados de su investigación en varios congresos internacionales, ha saltado al mundo editorial con la monografía de alta divulgación Las Guerras Médicas: Grecia frente a la invasión persa (La Esfera de los Libros, 2021).

Reproducción de la representación de la batalla de Maratón en la stoa Poikilé según Carl Robert. Fuente: Wikimedia Commons.

Pregunta – El cine, la literatura y los videojuegos nos muestran con frecuencia un enfrentamiento entre griegos y persas en el que subyace una anacrónica idea de bloques: Oriente contra Occidente, libertad frente a sometimiento. Solemos responsabilizar de ello al presentismo, pero ¿no fueron los primeros instigadores de este discurso los propios atenienses?

Respuesta – En efecto, la idea de los conflictos greco-persas que se proyecta en la actualidad está muy ligada a ese choque de culturas separadas ahora por el Bósforo y puede servir con facilidad a unos intereses políticos muy determinados. Es cierto que fueron los atenienses quienes desarrollaron una concepción del «bárbaro» para definir de manera peyorativa a aquellos pueblos que no compartían las modélicas virtudes helénicas. Por otra parte, no podemos afirmar taxativamente que este término fuera utilizado exclusivamente por el pueblo ático, si bien fue Atenas la polis que capitalizó el progreso artístico griego posterior a las Guerras Médicas, paralelo a la ofensiva que su ejército acometió en Asia Menor y, en este sentido, los autores atenienses del momento no tuvieron problema para acoger el término «bárbaro» con la finalidad de ridiculizar las costumbres persas. No obstante, parece que, en origen, este concepto no respondía a la necesidad de contraponer nociones de Oriente y Occidente; más bien sugiere una superioridad de la cultura helénica frente a todo lo que pudiera proceder de más allá de sus fronteras, ya fuera al este o al oeste. Heródoto hace coincidir la fecha de la victoria de la Liga Helénica sobre la armada persa en Salamina con aquella en la de los tiranos Gelón y Terón vencieron a un ejército cartaginés bajo las órdenes de Amílcar en Sicilia, sin duda para glorificar la preminencia griega sobre lo extranjero. Tucídides va más allá y designa directamente como «bárbaros» a los pueblos indígenas de la Magna Grecia. Nos encontramos, pues, ante un tímido ideal panhelénico con cierta carga de superioridad étnica, quién sabe si germen del eurocentrismo del que la cultura occidental e incluso la historiografía actual adolece en numerosas ocasiones.

Túmulo de los atenienses en Maratón. Fuente: Wikimedia Commons

Pregunta – Utiliza usted un término muy interesante: “medizante” ¿podría explicarnos su significado y qué consecuencias tuvo para estas regiones su posición en el conflicto?

Respuesta – Entendemos por «medismo» la simpatía manifestada por algunos estados griegos hacia las costumbres orientales y, en particular, hacia la política imperial practicada por la dinastía aqueménida. Durante el conflicto se englobó bajo el término «medizante» a aquellos estados que, voluntariamente o no, prestaron su apoyo a la causa persa en la invasión de la Hélade. Muchos de ellos estaban regidos de manera tiránica u oligárquica, modelos políticos que saldrían beneficiados de una hipotética victoria persa. Otros pueblos, como los tebanos o los argivos, decidieron alinearse con el invasor no tanto por solidaridad como por las rencillas propias de la geopolítica griega del momento: Tebas llevaba tiempo enemistada con Atenas, mientras que Argos se había convertido en sempiterna rival de los espartanos. Estas posturas diplomáticas en las Guerras Médicas son muestra de la escasa cohesión de los planteamientos panhelénicos a principios del siglo V a. C. No podemos olvidar regiones como Tesalia, que, en tanto que invadida por el ejército de Jerjes en los primeros compases de la Segunda Guerra Médica, se vio obligada a medizar luego de que la Liga Helénica se viera incapaz de evitar su caída.

Con el tiempo, la condición de medizante se convirtió en una absoluta deshonra y, en muchas ciudades, fue constitutiva de delito. El medismo fue también un arma política arrojadiza al servicio de las intrigas políticas: expulsado el persa, el comandante y regente espartano Pausanias tuvo que exiliarse de Esparta después de que sus enemigos políticos vertieran sobre él acusaciones de tratos con el rey de Persia. Probablemente nunca sepamos si estas imputaciones eran ciertas, pero está claro que los planteamientos políticos preconizados por esta figura chocaban frontalmente con una facción política espartana poco interesada en extender el dominio de su estado más allá de las fronteras del Peloponeso. Pausanias, el vencedor de Platea, la batalla que asestó el golpe de gracia a Jerjes, pudo volver a Esparta, pero el relato de las fuentes sobre su muerte es más que sospechoso. Otro tanto ocurrió con el ateniense Temístocles, condenado al ostracismo por su rival político Cimón y a quien una ya antagonista Esparta extendió la acusación de medismo. En este caso, Temístocles acabó refugiándose en la corte persa, pero, dicen las fuentes, evitó una tercera invasión de Grecia antes de morir.

Mapa de la batalla de Platea. Jean Jacques Barthélemy. “Voyage du jeune Anacharsis en Grèce, vers le milieu du quatrième siècle avant l’ère vulgaire”. – Atlas, Paris, Abel Ledoux fils, 1832. Fuente: Wikimedia Commons

Pregunta – Uno de los aciertos principales de su libro es el de haber dedicado un capítulo a la siempre críptica acción del oráculo de Delfos. Nos habla de una postura incierta al comienzo del conflicto ¿a qué se deben estos titubeos del oráculo?

Respuesta – El santuario délfico representa uno de los ejes de mi tesis doctoral y me ha parecido más que conveniente dedicar unas páginas a su papel en el conflicto. Ha resultado ser una decisión oportuna, pues las Guerras Médicas parecen consagrar la tendencia, iniciada un siglo atrás, por la que el oráculo de Delfos se convirtió paulatinamente en el centro panhelénico más importante de Grecia. Apenas tenemos noticias de su actividad en el transcurso de la Primera Guerra Médica y no parece que la sacerdotisa de Apolo se inmiscuyese en la batalla de Maratón, pero cuando Jerjes emprende la segunda invasión de Grecia, Delfos se convierte en un actor principal, y no por su apoyo al bando helénico, precisamente. Esa “postura incierta” de la que nos hablan las fuentes trata de disfrazar un más que evidente medismo del colegio sacerdotal délfico, según se destila de los oráculos proferidos por la pitia que la historiografía considera verídicos: la sacerdotisa ordenó a Argos mantenerse neutral en el conflicto, recomendó a Creta alejarse de los asuntos de la Grecia continental argumentando afrentas de época homérica y exhortó a Atenas refugiarse tras un «muro de madera». En este último caso, Temístocles supo utilizar astutamente la ambigüedad de las profecías délficas para acometer los preparativos de la batalla de Salamina. En cualquier caso, lo que vemos es una actitud del santuario dedicada, cuando menos, a entorpecer las maniobras de los griegos coaligados, quizá por un soborno persa o por un verdadero interés de las autoridades délficas en materializar la victoria de Jerjes. Cuando la guerra parece decantarse del lado helénico o inmediatamente después de la expulsión del ejército aqueménida, surge un relato que incluye al santuario délfico entre los vencedores. Heródoto ofrece una versión por la que la defensa de Delfos fue encabezada por dos héroes con nombre, Fílaco y Autónoo, a quienes los propios delfios levantaron sendos templos de los que nos habla el geógrafo Pausanias. Diodoro Sículo asegura que el espacio sagrado se libró del saqueo persa gracias a una acción divina materializada en una fuerte tormenta con gran descarga eléctrica. Repentinamente, Delfos pasó de facilitar el avance enemigo a engrosar la lista de entidades abiertamente antipersas. Pero todo esto tiene una explicación, y es que el prestigio del santuario había alcanzado ya su máxima cota. Desde el punto de vista religioso, los griegos no sabían vivir sin el oráculo de Delfos, razón esta por la que decidieron acoger gustosamente al santuario en este relato victorioso. No en vano se acordó dedicar un diezmo de los botines a nutrir las arcas apolíneas, como pone de manifiesto la erección de la famosa Columna de las Serpientes, ahora en las calles de Estambul. Otra prueba fehaciente de la necesidad del amparo délfico radica en la aparición del también célebre oráculo de las Termópilas, por el que Esparta debía sacrificar a su rey para no verse destruida, claramente ahistórico.

Pregunta – Nuestra principal fuente para el estudio del conflicto es parte interesada en él: Heródoto de Halicarnaso ¿qué hay de las fuentes del otro bando? ¿Qué pueden aportarnos y cómo podemos contrarrestar el efecto de tener un testimonio sesgado de la guerra?

Respuesta – Uno de los problemas más importantes que la historiografía debe encarar para el estudio de las Guerras Médicas es la ausencia de fuentes procedentes del bando aqueménida. El imperio persa no había desarrollado el estudio de la historiografía en el siglo V a. C. o, de haberlo hecho, todos los testimonios se han perdido. Sí contamos con algunos documentos epigráficos, como la Inscripción de Behistún, de carácter claramente propagandístico y que nos muestra la ceremonia por la que el rey Darío I accedió al trono, pero, en general, la producción literaria persa relacionada con este periodo es prácticamente inexistente. Tampoco es que Grecia contase con una bien asentada comunidad historiográfica. Cicerón apodó a Heródoto «el padre de la Historia», precisamente, por constituir el cambio entre la exigua logografía existente con anterioridad a la Época Clásica y el inicio de lo que hoy conocemos como estudio de la Historia. Aun así, la obra de Heródoto está fuertemente impregnada de elementos religiosos o místicos, así como de relatos orales locales, que hacen que el nombre de Istoríai («investigaciones») con que el halicarnasio encabezó su compendio pierda cierto valor desde el punto de vista actual. Las fuentes antiguas de las que disponemos para el estudio de los conflictos greco-persas son, por tanto, bastante parciales. Basta con echar un vistazo a los números que Heródoto arroja para cifrar el contingente persa en las Termópilas: más de dos millones y medio de guerreros, impensable para los medios logísticos de la Antigüedad e incluso para los de nuestros días. Por otro lado, siempre que este autor proporciona una cifra para las escuadras marítimas persas, ofrece la misma, 1.207, número procedente de la obra del trágico Esquilo Los persas y que este habría tomado, a su vez, de “catálogo de naves” homérico. Los eruditos helénicos posteriores también plasman sus propios intereses en sus escritos. Un buen ejemplo es Plutarco, quien, como buen beocio, trató de asignar a sus compatriotas un papel más honroso en la conflagración denostando, para ello, el testimonio del halicarnasio. Por ello es fundamental tomar el relato herodoteo y el del resto de autores griegos con extrema cautela y extraer de estos testimonios no unos hechos exactos, sino la impresión que las Guerras Médicas causaron en la sociedad helénica del momento y cómo aceleraron ciertos modelos políticos en el periodo posterior.

Puntas de flecha y de lanza halladas en la supuesta posición de los espartanos al frente de Leónidas en las Termópilas. Fuente: Wikimedia Commons.

Pregunta – Solemos pensar que los griegos derrotaron por completo a los persas, pero Persia siguió interfiriendo en los asuntos de la Hélade y poco después de este conflicto se desencadenó otro que terminó por desangrar el mundo griego: la Guerra del Peloponeso ¿cuáles fueron las consecuencias reales a corto plazo de las Guerras Médicas?

Respuesta – El miedo al imperio persa se convirtió en una de las constantes de la política griega posterior a 479 a. C., como prueban las acusaciones de medismo que se vertieron contra Pausanias y Temístocles y que te acabo de comentar. Tendemos a creer, efectivamente, que las hostilidades entre griegos y persas cesaron tras las batallas de Platea y Mícale, pero Atenas continuó su particular guerra en Asia Menor al mismo tiempo que configuraba la liga de Delos, la alianza que terminó por convertirse en imperio talasocrático. De hecho, las Historias de Heródoto finalizan con la toma de Sestos, un enclave del Quersoneso tracio, por parte de Jantipo, el padre de Pericles. Sin embargo, Esparta, el otro polo de la coalición antipersa que conocemos por Liga Helénica, decidió abandonar la lucha, probablemente por encontrarse el teatro de operaciones demasiado alejado de la zona de confort lacedemonia (recordemos el destino de Pausanias). Curiosamente, este abandono espartano del Egeo oriental permitió la consolidación de Atenas como potencia marítima hegemónica. La escalada de tensiones entre los peloponesios y los áticos no se hizo esperar y la enemistad entre ambos antagonistas marcó los cincuenta años que separan las Guerras Médicas de la Guerra del Peloponeso. Particularmente interesante es la Segunda Guerra Sagrada, librada a mediados del siglo V a. C. entre atenienses y espartanos (con sus respectivos aliados) para hacerse con el control del oráculo de Delfos. Esta contienda integra, para mí, varias de las consecuencias de la expulsión del ejército persa: la doble hegemonía político-militar ejercida en Grecia por Atenas y Esparta y, adicionalmente, la conversión del santuario délfico en la entidad político-religiosa más importante de la Hélade, hasta el punto de que dirigir el colegio sacerdotal de Delfos suponía hacerse con el control de la geopolítica helénica del momento. Simplificando el asunto, casi se podría decir que la intermitente Guerra del Peloponeso hunde sus raíces en la victoria de la Liga Helénica frente a la invasión persa.

Los aqueménidas, por su parte, no habían desaparecido. Su oro resultó crucial para la construcción de una flota peloponesia que confirió la victoria final a los espartanos y a su Liga del Peloponeso sobre Atenas en la batalla de Egospótamos, en 404 a. C. Sería el comienzo de la experiencia que la historiografía moderna más añeja ha venido a denominar «segundo imperio espartano».

Pregunta – Tras las Guerras Médicas, Atenas desarrolló un discurso panhelénico para justificar, de alguna manera, la creación de la célebre Liga de Delos. Los acontecimientos posteriores se volvieron contra las previsiones de la capital de la Hélade, hasta el punto de que algunas décadas más tarde, Filipo II desempolvó aquellos viejos conceptos para justificar su liderazgo y la necesidad de iniciar una campaña en Asia ¿qué le faltó a Atenas, en su opinión, para sacar un mejor rendimiento a su protagonismo durante el conflicto?

Respuesta – Ese discurso panhelénico podía ser la única manera de justificar la formación de una symmachia talasocrática de tal envergadura bajo el liderazgo de una potencia que se presentaba como democrática. Las Guerras Médicas consolidaron un experimento político que acabó con la tiranía de los hijos de Pisístrato y que proporcionó a los ciudadanos atenienses un modo de participar activamente en la vida política de su polis. Paradójicamente, la implantación de un régimen democrático en Atenas supuso al mismo tiempo un coto a la mayoría de ambiciones políticas o territoriales a través de la ley del ostracismo, un instrumento jurídico por el que la asamblea imponía, sin juicio alguno de por medio, un exilio de diez años a aquellos individuos sobre los que recayera la sospecha de intentar instaurar una nueva  tiranía. Curiosamente, no tenemos pruebas de la aplicación de este mecanismo hasta el año 487 a. C., ya en el periodo posterior a la Primera Guerra Médica y a la batalla de Maratón. La fecha no es casual, pues muchos de los ostraquizados cargaban con la losa de un supuesto medismo sobre sus hombros.

Pero la ley del ostracismo se convirtió también en el arma predominante de las intrigas de Atenas, una ciudad en la que se sucedían las rencillas entre clanes o facciones políticas, que habrían encontrado en este sistema una manera ideal de deshacerse de individuos de creciente prestigio político. Como sabemos, este renombre iba en buena medida unido a la destreza militar como stratego, por lo que aquellos comandantes que comenzaban a despuntar en el plano marcial gracias a sus victorias corrían un riesgo exponencialmente mayor a sufrir un repentino exilio. El propio Temístocles, artífice del poderío naval ateniense durante la segunda invasión persa y de la victoria de la naumaquia de Salamina, experimentó en sus carnes este proceso, pero recibe un excelente tratamiento de las fuentes antiguas, sobre todo de Plutarco, que no tiene problema en afirmar que fue la envidia de otros atenienses la que le valió el destierro al brillante navarco. El ejército ateniense, en definitiva, estaba expuesto a permanentes descabezamientos. Es probable que un régimen como el democrático fuera demasiado avanzado para la geopolítica imperante en los inicios de la Época Clásica.

Javier Jara posa con un ejemplar de “Las Guerras Médicas”.

Pregunta – Esparta, por su parte, viviría una época de cierto esplendor, que también acabó por desmoronarse ante el auge de una antigua región “medizante”, Beocia ¿de qué manera influyó en el devenir del estado lacedemonio el marco de relaciones que se generó tras las Guerras Médicas?

Respuesta – Para entender la Esparta de Época Clásica debemos remontarnos al menos medio siglo atrás, a un momento poco determinado de mediados del siglo VI a. C. del que los historiadores sabemos menos de lo que nos gustaría y que está relacionado con lo que se conoce como “revolución espartana” o “revolución de Quilón”. A este Quilón, uno de los Siete Sabios de Grecia según Platón, se le ha atribuido tradicionalmente la reforma institucional por la que Esparta se convirtió en el paradigma de polis austera y conservadora, en aquella imagen que ha sobrevivido hasta nuestros días como muestra del sacrificio militar y de la educación rígida. Esta reconstrucción de esquema espartano tuvo como primera consecuencia la formación, dentro de la misma polis, de dos (o más) facciones políticas claramente enfrentadas: una de ellas, acorde con los principios del Sabio y conforme con reducir la influencia espartana a la península del Peloponeso; la otra, dispuesta a ejercer el dominio de Esparta más allá del istmo de Corinto e incluso a través del Egeo y del Mediterráneo oriental. Este problema acompañaría a Esparta hasta la desaparición de su independencia y, por supuesto, se encontraba latente durante y después de las Guerras Médicas. Parece que, a juzgar por lo ocurrido con el regente Pausanias (quien, como sabemos, era ferviente defensor de extender la presencia lacedemonia en el extranjero), Esparta estaba controlada por la facción quiloniana en los años inmediatamente posteriores a la expulsión del ejército persa.

En lo que respecta a la política exterior, Esparta contaba ya con el liderazgo de su propia alianza, la Liga del Peloponeso, después de un largo proceso de consolidación de su jefatura. En 465 a. C., en mitad de la Pentecontecia, Esparta fue arrasada por un terremoto que derivó en una gran rebelión de la población esclava de la ciudad y que mermó significativamente los efectivos militares de la ciudad. Los insurrectos se refugiaron en una fortaleza en el monte Ítome y los líderes espartanos requirieron la ayuda del ejército ateniense, más versado en poliorcética, para rendir la plaza. Sin embargo, la desconfianza hacia quienes defendían un modelo político contrapuesto al lacedemonio terminó por provocar el despido de los áticos, quienes se tomaron el despacho como una verdadera afrenta (el «insulto de Ítome») que no fue olvidada: Cimón, el político ateniense que encabezó la expedición y que apostaba por una hegemonía dual pacífica entre ambos estados, fue condenado al ostracismo. Para resumir, puede decirse que, durante la Pentecontecia, Esparta estaba ocupada en tres materias: gobernarse a sí misma, gobernar sobre los aliados e intentar controlar el imparable crecimiento de Atenas y su alianza.

Pregunta – Por último, hablando de mitos históricos, que tanto abundan en el contexto de las Guerras Médicas ¿en qué momento surge la leyenda de los trescientos espartanos de Leónidas y cómo marca esta celebrada resistencia el imaginario colectivo que se ha generado entorno a Esparta? 

Respuesta – Aprovecharé la ocasión para hacer un rápido recuento: puesto que se encontraba inmersa en la celebración de las Carneas, en cuyo transcurso ningún varón podía realizar actividades militares, Esparta envió a las Termópilas trescientos ciudadanos escogidos para la ocasión por el diarca por contar con descendencia masculina. No debemos confundirlos con la célebre guardia real de hippêis. En tanto que ciudadanos espartiatas, cada uno de estos hoplitas estaría acompañado por un número de hilotas que, por la fecha del encuentro, no se puede determinar con exactitud, pero que podía ascender hasta siete por guerrero. Otros estados antipersas unieron sus contingentes al ejército de Leónidas en el desfiladero, de manera que, dependiendo de la fuente antigua que consultemos, podemos acotar las fuerzas de la Liga Helénica entre cinco mil u once mil guerreros, aproximadamente.

Cabe destacar también que, con independencia de la opinión de la sociedad espartana al respecto de enviar un ejército a un lugar tan “lejano” como Lócride, es muy probable que Leónidas tuviese la natural intención de vencer el combate. Pero, por las diferencias numéricas o por una deficiente organización táctica, los griegos fueron vencidos y Leónidas se convirtió en el primer rey espartano en morir en combate. La noticia debió de causar un verdadero trauma en una polis que trataba de presentarse al mundo griego como ejemplo de la excelencia militar, más aún si el informe de Heródoto es verídico y Jerjes tuvo a bien decapitar el cadáver del Agíada para clavar su cabeza en una pica. Este habría sido el momento en el que debió de entrar en juego la maquinaria propagandística espartana con el objetivo de convertir la aplastante derrota de los griegos en una suerte de victoria moral, una demostración de la dedicación y el sacrificio de los espartanos en favor de la cultura helénica y de los valores contrarios a lo que tildaban de «despotismo oriental». Según la renovada versión esgrimida por los lacedemonios, Leónidas habría aceptado gustoso la muerte a manos del enemigo, después de un oráculo délfico muy claro que estipulaba que, si el rey no caía, lo haría la propia Esparta. De nuevo, vemos tanto la importancia que el santuario de Delfos había adquirido en el siglo V a. C. como la aquiescencia de su colegio sacerdotal en la elaboración de un relato que le involucra, lo que prueba asimismo las fluidas relaciones que mantenían Esparta y Delfos. Pero lo más importante es la creación de ese mito espartano tan arraigado en el acervo cultural occidental de la actualidad y al que César Fornis le dedica toda una monografía.

Por lo demás, el mito espartano ha empapado algunas corrientes ideológicas de corte “autoritario”, en su mayoría, por ignorancia. En su momento intentó el III Reich acaparar los clichés espartanos de control de la sociedad y educación estricta. En la actualidad, no es difícil encontrar “activistas” de ultraderecha con cascos corintios tatuados en el pecho o usuarios reaccionarios de Twitter con el nick “Μολὼν λαβέ” («Ven y cógelas», aludiendo a una teórica y presumiblemente falsa respuesta de Leónidas al ser interpelado para deponer sus armas). El planteamiento que defienden es simple, pero más propio de un partido de fútbol: “si la cultura occidental procede de la griega clásica y los espartanos se sacrificaron por la actual Europa, vaya mi apoyo para ellos”. Pocos son conscientes de que, en un sistema como el espartano, podían dar con sus huesos en el precipicio del Céadas.

Pregunta – Hace poco leía en redes sociales a un prestigioso periodista que comparaba la Atenas democrática y la Esparta tiránica como símiles de dos partidos políticos a propósito de unas recientes elecciones en territorio patrio, mientras que, por otro lado, se ha utilizado la gesta griega contra la amenaza persa como exponente de la resistencia de los valores occidentales frente al amenazante Oriente… ¿cómo es posible que la política del siglo XXI utilice todavía estos referentes y qué podríamos hacer para evitar semejantes barbaridades históricas?

Respuesta – Me temo que de eso no tienen la culpa ni los espartanos, ni los atenienses, ni los persas. El sistema educativo español es un bote que lleva décadas haciendo aguas y, creo, cada ley educativa es un agujero más en el casco. En este sentido, no me causa demasiada estupefacción el hecho de que un periodista (imagino que adherido a algún tipo muy determinado de línea política) opte por proferir una atrocidad como esa (reconozcamos que la ética de algunos periodistas empaña el buen nombre de la profesión); pero me produce menos extrañeza aún que el público que lo haya escuchado acepte sin problemas semejante argumento. No soy una autoridad en el tema ni voy a sentar cátedra con mi opinión, pero urge establecer una ley educativa, común al conjunto de la sociedad española y que equipare nuestro nivel al de nuestros compañeros europeos. No es normal que los estudiantes de Erasmus se rían de nuestra paupérrima preparación. España, independientemente del color político que la gobierne, debe abandonar la política del «madridbarçismo» y alcanzar un óptimo grado de calidad cultural para que, en lugar de permitir a ese periodista reírse de sus oyentes, sea el conjunto de la sociedad quien se ría de quien pretenda utilizar la Historia (¡incluso la antigua!) en su propio beneficio de una manera tan burda.

Autor

Mario Agudo Villanueva

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