Griegos en la Primera Vuelta al Mundo

Tras la toma de Constantinopla en 1453 el mundo ortodoxo griego cayó progresivamente en manos del Islam. Pese al rápido avance de los conquistadores, algunos territorios destacados, como Creta, Rodas, Quíos, Nauplia o las islas del Heptaneso, permanecieron en manos cristianas, aunque no griegas. Tal inestabilidad favoreció la diáspora de habitantes de estas tierras que buscaron fortuna en otros lugares, en especial, en Italia y España. En los archivos históricos de Sevilla se puede comprobar que, a principios del siglo XVI, vivían más de cincuenta griegos en la ciudad.

No es de extrañar, por tanto, que cuando el navegante portugués Fernando de Magallanes se propuso llegar a las Islas de las Especias navegando hacia poniente, arriesgada peripecia que cristalizaría en la primera vuelta al mundo, algunos de los miembros de la expedición fueran experimentados marinos griegos. Entre los 251 hombres que tripulaban las cinco naves que salieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519 se contaban Miguel de Rodas, Felipe de Rodas y Miguel Sánchez de Rodas, los tres originarios de la famosa isla del Dodecaneso; Francisco Albo, Ximón de Axio y Antonio de Axio, de Quíos; Nicolao Griego y Juan Griego, de Nauplia y Mateo de Gorfo, de Corfú. Tres años después, el 8 de septiembre de 1522, regresó una sola nave, maltrecha, con dieciocho castigados supervivientes a bordo, capitaneados por Juan Sebastián Elcano. Magallanes murió en la batalla de Mactán, el 27 de abril de 1521, en una escaramuza contra una tribu cebuana de una isla de la actual Filipinas.

Firma de Juan Sebastián Elcano. La divisa del escudo de armas otorgado por el emperador Carlos V a Juan Sebastián Elcano en reconocimiento de la hazaña reza: PRIMVS CIRVMDEDISTI ME, “el primero que me diste la vuelta”.

Los protagonistas

Entre los héroes que volvieron a pisar territorio español se contaban cinco de los nueve marinos griegos que partieron. Cuatro llegaron con la nao Victoria y otro lo hizo posteriormente. El rezagado fue Felipe de Rodas, que había sido apresado por los portugueses en Cabo Verde cuando desembarcó en un bote con un grupo de compañeros en busca de víveres para saciar el hambre y la sed que hacían de la travesía una auténtica odisea. Más de un mes más tarde de la llegada de la expedición, tras los ruegos de Juan Sebastián Elcano, con la intercesión del propio emperador Carlos V, el marinero de Rodas y el resto de cautivos fueron liberados y devueltos a España. Tras su azaroso periplo, ejerció como mercader de Indias.

Los cuatro que culminaron la hazaña aquel célebre mes de septiembre de 1522 fueron:

Miguel de Rodas, primo de Felipe, contramaestre y maestre de la nao Victoria, nombrado a su regreso Caballero de Santiago y Piloto Mayor de Su Majestad, importantísimo cargo que confiaba al navegante griego la elaboración de la cartografía secreta del rey, la instrucción y la evaluación de nuevos pilotos en el manejo del cuadrante, el astrolabio y en las artes de la navegación, y la reparación y ejecución de futuras expediciones a las Indias. Murió ahogado en las bocas del Río de la Plata.

Miguel Sánchez de Rodas, quien dejó muy pocas huellas, a diferencia de su tocayo y compatriota. Se sabe que fue hijo de un tal Juan Sánchez y que pudo estar vinculado a la Orden de San Juan.

Nicolao Griego, que se casó a su regreso con Mariana Álvarez y, asociado a su hermano Juan, consiguió prosperar como armador, enviando cargamentos al Nuevo Mundo. En 1534 participó como maestre y piloto de la nave capitana Madre de Dios en la expedición de Simón de Alcazaba a la Tierra del Fuego, una arriesgada empresa en la que perecieron la tercera parte de los expedicionarios.

Francisco Albo, que fue el piloto que trajo a puerto la nao Victoria, aunque había embarcado con Magallanes como contramaestre de la Trinidad, y el autor del testimonio náutico más importante de la expedición: el Derrotero. Fue uno de los elegidos por Juan Sebastián Elcano, junto a Hernando de Bustamante, para informar en persona al emperador español del resultado de la expedición.

El Derrotero del viaje de Magallanes desde el cabo de San Agustín en el Brasil, hasta el regreso a España de la nao Victoria fue el diario de travesía que el griego Francisco Albo completó desde que se hizo cargo de la embarcación hasta su llegada a tierras españolas. Contiene un buen número de anotaciones técnicas y geográficas, entre ellas las referentes al primer paso por el estrecho de Magallanes.

Un Renacimiento náutico

Los fascinantes progresos de la navegación oceánica a lo largo del siglo XVI fueron posibles gracias a un Renacimiento náutico que venía gestándose desde tiempo atrás. A partir del siglo XIII comenzó a generalizarse el uso del astrolabio y del cuadrante; los cálculos basados en el sol, la luna y las estrellas; la división en grados de la circunferencia terrestre; el concepto de meridianos y paralelos; la plasmación de las tierras y mares de forma cartográfica sujeta a la geometría. Al calor de estos conocimientos se gestaron obras como el insólito y avanzado manual de navegación y construcción naval que otro voluntarioso navegante e investigador de esta isla, Michalli da Ruodo, compuso e ilustró en 1434; obras de enorme trascendencia en el arte de navegar, como los Regimientos y el Almanaque Perpetuo de José Vizinho, el Gran Tratado de Abraham Zacuto, el Tratado de la Esfera de Johannes de Sacrobosco, e incluso los Libros del Saber de Astronomía del rey Alfonso X , el Sabio.

Detalle de un mapa de Abrahan Ortelius que muestra la nao Victoria. 1590. Fuente: Wikimedia Commons

Esta fecunda producción fue posible gracias al redescubrimiento, rescate y estudio de saberes antiguos, consolidados, de manera especial, por los griegos: Euclides, Eratóstenes, Hiparco, Crates, Eudoxo, Árato y Ptolomeo. El famoso Tratado de la Esfera, que tanto alimentó las obras geométricas y náuticas del Renacimiento, es una simplificación del sistema de Ptolomeo y otros conocimientos alejandrinos hecha por Johannes Sacrobosco a principios del siglo XIII. Este autor se basó, a su vez, en una traducción de la obra de Ptolomeo del árabe al latín que, un siglo antes, Gerardo de Cremona había realizado en Toledo; y ésta, a su vez, era deudora de la traducción del griego al árabe que el nestoriano Hunayn Ibn Isaaq había hecho, a principios del siglo IX, en la Casa de la Sabiduría de Bagdad. La misma vía, más o menos, siguieron también las obras científicas de Galeno, Hipócrates, Euclides, Dioscórides y Aristóteles.

Autor

Extracto de la conferencia pronunciada por Pedro Olalla, escritor y helenista, miembro asociado del Harvard University’s Center for Hellenic Studies y Embajador del Helenismo, en la Casa de los Españoles de los Caballeros de Rodas con motivo de la inauguración del monumento dedicado por España a los marinos griegos que tomaron parte en la Primera Vuelta al Mundo.

Algunas obras de Pedro Olalla

Bibliografía básica

Hassiotis, I.K. (2019): “Desafiando a la geografía. Griegos en el horizonte ultramarino español (ss. XVI-XVII)” en Erytheia. Revista de estudios bizantinos y neogriegos. Nº 40. Pp. 173-236.

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