La historia no es un cuento

Una de las actividades esenciales de la profesión periodística es la selección. Partimos de una premisa incuestionable: no se puede informar sobre todos los acontecimientos que tienen lugar en el mundo, ni siquiera en una ciudad, así que no queda más remedio que elegir aquellos que se consideran noticiosos. Esta es la primera bofetada en la cara de la maltratada objetividad, anhelo imposible de conseguir en cuanto que todo relato se construye desde una perspectiva parcial. Todos interpretamos la realidad partiendo de un sesgo personal.

Este problema, lejos de ser baladí, radica en la cuestión fundacional de la actividad periodística: ¿qué es noticia? Durante la carrera escuchamos hasta la saciedad aquella máxima atribuida al político canadiense William Maxwell Aitken: “noticia es que un hombre muerda a un perro, no que un perro muerda a un hombre”. Aunque se trata de una frase muy expresiva, los criterios de noticiabilidad son extensos. Novedad, proximidad física o psicológica, impacto, frecuencia, polémica, grado de conocimiento, moda o notoriedad de los protagonistas son algunos de los más aplicados.  

Pero todos estos conceptos teóricos, interiorizados a través de cientos de ejercicios durante nuestros estudios, se desmoronan al llegar al mundo profesional. La información no es un fin en sí mismo, sino un producto, sometido a la ley de la oferta y la demanda. En este contexto, los criterios de noticiabilidad trascienden la naturaleza del acontecimiento y se trasladan al interés de la audiencia. No debemos responder a la pregunta ¿qué es noticia? sino a la más prosaica ¿qué podemos ofrecer que despierte el interés de la sociedad?

El panorama se agravó de forma notable desde que a comienzos del siglo XXI irrumpieran las redes sociales. El modelo tradicional, de carácter lineal, en el que los medios detentaban el monopolio del mensaje, dio paso a un modelo de carácter circular, en el que el rol de emisor y receptor se difumina. Cualquier organización, cualquier persona, con cierto conocimiento del funcionamiento de estos nuevos espacios de comunicación, podía llegar a un importante sector de la población. La consecuencia inmediata fue un exceso de oferta informativa. Un fenómeno que Alfons Cornella bautizó, de forma lúcida, como infoxicación. En paralelo al incremento exponencial de la información se cernía otra amenaza: la inmediatez. El viejo anhelo de la profesión periodística. El ansiado tiempo real estaba a punto de llegar a nuestras vidas gracias a los cada vez más potentes teléfonos móviles, que pueden captar y transmitir video con una calidad razonable. Los medios tradicionales, en lugar de aportar el contrapunto reflexivo, han apostado por competir de tú a tú en una carrera en la que la reflexión y la profundidad de tratamiento de los acontecimientos brilla por su ausencia. Semejante ecuación tiene otra consecuencia de la cual no puedo ocuparme ahora, pero que quizás aborde en un futuro: vivimos en una sociedad sin memoria. La sucesión vertiginosa de acontecimientos informativos conduce al olvido.

La información no es un fin en sí mismo, sino un producto, sometido a la ley de la oferta y la demanda. En este contexto, los criterios de noticiabilidad trascienden la naturaleza del acontecimiento y se trasladan al interés de la audiencia. No debemos responder a la pregunta ¿qué es noticia? sino a la más prosaica ¿qué podemos ofrecer que despierte el interés de la sociedad?

Estamos, por tanto, ante una fractura del viejo consenso que, a través de la práctica profesional, establecía ciertos límites sobre lo considerado noticiable. Los medios compiten sin cuartel por conseguir impactos cuya traducción económica se refleje en la cuenta de resultados de sus maltrechas economías. La feroz competencia por captar la atención de una demanda estable ante una oferta de contenidos que crece de forma descontrolada produce sobre la información un efecto semejante al de los espejos cóncavos sobre los héroes clásicos, como sentenciaba Valle-Inclán en Luces de Bohemia.

La feroz competencia por captar la atención de una demanda estable ante una oferta de contenidos que crece de forma descontrolada produce sobre la información un efecto semejante al de los espejos cóncavos sobre los héroes clásicos, como sentenciaba Valle-Inclán en Luces de Bohemia.

Emerge en este punto una cuestión fundamental, que debería de marcar una clara frontera entre la acción profesional de los medios y la acción amateur de los creadores de contenido digital: la responsabilidad social, sobre la que algunos parecen pasar de puntillas, como si se tratara de un pequeño obstáculo para hacer negocio. Mientras que un profundo cambio generacional no termine de sentenciar a los medios tradicionales, todavía sigue muy vigente el viejo planteamiento de Walter Lipmann: “los medios de comunicación generan las imágenes con las que interpretamos lo que acontece en todo el mundo. En la medida en la que este universo está fuera de nuestro alcance, algo que ocurre con frecuencia, nuestras mentes pueden generar imágenes diferentes al mundo real” (Public Opinion, Nueva York, 1922, p. 16-29).

Esta reinvención del mito de la caverna platónico se tradujo en un axioma clave, enunciado por Maxwell McCombs: “los medios no solo proporcionan imágenes del mundo, a riesgo de distorsionar la realidad, sino que además determinan la importancia y el énfasis que se les debe dar a los temas que seleccionan (“Influencia de las noticias sobre nuestras imágenes del mundo”, en Jennings Bryant y Dolf Zillman (coords), Los efectos de los medios de comunicación. Investigaciones y teorías, Barcelona, 1996, pp. 13-34). Los medios determinan, por tanto, no solo nuestra manera de percibir el mundo, sino también el modo en el que construimos nuestras opiniones.

Muchas son las disciplinas afectadas por esta perniciosa dinámica, desde la sanidad -huelga recordar que estamos inmersos todavía en una pandemia cuyo tratamiento informativo ha sido más que discutible- hasta la educación, pasando por la ciencia. En este sentido, y ya en relación con el objeto de mi trayectoria profesional, la historia es uno de los principales rehenes de este colapso informativo. Existe un interés creciente en la sociedad por esta disciplina, sin embargo, la necesidad de conseguir impactos lleva a la banalización y, en muchas ocasiones, a la tergiversación de los contenidos con el agravante, además, de que no solo se busca el retorno económico sino también, en algunos casos, la más abyecta manipulación política amparada en nuestro pasado común.

La libertad de expresión o de opinión no tienen cabida en el ámbito de los conocimientos técnicos, en los que el principio de autoridad de la fuente debe primar sobre cualquier otro.

Como ya he escrito en alguna ocasión, la historia es a la sociedad lo que la memoria a los individuos: un referente necesario e irrenunciable. No creo necesario recordar aquella famosa sentencia de George Orwell en su lúcida novela 1984.  La imagen que se proyecta en los medios de los acontecimientos históricos es determinante en la manera en la que las sociedades comprenden su pasado. No es justificable, en absoluto, que ésta quede reducida a la anécdota, la curiosidad o la excentricidad. El potencial divulgativo y didáctico de los medios, a la luz de los datos arrojados por las sucesivas oleadas de la Asociación de Investigación de Medios de Comunicación (AIMC), es todavía muy poderoso. Los profesionales de la información deben de ser conscientes de su responsabilidad para tratar de buscar un adecuado equilibrio entre las necesidades económicas de la empresa para la que trabajan y su profesionalidad.

No existen arqueólogos aficionados, sino delincuentes. No existen investigadores sin un respaldo académico o institucional que reconozca su labor en el contexto general de unos estudios desarrollados dentro de una tradición más que solvente y consolidada. No existe una historia definitiva, ni tampoco un descubrimiento que cambiará todo por la sencilla razón de que el historiador se plantea preguntas, nunca respuestas. Los periodistas debemos ser conscientes de ello y no dar pábulo a falacias, burdas manipulaciones o teorías que no tienen ningún respaldo académico. Solo desde la responsabilidad y el rigor podremos ser partícipes de una actividad tan edificante y necesariamente interdisciplinar como la de la divulgación histórica.

Algunos se ampararán en conceptos tan universales y abstractos como la libertad de expresión o de opinión, pero no tienen cabida en el ámbito de los conocimientos técnicos, en los que el principio de autoridad de la fuente debe primar sobre cualquier otro. La historia no es un cuento, sino un relato construido y reelaborado de forma continua por diferentes profesionales. Es en este punto en el que vuelvo al comienzo: la selección. Los medios no pueden ser un coladero que sirva de portavoz de iluminados, manipuladores, charlatanes o delincuentes. La especialización periodística, la profundidad y la reflexión son más necesarias que nunca. Solo así podremos frenar la decadencia galopante en la que está sumida nuestra profesión. La calidad de los medios de comunicación es un claro indicador de salud democrática, conviene no descuidarla.

Autor

Mario Agudo Villanueva

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