La lección de Sísifo

La astucia de Sísifo, rey mítico de Corinto, le sirvió para dar esquinazo a la muerte en dos ocasiones. Sin embargo, engañar a los dioses no era un ardid gratuito. La cólera de Zeus se cebó con él en forma de eterno castigo: empujar pendiente arriba una enorme roca que cada noche volvía a su posición de partida. La inútil condena, uno de los episodios más famosos de la mitología griega, sirvió a Albert Camus como telón de fondo para exponer su filosofía del absurdo. Preguntándose por las razones que inducen al ser humano al suicidio, primer problema filosófico en su opinión, el pensador galo llega a la conclusión de que vivimos en la contradicción de buscar un sentido a la vida siendo conscientes de que no lo tiene. Se produce entonces un choque de realidad que requiere de una buena dosis de lucidez para moldear nuestra vida en libertad.

Eneas carga elc uerpo de su padre Anquises. Pompeo Batoni. Silgo XVIII. Sabauda Gallery. Foto: Wikimedia Commons

De la misma manera que Camus definió al hombre absurdo, hoy podríamos hablar del optimismo absurdo: la convicción de pensar en positivo ante cualquier circunstancia como si una venda cegara nuestro entendimiento. Un resorte que parece resultado de un mecanismo de respuesta inmaduro, ingenuo y carente de realismo. Ensoñación de difícil encaje ante el más mínimo análisis riguroso. Es el caso de uno de los lemas que más se han escuchado estos días de forzada cuarentena: “Todo va a salir bien”. Es evidente que no todo va a salir bien. Incluso resulta inmoral afirmarlo a la luz del incesante goteo de muertes con el que los medios de comunicación nos empapaban cada día. Si todo quedara en “palabras aladas”, como decía Homero, podríamos darnos por satisfechos. Pero tan agradable mantra masajea los cerebros de los más incautos hasta difuminar por completo la terca realidad. Del optimismo al olvido hay una distancia muy corta.

Decenas de miles de personas -el número real parece decidirse estos días en una especie de subasta estadística- han perecido en solitario, sin el calor de sus seres queridos, en apenas dos meses. Una muerte triste y anónima, que resulta más desoladora, si cabe, en el caso de muchas de las víctimas, ancianos cuya infancia fue robada por la posguerra y que ahora se han marchado por la puerta de atrás. Sin duelo, ni consuelo para sus familiares. Mientras las bajas se sucedían sin cesar, a centenares por día, muchos trataban de convencerse de que todo seguía yendo bien, cruzando los dedos para comenzar la desescalada y recuperar esa ansiada e inquietante “nueva” normalidad. La mejor manera que tenemos de rendir tributo a los que se han quedado por el camino no es envolverse en la bandera, a golpe de crespón negro, manifestación y cacerolada. Nuestro sentido homenaje debería ser comportarnos con la suficiente responsabilidad como para evitar que esta situación se repita, lo que pondría en riesgo, nuevamente, a otros mayores. No podemos permitirnos emular a Sísifo afrontando una nueva pandemia.

Estos días observo con profunda desolación que muchos actúan como si no hubiera pasado nada. Las calles se abarrotan, las terrazas se llenan, algunos incluso han olvidado que la mascarilla no es una opción cuando es imposible mantener una mínima distancia de seguridad. Actos de egoísmo que no solo ponen en riesgo la salud de quien los comete, sino también la de los más débiles. Pedro Olalla explica en De senectute politica (Acantilado, 2018) que la vejez no llega al cruzar el umbral de una determinada edad, sino cuando:

“Uno, tristemente, pasa de ser su propio soberano, capaz de servirse a sí mismo y dueño de sus facultades plenas, a verse dependiente de otro, incapaz de valerse y privado de aptitudes que tuvo y que nunca recuperará”

En efecto, ahora más que nunca el cuidado de nuestros ancianos depende de nosotros. No podemos olvidar que sobre sus vidas pende una microscópica espada de Damocles. Decía Aristóteles en su Política que “todos por necesidad han de tener una misma disciplina y que el cuidado de ella ha de tocar comúnmente a toda la ciudad” (VIII, I, 1337a). No podemos permitirnos arrebatarles sus últimos años de vida por una imprudencia colectiva. No podemos olvidar a los que ya se han ido porque entonces los enterraremos por segunda vez.

Al hilo de la triste actualidad recuerdo ese pasaje de la Eneida en el que su errante protagonista carga con Anquises, su anciano progenitor:

“Vamos entonces, padre querido, súbete a mis hombros, que yo te llevaré sobre mi espalda y no me pesará esta carga; pase lo que pase, uno y común será el peligro, para ambos una será la salvación”

(II, 706-710).

Eneas es incapaz de huir de Troya dejando atrás a su padre. Con su esfuerzo personal, el héroe troyano fija un pilar de la civilización romana: la lealtad a los mayores. Una lealtad que no entiende de países, ni de fronteras. Eneas es un emigrante. Nuestras verdaderas raíces son las personas.

En una obra de plena madurez, repleta de reflexiones profundas sobre el sentido de la vida, Lev Tolstói afirma:

“Los hombres se han acostumbrado a dividir mentalmente a los seres humanos en nobles y plebeyos, generosos y ruines, instruidos e ignorantes, y se han acostumbrado tanto a dividir así a las personas, que creen, verdaderamente, que unas personas pueden ser mejores que otras”.

El camino de la vida, XIII, 8

Quizás el mundo en el que vivimos esté abriendo una profunda brecha entre nosotros y nuestros mayores, jubilados, que parecen portar una etiqueta de inutilidad que algunas personas sin escrúpulos no han dudado un instante en exhibir en esta crisis. Decía Epicuro que “aunque el cuerpo haya envejecido, la inteligencia del ser humano aún se mantenía firme”. Cabría añadir que también sus sentimientos y, con ellos, nuestra dignidad como sociedad, tal y como recuerda el poema del persa Saadi:

"Los hijos de Adán son,
miembros de un organismo,
que de un elemento mismo
se hicieron en la Creación.
Y si uno de ellos de un mal padece,
los otros no estarán serenos.
Si no te duele el dolor ajeno,
que te llamen persona no mereces".

No se trata de ser un pesimista recalcitrante, pero es necesario alertar sobre las absurdas demostraciones de optimismo que anestesian nuestro entendimiento hasta el punto de hacernos insensibles al sufrimiento ajeno. Las cosas no han salido bien y pueden ir a peor si no actuamos con la responsabilidad que debe exigirse a una sociedad madura. Si no somos capaces de darnos cuenta, quizás tenemos un problema mucho más grave y profundo que una pandemia.

Autor: Mario Agudo Villanueva

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Es un artículo fantástico, muy bien hilado. Felicidades al autor.

    Me gusta

  2. Isaac dice:

    Me encantó. Gracias. Sin duda este escrito me motiva a leer más y no ser un mediocre sin empatía así como consciencia social.

    Me gusta

  3. Desiderio dice:

    Magnífico artículo. Personalmente, me ha ayudado mucho en mis reflexiones diarias. Me identifico plenamente con el contenido. Conozco a los nombres que se citan y a sus obras. Autores siempre necesarios para ayudar a dar sentido a la vida. Gracias.

    Me gusta

Responder a Desiderio Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s