Cardete del Olmo: “Pan es un maestro de la adaptación constante”

Pan no forma parte de la nómina de dioses olímpicos, quizás por ello no es tan conocido entre el gran público. Sin embargo, fue un dios muy popular entre los griegos, en especial en ambientes rurales, pero también en ciudades como Atenas, donde llegó a tener dos santuarios. Su aspecto resulta familiar, pues los cristianos integraron parte de sus rasgos en la imagen prototípica del diablo. Hemos querido aproximarnos a la figura de este dios arcadio de la mano de Mari Cruz Cardete del Olmo, profesora del departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la Unviersidad Complutense de Madrid y Vicedecana de Estudios y Calidad, autora del ensayo El dios Pan y los paisajes pánicos: de la figura divina al paisaje religioso, editado por la Universidad de Sevilla en 2016.

Pan y Venus. Adolphe Alexandre Lesrel. 1865.

Pregunta – Comenzamos con una cuestión controvertida ¿qué opina usted sobre la etimología del dios Pan?

Respuesta – Ya en la Antigüedad se extendió la idea de que el nombre de Pan procedía del adjetivo pas, pasa, pan (πἇς, πἇσα, πἇν), que en griego significa “todo”. Un autor tan importante como Platón jugó con ese concepto en sus diálogos filosóficos, concretamente en el Crátilo. No obstante, la etimología más probable no es ésta, sino la que hace derivar el nombre del dios de raíces *pã-, que hacen referencia a “mirar sobre” o “vigilar”, y tienen en múltiples ocasiones empleos específicamente pastoriles relacionados con el apacentamiento y vigilancia del ganado.

P. – Siguiendo por esta línea, a Pan se le atribuye la facultad de infundir un miedo irracional, que debido a su nombre llamamos “pánico”. Algunos autores afirman que este término podría tener su origen en las palabras “Pan” y “Oikós” ¿a qué se debe esta facultad de Pan?

R. – El pánico en la Antigüedad es un fenómeno marcadamente militar. No se decía de la gente que tuviera pánico, sino que el término se utilizaba para hablar de ejércitos (y, por lo tanto, de una masa, no de un individuo) poseídos por un miedo incontrolable y ajeno a cualquier causa racional que se apoderaba de las tropas y desbarataba cualquier estrategia militar. Se describe como un espanto súbito, un terror que propicia el alboroto y el movimiento y que responde a la voluntad del dios quien, llevado por simpatías o antipatías hacia uno de los bandos en contienda, decide ayudar a unos y dañar a otros desatando la estratagema pánica. Tan difícil era resistirse a él que conseguirlo denotaba un inmenso valor y se llegan a desarrollar ejercicios “antipánico” para entrenar a los soldados.

Pan entre niños. Arnold Böcklin. Museum Folkwang

P. – Resulta muy sorprendente que un dios que no tenía atribuciones militares sea precisamente al que se le atribuye el pánico. ¿Sabemos a que se debe semejante vinculación?

R. – En primer lugar, por otra falsa etimología, como la de su nombre. Pánico no procede del nombre Pan, sino de paneion, nombre del fuego que anunciaría el miedo desatado entre las tropas. De hecho, la atribución del pánico a Pan es bastante tardía, no aparece realmente hasta época romana. Pero tiene mucho éxito y llega hasta nosotros.

En segundo lugar, Pan es un dios de pastores y cazadores y es a través de la caza especialmente como Pan conecta con la guerra. En el imaginario griego es muy frecuente encontrar comparaciones entre la caza y la guerra. La victoria sobre el enemigo se interpreta como un triunfo de la civilización sobre la barbarie, representada tanto por los animales salvajes como por el enemigo.

En tercer lugar, Pan es un dios de los límites, al que le gusta pasearse por montañas y caminos alejados y que recibe culto generalmente en santuarios y pequeños altares en las afueras de las ciudades y en sus fronteras.

En cuarto lugar, Pan es un dios que posee a humanos cuando le apetece y los poseídos por Pan, llamados panoleptos, actúan de maneras tan extrañas que a veces pueden identificarse con el miedo irracional: corren, gritan, ríen sin control o se escapan al monte.

El pánico en la Antigüedad es un fenómeno marcadamente militar. No se decía de la gente que tuviera pánico, sino que el término se utilizaba para hablar de ejércitos (y, por lo tanto, de una masa, no de un individuo) poseídos por un miedo incontrolable y ajeno a cualquier causa racional que se apoderaba de las tropas y desbarataba cualquier estrategia militar.

P. – Pan es una divinidad agreste, de la naturaleza salvaje, al que se puede ver entre riscos y peñascos. Como toda fuerza de la naturaleza, está asociado con la promiscuidad. Muchas son sus historias de amor con ninfas ¿cuál le parece a usted más significativa?

R. – Pan es un dios del exceso y los límites, tanto en el sentido geográfico del término (le gustan las fronteras y los espacios abiertos y alejados de los seres humanos) como en el emocional. Rompe todas las normas para situarse en ese punto en el que sirve de recordatorio a los humanos de cómo se deben hacer las cosas: justo al contrario de cómo las hace él. Por eso es un dios promiscuo y excesivo en su sexualidad, y al mismo tiempo estéril, para recordar que los excesos no conducen a nada bueno.

En cuanto a su relación con las ninfas, es ambigua. En general está en buena sintonía con ellas, pero en ocasiones las acosa y persigue, aunque sin éxito. Una de las historias más significativas al respecto es la de Siringa. Pan se encapricha de Siringa y la persigue, pero ella se resiste y huye, no quiere saber nada de él. Viendo que el dios va a alcanzarla, Siringa se encomienda a los dioses y estos, compadecidos, la convierten en cañas a la vera de un río. El dios se desespera, su objeto de deseo se desvanece entre sus manos y no se resigna, abraza las cañas desesperado y oye cómo se escurre el viento a través de ellas. En ese momento decide reproducir eternamente ese sonido mágico, así que corta esas cañas y, uniéndolas con cera de abeja, las convierte en una flauta que recibe, precisamente, el nombre de siringa. A partir de ese momento la siringa, zampoña o caramillo, también conocida simplemente como flauta de Pan, será un atributo insustituible del dios que siempre va con ella y la toca con excepcional habilidad, recordando con cada recital que no consiguió a Siringa. Precisamente la música pánica es otra muestra del carácter excesivo de Pan, puesto que no es una música tranquila y complaciente, sino arrebatada, de ritmo rápido, penetrante, inspiradora, casi delirante.

Puede concluirse diciendo que en esencia Pan es un dios más marcado por la sensualidad, por el regocijo de los sentidos y la experimentación plena de las sensaciones (provengan de donde provengan) que por la delimitación a una sola de ellas (el deseo sexual), pero la obsesión cristiana con el sexo pecaminoso circunscribió a Pan, identificado con el Demonio, al ámbito de las relaciones sexuales desmedidas.

Santuario de Pan al pie de la colina de las ninfas, en Atenas. Foto: Mario Agudo Villanueva.

P. – Cuando uno estudia la figura de divinidades “menores” como Pan o Hécate, se da cuenta de que quizás fueron mucho más populares de lo que cabría pensar por la relevancia que le otorgan las fuentes. Los Idilios le otorgan cierto protagonismo por su ambiente bucólico y pastoril, pero ¿hasta qué punto es Pan un dios más importante de lo que parecen arrojar las fuentes?

R. – A pesar de haber sido catalogado como un dios menor, de no haber formado parte del Olimpo ni haber recibido magníficas ofrendas ni regios templos, no puede obviarse la trascendencia de Pan. Posiblemente no haya ninguna otra figura divina en los panteones griegos que exprese tan bien la versatilidad, la profunda heterogeneidad de la cultura griega, así como su capacidad de adaptación a diversos espacios, tiempos y costumbres. Hay que tener en cuenta que la religión griega es politeísta y que la importancia de los dioses no viene medida únicamente por su poder en general, sino por las particularidades que podían resultar especialmente útiles en determinadas situaciones. Por ejemplo, Zeus es un dios poderoso en esencia y con gran extensión y predicamento, pero un pastor de cabras preocupado por su rebaño se encomienda antes a Pan, el dios indicado para su problema, que a Zeus, luego en ese contexto y para ese fiel Pan es muchísimo más importante que Zeus.

Además, Pan es un dios con una flexibilidad y una capacidad de adaptación increíbles. Su origen se encuentra en Arcadia, la región central del Peloponeso, y allí permanece hasta principios del s. V a. C. Es entonces un dios de pastores y cazadores, no de grandes poseedores, sino de pequeños agricultores y ganaderos y, por tanto, el registro escrito, arqueológico o iconográfico que nos ha quedado de él es menor que el que podemos tener de los grandes dioses olímpicos, pero eso no lo hace menos importante para quienes se encomendaban a él, sobre todo teniendo en cuenta que la gran mayoría de la población griega vivía al límite de la subsistencia. Pan no estaba menos extendido entre los antiguos arcadios que el propio Zeus, Atenea o Apolo. En el s. V a. C. aparece en Atenas y empieza la primera de sus transformaciones. Sin abandonar a pastores y cazadores se convierte en un dios cercano a pequeños y medianos poseedores de tierras y a grupos democráticos que defienden los derechos del pueblo llano. Desde Atenas se extiende por todo el mundo griego y tiene un gran éxito precisamente porque es capaz de adaptarse a distintos contextos. 

Relieve votivo encontrado en el Asclepeion de la ladera sur de la Acrópolis de Atenas. La pieza fue dedicada por un ateniense a Pan y las ninfas. El oferente aparece a la izquierda, ante un altar, mientras Pan emerge de una cueva. Mármol del Pentélico. Finales del siglo V a.C. National Archaeological Museum of Athens, Inv. No. 1329.

En épocas helenística y romana Pan se convierte, gracias al triunfo de la falsa etimología antes mencionado que convierte su nombre en una derivación del adjetivo pas, pasa, pan, que significa “todo”, en una imagen de la Totalidad, en un dios que llega a rivalizar en poder con el mismísimo Zeus. De hecho, en los Himnos Órficos a Pan se le denomina el “Zeus cornudo”.

Por si este éxito no fuera suficientemente llamativo, tampoco es fácil encontrar un dios griego más ubicuo, más presente en todos los aspectos de la cultura occidental, desde la Grecia antigua hasta la actualidad. Zeus, Apolo, Atenea, Ártemis… siguen formando parte de nuestro mundo en forma de referencias eruditas, de estudios científicos, de dramatizaciones intelectuales y herramientas publicitarias, pero Pan va más allá de la academia, de la literatura culta o del gusto popular por la mitología y forma parte de nuestra vida cotidiana, bien sea en forma de demonio cristiano, de alegre reivindicación del exceso y la vida muelle o de exaltación plena del paganismo, al que ha logrado representar en mayor medida que los propios dioses olímpicos. Y lo hace de una manera indirecta, humilde casi, difícil de percibir en ocasiones y por eso mismo aún más influyente. De hecho, si tecleamos “dios Pan” en Google a día 19 de junio de 2020, los resultados sorprenden: 126.000.000 sitios albergan contenidos sobre él (407.000.000 si buscamos por “god Pan”), mientras que sobre Zeus “sólo” encontramos 112.000.000, sobre Apolo 28.000.000, sobre Afrodita 13.100.000, sobre Atenea 8.890.000, etc. Si Google refleja el interés y la representatividad de una figura, la de Pan encabeza claramente el panteón olímpico, a pesar de no haber formado nunca parte de él. No está nada mal para ser un dios extinto, de una religión que ya nadie practica y cuyos orígenes constatables se remontan, al menos, al s. VII a. C., sobre todo si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo regido por la inmediatez y el elogio de la novedad.  

Puede concluirse diciendo que en esencia Pan es un dios más marcado por la sensualidad, por el regocijo de los sentidos y la experimentación plena de las sensaciones (provengan de donde provengan) que por la delimitación a una sola de ellas (el deseo sexual), pero la obsesión cristiana con el sexo pecaminoso circunscribió a Pan, identificado con el Demonio, al ámbito de las relaciones sexuales desmedidas.

P. – ¿A qué se debe este éxito?

R. – Influyen la atracción del extremo, de la contradicción permanente, de la ambigüedad creativa, de la transgresión que representa Pan. Un dios flexible, que cambia, que se transforma, que pasa de la alegría bulliciosa del baile al gusto por la soledad, que combina la carnalidad más desatada con la esterilidad, que consuela a los cabreros y seduce a los filósofos, sin que para ello tenga que traicionarse ni renunciar a sus pasiones. Es un dios de los sentidos, a los que embarga con su anhelante sexualidad, su potente melomanía y su desbordante posesividad, pero también es un dios del pensamiento trascendente que encarna la Totalidad de lo humano y lo divino, de lo terrestre y lo celeste, de lo bueno y lo malo, de lo docto y lo inculto, capaz de fusionarse con la abstracción más absoluta desde la carnalidad más evidente. Es, pues, un maestro de la adaptación constante.

P. – Pan es un dios, en esencia, Arcadio, aunque se extiende, por ejemplo, a Atenas, donde a raíz de la anécdota de Fidípides fue venerado en un par de santuarios ¿en qué otros lugares de Grecia encontramos un culto arraigado a su figura?

R. – Efectivamente, Pan es un dios profundamente arcadio pero que, como hemos dicho, sin renunciar a su origen, sabe ser cosmopolita y adaptarse a muchos lugares y culturas distintos. Su culto salta de la Arcadia a Atenas en el s. V a. C. y en el s. IV a. C. ya lo encontramos por toda Grecia: Tebas, Delfos, Sicilia y la Magna Grecia, Butrinto, Tasos, Tesalia, Tracia, Macedonia, Mégara, Argos, Cefalonia, Creta, Iliria… En época romana también tiene mucho éxito y se extiende con el Imperio, de modo que puede encontrarse a Pan o a formas asimiladas de Pan en todo el Mediterráneo conquistado por Roma. En Egipto, por ejemplo, tuvo una buena acogida, muchas veces identificado con el dios Min.

Mosaico de Pan. Siglo II d.C. Villa de Genazzano

P. – Los atributos de Pan están muy presentes en la imagen prototípica del diablo cristiano ¿considera que hay una herencia directa de ciertos rasgos de esta divinidad como consecuencia de su pervivencia en entornos rurales bien entrada la época cristiana?

R. – Por supuesto que hay una relación entre ambos. La interrelación entre Pan y el Diablo o Demonio cristiano se fraguó a lo largo de la Tardoantigüedad y el Medievo, alcanzando el Renacimiento.

En el mundo clásico no existen dioses del mal comparables al Diablo cristiano porque no existe un concepto dualista del poder divino y, por tanto, ninguna deidad específica se encarga en exclusiva ni de hacer o propagar el Mal ni de preservar y defender el Bien, conceptos propios de pensamientos de corte maniqueo como el cristianismo. En el caso de Pan, sus excesos, contradicciones y transgresiones entran dentro de las leyes humanas y las disposiciones naturales, al contrario que las de los demonios cristianos, que continuamente las vulneran, pero para los cristianos su mera apariencia teriomórfica (mitad humano mitad animal) y sus desatados deseos sexuales lo convirtieron en un candidato perfecto a principio demoníaco.

Ilustración de Walter Crane que representa a Pan con la siringa. Siglo XIX

Si analizamos la imagen clásica del diablo cristiano y la del dios Pan, veremos que las similitudes no pueden, de ningún modo, tacharse de meras coincidencias. Es cierto que la imagen del Demonio es muy flexible y cambiante y que, obviamente, Pan no es el único referente iconográfico del Demonio, pero sí que es el predominante puesto que, además de cola y cuernos, el Demonio suele adornarse con pezuñas y barba de chivo y compartir con las cabras algunos de sus supuestos rasgos de carácter: mal genio, sexualidad descontrolada, dificultad para acatar las normas, marcada capacidad destructiva y pobreza tanto material como moral. Además, Pan comparte con el Demonio cristiano otros caracteres ya no tan evidentes a la vista, pero sí muy importantes para comprender cómo este dios griego acabó convirtiéndose en el modelo del antagonista cristiano.

Primero, al igual que Pan, que gusta de los lugares aislados, el Demonio también se encuentra en los caminos apartados, que tanto para cristianos como para paganos son lugares donde las normas se transgreden con mayor facilidad.

Pan va más allá de la academia, de la literatura culta o del gusto popular por la mitología y forma parte de nuestra vida cotidiana, bien sea en forma de demonio cristiano, de alegre reivindicación del exceso y la vida muelle o de exaltación plena del paganismo, al que ha logrado representar en mayor medida que los propios dioses olímpicos.

Segundo, Pan es un dios abiertamente lujurioso, como hemos visto. Mientras que en el imaginario clásico la sexualidad de Pan puede ser chocante, pero no reprochable, en el pensamiento cristiano las inagotables ansias sexuales de Pan y los seres mitológicos que tienden a acompañarle (sobre todo Sátiros y Faunos) encarnan la lujuria desenfrenada y la danza extática y pecaminosa y acaban cristalizando en el tremendo impulso sexual atribuido al Demonio, representado por estereotipos de la carnalidad decadente como las colas, las lenguas y labios protuberantes o la misma desnudez de la que suele hacer gala y con la que persigue escandalizar, tentar y seducir a los incautos y los débiles. Todo ello contrasta vivamente con los cuerpos asexuados y andróginos de los ángeles e incluso del propio Cristo, que prácticamente no aparece nunca desnudo después del s. VI y hasta al menos el Renacimiento.

Tercero, Pan es uno de los dioses que gusta de poseer a sus fieles, apoderándose de la voluntad de los seres humanos en un acto supremo de conexión entre lo divino y lo humano. Aunque para los antiguos la posesión por el dios no era un castigo, sino un privilegio, en el cristianismo la posesión se identifica con la maldad, lo que facilitó que utilizara el modelo de Pan para construir las posesiones demoníacas, expresión de la crueldad de los demonios y sus ansias de torturar a los humanos, como demuestran los terribles síntomas (convulsiones, vómitos, espasmos, rigidez de miembros, levitación, gritos y blasfemias…) que sacuden el cuerpo del poseído.

Cuarto, aprovechando la falsa etimología del dios, Pan fue concebido como un símbolo de la totalidad pagana, lo que, en el mundo medieval, equivalió a un enfrentamiento radical con el poder de Cristo que se plasma en la figura del Demonio. ¿Quién mejor que Pan para encarnarlo? No será hasta mucho después, con figuras como Milton, Calderón de la Barca o Rabelais, cuando se ofrezca una visión alternativa, de notable éxito posterior, sobre todo en el Romanticismo, según la cual Pan era, en realidad, una transfiguración de Cristo.

Autor

Mario Agudo Villanueva

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