Esparta es, sin duda, una de las más célebres póleis griegas, protagonista de la resistencia contra los persas duranta las Guerras Médicas, rival de Atenas en la Guerra del Peloponeso y potencia hegemónica de la Hélade hasta que cayó ante el emergente poder tebano en las batallas de Leuctra (371 a.C.) y Mantinea (362 a.C.). César Fornis, catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla, uno de los mayores especialistas en Esparta en nuestro país, que ya visitó esta página para presentar su obra El mito de Esparta, Alianza Editorial (Madrid, 2019), regresa para hablarnos de su nuevo libro Esparta. Ciudad de la virtud y de la guerra, La Esfera de los Libros (Madrid, 2025).

Pregunta – Es célebre la desesperación y renuncia de Finley a abordar el estudio de los orígenes de Esparta más allá del siglo VI a.C. ¿Cuánto hemos avanzado desde entonces?
Respuesta – Pues desgraciadamente no demasiado. Los estudios arqueológicos han ayudado a conocer algo más el territorio, pero no pueden hablarnos ni de hechos históricos ni de sus protagonistas, con lo que sigue siendo extraordinariamente difícil establecer un relato continuado del Arcaísmo, una narrativa histórica sin lagunas.
Pregunta – Un ejemplo de esta nebulosa que envuelve los orígenes de Esparta sería la figura de Licurgo, que deambula entre mito y realidad ¿En qué estado se encuentra actualmente la investigación al respecto de este personaje?
Respuesta – Hay prácticamente consenso entre los especialistas en negar la historicidad de este sabio legislador al que se atribuyó la creación de ese orden (kósmos) perfecto e idílico que era el espartano. La investigación da por hecho que se trata de una construcción y prefiere centrarse en la tradición sobre Licurgo, o lo que es lo mismo, cuándo se originó, cómo evolucionó, qué papel jugó y quiénes y por qué instrumentalizaron el mito político de Licurgo a través de los tiempos, sobre la base de que cada época aportó su granito de arena y moldeó su propio Licurgo.
Pregunta – Esparta fue pionera en la constitución de una liga de fines políticos ¿Qué factores propiciaron este proceso y cómo influyó en la política de las póleis griegas tiempo después?
Respuesta – Esparta pasa por ser un estado arcaizante, conservador, poco dado a la innovación (frente al estereotipo ateniense: dinámico e innovador), pero efectivamente Esparta aportó no pocas cosas al tablero geopolítico heleno. Una de ellas fue la organización de la Liga del Peloponeso, denominación moderna que esconde en realidad tratados bilaterales que unían a Esparta con buena parte de las póleis griegas de la península del Peloponeso y del Istmo de Corinto. Su construcción obedece a la imposibilidad espartana de vencer por las armas a estas ciudades-Estado (como habían hecho con los mesenios, a los que habían convertido en hilotas); son tratados desiguales, en los que Esparta se garantizaba la hegemonía y el control de la “Liga”. Pero curiosamente, al contrario que Atenas, Esparta no exigía tributo a sus aliados y les dejaba una mayor libertad de acción que la ciudad “democrática” por excelencia. Cuando Atenas hizo a su vez de la Liga Ático-Délica un imperio, el resultado fueron dos bloques antagónicos destinados a enfrentarse tarde o temprano, primero en una especie de “Guerra Fría”, después en la Guerra del Peloponeso, una situación que, desgraciadamente, muchos comparan con nuestro presente.

Pregunta – Los «hómoioi», o iguales, eran los ciudadanos espartanos de pleno derecho, pero era una condición adquirida, que podía perderse ¿Qué requisitos debían reunir y quiénes podían aspirar a esta condición?
Respuesta – En principio, todo hijo legítimo de padre y madre espartanos podía aspirar a esa condición, pero debía pasar el durísimo sistema educativo (la agogé) sin mostrar debilidad física y moral. Una vez alcanzada, podía perderse si no se contribuía a las comidas comunitarias (los syssítia) con los alimentos exigidos (según su código de valores, el ciudadano pleno ha de tener tierras suficientes que garanticen el poder consagrar su tiempo al servicio del Estado) o por mostrar cobardía en el combate (claro que mostrar cobardía podía ser sobrevivir a una batalla perdida, pues entendían que no se había luchado con el suficiente ardor). Estos desclasados dejaban de ser hómoioi y, por tanto, ciudadanos plenos.
Pregunta – La krypteía es una de las instituciones espartanas que más se han mitificado ¿Cómo ha avanzado la investigación al respecto?
Respuesta – La caza del hilota como un rito de iniciación a la edad adulta de los jóvenes espartanos tiene cada vez menos adeptos entre los estudiosos. La krypteía es sobre todo una recreación literaria y dramática de Plutarco, que escribe cinco siglos después de la época clásica griega, en pleno Imperio romano. A ello dio pie, presumiblemente, alguna masacre de hilotas por parte de los espartanos (Tucídides nos dice que mataron a dos mil en un momento crítico de la Guerra del Peloponeso) mezclada con los severos ejercicios a los que eran sometidos los jóvenes como parte de su proceso de aprendizaje para convertirse en ciudadano-guerrero.
Pregunta – En su anterior libro, «El mito de Esparta» (Alianza Editorial), analiza cómo se ha construido todo un edificio mítico en relación con el mundo espartano y cómo ha pervivido hasta la actualidad. Un proceso que se inicia en la misma Antigüedad ¿A qué obedece está idealización de lo espartano?
Respuesta – No es fácil de contestar en pocas palabras, pero voy a intentarlo. Se veía en los espartanos el ciudadano que ponía el bien común por encima de sus intereses personales y que atesoraba una serie de virtudes que lo convertían en modelo, en paradigma. Esparta encarnaba políticamente el orden, la estabilidad, la armonía y la primacía del Estado sobre el individuo; militarmente el coraje, la irreductibilidad y el patriotismo; y socialmente la vida sencilla y austera, entendida como desprecio no sólo de las riquezas que corrompen moralmente al individuo, sino de todo lo superfluo, para concentrarse en lo esencial. Por eso Esparta era la ciudad de la virtud y de la guerra, que es como he titulado el libro.
Autor
Mario Agudo Villanueva
