Existen pocos nombres más evocadores que Bizancio, la ciudad asomada al Cuerno de Oro, vestida de suntuosos mosaicos de vivos colores, que mira a Europa y Asia desde su privilegiada posición estratégica. Su origen se remonta al lejano siglo VII a.C., cuando colonos procedentes de Mégara fundaron un primer asentamiento. Muy pronto se integró en la agitada sucesión de acontecimientos históricos que tuvieron lugar en sus proximidades, pero su mayor esplendor le llegaría con otro nombre: Constantinopla, la Basileuousa Polis, la reina de las ciudades, elevada a la condición de capital del imperio romano en el siglo IV a.C. por Flavio Valerio Constantino, el emperador epónimo. Tras la caída de la parte occidental del Imperio, Constantinopla se convertiría en el faro del Imperio de Oriente, que no era otra cosa que Roma con una cara cristiana, como diría Robin Cormack, y un profundo aroma griego. En estas latitudes, el sueño romano se prolongó hasta que el otomano Mehmet II tomó la ciudad el martes 29 de mayo de 1453: una intensa historia de 1123 años y 18 días desde su fundación el lunes 11 de mayo del 330.
La génesis del Imperio bizantino es un período fascinante que el especialista John Julius Norwich recogió en 1988 bajo el título Byzantium: The Early Centuries, editado por Viking, que la editorial española Ático de los Libros ha tenido el acierto de reeditar en castellano en este año 2024. Norwich tuvo una intensa vida como diplomático británico destinado en Belgrado y Beirut, participó en la delegación británica de la Conferencia de Desarme de Ginebra, pero en 1964 decidió dejar las relaciones internacionales para dedicarse a escribir. Su interés se centró en la historia de Europa y el Mediterráneo, en especial Venecia y Bizancio. Fue miembro, además, de la Royal Society of Literature, la Royal Geographical Society y la Society of Antiquaries. En 1993 fue nombrado comendador de la Real Orden de la Reina Victoria. Su polifacética vida le llevó a presentar el conocido programa de radio de la BBC My word! y a dirigir diferentes organizaciones relacionadas con la conservación del patrimonio, como la Fundación Venecia en Peligro, la World Monuments Fund, la Campaña Nacional para la Reforma de las Leyes de publicaciones obscenas y la asociación nacional de sociedades de decoración y bellas artes. También fue miembro del comité de la Ópera Nacional Inglesa. Una vida casi tan intensa como la de su objeto de estudio.
Para Norwich, Bizancio es uno de los topónimos con mayor resonancia mágica de toda la historia. La narración de esta primera parte de su completa trilogía sobre el Imperio de Oriente arranca en Constantino (p. 29-91), al que dedica los tres primeros capítulos. Toma el relevo Juliano el Apóstata (p. 93-120) y continúa por los años de decadencia del Imperio de Occidente, con su correspondiente eco en Oriente (p. 121-225). Llegamos así al extenso bloque dedicado a los treinta y ocho años de gobierno del gran Justiniano, en el que dedica parte de su atención al general Belisario (p. 227-334). Con el fin de la era dorada de Bizancio comienza una época complicada, que Norwich aborda en el capítulo La deriva hacia el declive (p. 335-355), que le permite enlazar con la poderosa figura de Heraclio, el primer cruzado, uno de los personajes más fascinantes del Imperio bizantino, que se convirtió en referente fundamental de muchos reyes en siglos posteriores (p. 357-391). El tramo final del libro se inicia con la dinastía heracliana (p. 393-435), se introduce de lleno en la querella iconoclasta (p. 437-460) y finaliza con una mujer: la emperatriz Irene (p. 461-482). En definitiva, un dilatado período histórico, desde el siglo IV al siglo IX, momento en el que emerge un rival europeo: el Sacro Imperio Romano Germánico con la coronación de Carlomagno en la Navidad del 800 d.C.
Norwich exhibe un estilo sencillo, pero riguroso, que nos lleva a sumergirnos en las intrigas de la corte bizantina, en las batallas que libró por su supervivencia en un mundo que parecía desmoronarse, en las profundas polémicas sobre la naturaleza de Cristo o el poder de las imágenes, en la explosión cultural y artística de un momento histórico irrepetible. El autor sigue la estela de Robert Byron, David Talbot-Rice o James Cochran Stevenson Runciman para adentrarnos en el fascinante mundo que se inaugura tras la caída de Roma.
Autor
Mario Agudo Villanueva
