“A quienes más aprecian de entre todos, después de a sí mismos, es a los que viven más cerca de ellos; en segundo término, a los que vienen a continuación y, después, van apreciando a los demás en proporción a la distancia; así, tienen en el menor aprecio a quienes viven más distantes de ellos, pues consideran que, en todos los aspectos, ellos son, con mucho, los hombres más rectos del mundo, que los demás practican la virtud en la mencionada proporción y que quienes viven más distantes de ellos son los peores” (Heródoto, I, 134-2). Esta es una de las pinceladas que sobre los persas nos dejó la Historia de Heródoto, un reflejo de un pueblo visto por su principal enemigo, los griegos. Dstoria Ediciones acaba de lanzar al mercado el libro Historia antigua de Persia. De Ciro a Alejandro,de Felip Masó Ferrer, con quien hemos querido profundizar en el conocimiento de un pueblo parcialmente olvidado por la historiografía en castellano.

Pregunta – Buena parte de los datos históricos que tenemos de los persas procede de fuentes griegas ¿hasta qué punto condiciona esta perspectiva el conocimiento del pueblo persa?

Respuesta – En primer lugar, la historia no es una ciencia exacta donde siempre podamos estar absolutamente seguros de todo lo que ha pasado; basta con leer o escuchar las noticias del día en un medio u otro, y la realidad puede ser diametralmente diferente. Si esto pasa hoy en día, imaginemos lo que puede ocurrir con acontecimientos que han sucedido hace siglos y de los que, además, en gran parte sólo contamos con la visión de los vencedores. Esto es lo que ocurre en el caso de la antigua Persia, donde la documentación histórica procede de autores como Heródoto, Ctesias, Jenofonte o Plutarco, entre otros. Si bien incluso algunos de ellos fueron contemporáneos de los hechos históricos que narran, lo hacen en la mayoría de casos determinados e influenciados por su origen heleno. De ahí la exageración de los números de los ejércitos persas durante las Guerras Médicas (Heródoto llega a mencionar a más de dos millones de soldados), pues cuanto más fuerte fuera el enemigo, más épica y valor se le daba a la victoria. O también la visión de los persas como bárbaros, déspotas o absolutistas, enfrente a los civilizados y demócratas griegos; evidentemente, las personas que hayan visto las ruinas de Persépolis o hayan visitado cualquier museo con piezas persas no pueden describir a aquella civilización como bárbara o incivilizada. Más allá de que las batallas fueran reales, la intencionalidad de los autores griegos que las describen pretende dejar claro no sólo su triunfo en combate, sino también el triunfo de su manera de entender el mundo sobre el resto.

Afortunadamente, sin embargo, contamos con algunas fuentes originales persas como los miles de tablillas de barro halladas en la tesorería de Persépolis o los papiros arameos hallados en Egipto y otras partes del imperio que si bien no nos hablan de grandes batallas, nos describen aspectos internos del funcionamiento del imperio, de la administración, de la economía, de la religión o de la vida cotidiana, a través de los cuales podemos hacernos una idea más cercana de lo que fue la realidad diaria del imperio, más allá de las gestas militares.

Placas ornamentales con cabeza de león. Siglo V-IV a.C. Badisches Landesmuseum.

Pregunta – Uno de los personajes más destacados de la cultura persa fue Zoroastro ¿podría hablarnos de la importancia de su figura en el mundo antiguo? ¿en qué medida su doctrina influyó en occidente?

Respuesta – La figura de Zoroastro es de suma importancia en la historia de la religión, pero también en la historia de la Humanidad. Como Buda, Jesús, Mahoma o cualquier otro profeta, su vida está a medio camino entre la historia y la leyenda, pero de su obra e influencia no hay ninguna duda. Con Zoroastro la religión pasó de un estadio politeísta y naturalista, a un marcado pensamiento dual entre el bien representado por Ahura Mazda y el mal representado por Angra Mainyu para acabar con un claro monoteísmo tras el enfrentamiento entre ambos principios a lo largo de los tiempos y la victoria final del bien. A nivel histórico sólo Akhenaton en Egipto en el s. XIV a.C. había intentado acercarse a un monoteísmo con la exaltación de Atón  como dios único, y Moisés según la Biblia, con la idea del dios único de los judíos.

El zoroastrismo es también, junto con el judaísmo, el cristianismo y el islam, una religión revelada y una religión del libro, pero es la más antigua de las tres. El libro en el que se conserva la doctrina de Zoroastro es el Avesta, y aunque sólo se conserve una parte pequeña de lo que se cree que fue un día, es más que suficiente para ver que  no sólo el zoroastrismo es pionero en muchos conceptos sino que además, muchos de ellos fueron adoptados primero por el judaísmo, después por el cristianismo y también por el islam, a parte de su estrecho vínculo con las religiones védicas, el hinduismo y el budismo. Así, los ángeles, los demonios, el cielo, el paraíso, el purgatorio, el juicio final, el arrepentimiento y perdón de los pecados o las formas de la buena conducta según el principio de “pensar bien, hablar bien y actuar bien”, son algunos de los aspectos que el zoroastrismo donó al mundo y que hoy en día se encuentran entre los pilares de las más importantes religiones actuales.

Es cierto, sin embargo, que Zoroastro no lo tuvo fácil y no fue hasta que bajo el reinado del rey sasánida Shapur II (309-379 d.C.) logró su reconocimiento como religión oficial del imperio. En la actualidad la mayoría de los zoroastrianos viven en la India, donde se les conoce como parsis, y también en Irán, pero en un número mucho menor.

Tumba de Ciro en Pasargada. Foto: Wikimedia Commons

Pregunta – Si uno analiza lo que las fuentes griegas nos dicen de las Guerras Médicas y el activo papel que Persia siguió jugando en la escena griega hasta Alejandro nos damos cuenta de que quizás estamos ante una victoria sobrevalorada ¿hasta qué punto se amplificó la victoria helena en este largo conflicto?

Respuesta – Tal y como comentaba anteriormente, es evidente que la información de las Guerras Médicas está tergiversada para hacer de ellas una victoria sin parangón de los griegos sobre los persas. Pero en realidad, para los persas no significó una derrota tan importante como se pueda pensar ni su imperio cayó tras ellas o siquiera se vio demasiado afectado. Pensemos que durante la 1ª Guerra Médica, a pesar de la derrota de Maratón, Darío ya logró dominar territorios como Tracia, Macedonia y Tesalia, o que Jerjes, durante la 2ª Guerra Médica, a pesar de la renombrada batalla épica de las Termópilas, finalmente logró pasar y destruir Atenas. Aún tras los fracasos en Salamina, Platea y Micala, el imperio persa siguió siendo el mayor imperio que el mundo había conocido hasta entonces y sus activos no se vieron afectados por estas derrotas, más allá de la lógica sorpresa que supuso una derrota que, sobre el papel y con la lógica militar, nunca debió haberse producido.

Restos de Persépolis, Irán. Foto: Wikimedia Commons

Pregunta – La influencia cultural persa llegó hasta las mismas puertas de Grecia, puesto que algunos autores señalan que las excelentes muestras de orfebrería tracia son de influencia aqueménida, pero desconocemos con bastante frecuencia la influencia del Imperio hacia oriente ¿hasta dónde llegaron los tentáculos de los Reyes de Reyes?

Respuesta – En primer lugar, si bien todas las satrapías hacen referencia a territorios controlados por un poder determinado, este estaba categorizado y quizás jerarquizado en diferentes niveles de tal modo que se podían distinguir entre las Grandes Satrapías, las Satrapías Importantes y las Satrapías Menores. También difería la persona al frente de cada una, de manera que mientras en las Grandes Satrapías la realeza local fue reemplazada por miembros de la misma realeza persa que ostentaban todo el poder en su persona respondiendo sólo ante el rey, en las Satrapías Importantes fueron miembros de la nobleza persa los que ejercieron el poder y en el caso de las Satrapías Menores incluso se mantuvieron en algunos casos a los gobernadores locales, los cuales seguían ostentando el poder y continuaban con sus tradiciones locales, si bien bajo la atenta, pero no presente mirada de los persas. Por lo que se refiere a las satrapías más orientales del imperio estas fueron, de norte a sur, las de los Sakas, Jorasmia, Bactriana, Gandara, Sattagidya, Aracosia e India, es decir, en los actuales Uzbekistán, Kirguistán, Tadyikistán, Pakistán, Afganistán e India. Lo cierto es que precisamente por haber establecido sus fronteras en puntos tan lejanos jamás alcanzados hasta entonces, el control, la tributación y la influencia sobre estas zonas era algo diferente a la de las demás y, en algunos casos, algo inferior a la de éstos. Pero sin duda, los persas marcaron el punto a partir del cual Alejandro y sus sucesores pudieron influenciar en su cultura a través del helenismo.

Portada del libro de Felip Masó

Pregunta – En las fuentes se nos explica que algunos miembros, algunos notables, de la campaña de Alejandro Magno en Asia se molestaron por la adopción de costumbres persas, como la proskynesis, sin embargo, lo que podría parecer un capricho tiene pinta de ser un acierto diplomático, necesario para poder gobernar sobre un gran imperio como el aqueménida, a cuyo rey debía reemplazar. Desde la perspectiva persa ¿hasta qué punto era necesario que Alejandro adoptara este rol a la hora de gobernar sobre Persia?

Respuesta – Ciertamente, Alejandro iba un paso o dos por delante del resto de sus generales y sabía perfectamente que las batallas no sólo se ganaban en el campo de batalla. En un imperio tan amplio como el persa, con tantas naciones con culturas, lenguas, religiones y tradiciones diferentes, era fundamental salvaguardar todos estos elementos culturales propios, característicos y diferenciadores si no quería que sus habitantes tuvieran más motivos para rebelarse. De ello ya se habían percatado los reyes persas y ya lo aplicaron desde la llegada de Ciro, y Alejandro continuó haciéndolo; por ello se hizo proclamar hijo de Amón en Egipto, tomó la mano de Marduk en Babilonia e hizo donaciones a los principales templos de las más importantes ciudades que iba tomando. En el caso de los persas, la adopción de la proskynesis es solo un ejemplo de los muchos con los que Alejandro manifestó no sólo su habilidad diplomática, sino el respeto que esta civilización le merecía. Ciertamente, parece que Alejandro llegó a quedarse tan fascinado con la cultura persa y oriental que quiso llevar a cabo una koiné en la que se fundieran los elementos griegos y persas en una sola cultura. Para ello fijó la capital de su inmenso imperio en Babilonia, se desposó con varias princesas orientales, adoptó costumbres persas y celebró bodas multitudinarias entre sus hombres y mujeres persas, como en las famosas bodas de Susa. Lógicamente, sus generales no coincidían con esa fascinación por lo persa, que seguían considerando bárbaro, ni mucho menos abogaban por un comportamiento en un plano de igualdad con aquella cultura para quienes en realidad se encontraba muy por debajo de la cultura helena. Todo ello acabó con no pocos enfrentamientos entre Alejandro y sus hombres, y quien sabe dónde habría acabado el sueño alejandrino de unir esas dos grandes culturas de no haber muerto tan prematuramente.

Tumbas de Naqsh-e-Rostam. Foto: Wikimedia Commons

Pregunta – En su opinión ¿Alejandro aspiraba a alcanzar los confines del mundo o simplemente a controlar todos los territorios a los que Persia aspiraba habitualmente?

Respuesta – Todo cuánto creemos saber sobre Alejandro viene dado de nuevo por unas fuentes en las que se entremezcla la historia con la leyenda, la biografía con las gestas épicas y el hombre con el héroe. Es difícil estar seguros de su pensamiento, sus anhelos, deseos o aspiraciones, de si sus actos fueron todos premeditados, impulsivos o marcados por determinadas circunstancias del momento. Lo cierto que es que si nos hemos de guiar exclusivamente por sus logros, mi idea es que Aleandro seguramente deseaba llegar hasta donde pudiera, quizá no siempre con un deseo de conquista, ni por el botín o las riquezas sino más bien por el ansia de conocimiento y la necesidad de explorar y saber qué otras maravillas escondía el mundo tras el siguiente río, el próximo desierto o más allá de la última montaña.

Autor

Mario Agudo Villanueva